Capítulo 3 #5
Ella percibió su disgusto. Se mordió tentativamente el labio inferior, ya que, al parecer, no se estaba comportando como una dama debía hacerlo.
Sintió temor. Si su amigo la juzgaba por ser incapaz de ejercer como una buena dama en un ambiente en el que se sentía cómoda, ¿qué no haría en un gran salón atestado de gente importante? Se sintió mareada.
Una mano le tocó discretamente la espalda. Se giró y vio a la señora Phanegan sonreírle. Sus miedos se disiparon.
Los tres salieron de la estancia y en cuanto los baúles estuvieron cargados emprendieron el camino. El silencio se apoderó del habitáculo. Tanto fue así que Gordon tuvo deseos de saltar del coche en marcha.
¡Ni una vez lo había mirado! Sí, sí, habían hablado, pero él ansiaba que ella lo inspeccionara y advirtiera su cambio.
Era evidente que él ya no era ese muchacho delgado con aspecto casi enfermizo.
Se había esforzado en tener unos ropajes dignos, el pelo corto a la moda y pese a que había intentado dejarse un bonito bigote, el vello en la cara le producía picores…
Todo ello sin olvidar las horas que pasaba en el club de boxeo ejercitándose y peleando para sacar la rabia por alguna inversión que no resultó como él esperaba.
¿Y si le confesase que estaban prometidos? El compromiso podría ser anunciado, las amonestaciones se leerían y en unos meses la tendría en su casa. De acuerdo, de acuerdo, estaba pensando más en tenerla en su cama que como señora de su mansión…
En el otro asiento, justo delante de él, Bella se sentía extrañamente nerviosa.
No tenía motivos. Era Gordon. Lord Latimer, se corrigió mentalmente.
No podía ser por él por lo que tenía una sensación que…
Seguramente, la causa era la emoción de llegar a Londres, de disfrutar de los espectáculos de música, conocer sus museos, visitar La Torre, ir a la ópera...
¡Oh, la ópera, qué gran desperdicio! El tiempo que llevaría el palco de los duques sin tener una visita, porque dudaba que Nicky hubiera encontrado tiempo para disfrutar de un espectáculo así.
Amaba a su hermano, pero el aspecto cultural nunca fue algo que llamase al duque.
Su hermano era muy rudimentario, entendía de… de fuerza bruta y poco más.
Se esforzaría por demostrar a todo el mundo que la hermana menor del duque de Beauford era tan buena como la mayor.
En lo que parecieron horas infinitas llegaron a su destino. Cuando ingresaron en la casa y el personal fue presentado, él aprovechó un descuido del dragón para agarrarla del brazo y llevarla a una estancia para tener algo de intimidad.
―¡Milord! ―Se sofocó ella al sentir que la urgía a ingresar en un lugar a toda prisa.
―Gordon ―le recordó cómo debía llamarlo.
―Por favor, no es correcto que…
―¡Issabella, detente! ―Si volvía a oír la cantinela de nuevo… Ella se sobresaltó por el grito y él se maldijo en silencio. Gordon buscó tranquilizarse. Vio su mano sobre su brazo y algo lo atravesó desde la cabeza a los pies. Volvieron a su cabeza las escenas del beso que una vez compartieron.
―Lo, lo si-siento ―tartamudeó.
―Discúlpame, sé que no he debido… ―¿Cómo seguir esa frase? De pronto, regresaron a él todas inseguridades del pasado. ¿Qué diantres le sucedía que ella conseguía que él fuese aquel muchacho inepto?
―Entonces, permita que regrese a… ―¿A dónde? Si no conocía la casa... Lo único que podía pensar era en el horror de saberse sola en un lugar con un caballero sin la oportuna compañía.
―¿Qué te ha pasado, Bella? ―preguntó mientras negaba con la cabeza.
―No comprendo… ―comenzó a decir ella.
―Soy Gordon, por amor del cielo, somos amigos. ¿Qué es toda esta fachada? ¿Desde cuándo eres tan… tan…? ―Él no encontraba la palabra para definirla sin hacerle daño.
Ella enderezó la columna.
―Soy la hija de un duque, milord, conozco mi lugar ―se defendió de lo que consideró un ataque―.
Le agradezco su amable escolta y si necesita un momento para descansar o tomar un refrigerio diré al servicio que lo preparen de inmediato.
―Issabella le hizo una reverencia y huyó lo más rápido que pudo.
No iba a tolerar que le recordasen que no era apropiada.
Una doncella le indicó cuál era su estancia e ingresó en su habitación con el corazón aún desbocado. Miró el lugar donde él la había tocado y, pese a las capas de ropa, se sentía caliente como si hubiera estado en contacto directo con su piel. Marcada por su agarre.
Cuando recuperó el aliento se fijó en el entorno.
El corazón de la joven estaba jubiloso por el desembarco de cajas de regalo que divisaba en su habitación.
Las abrió y sacó un montón de preciosos vestidos nuevos.
¡Oh! Iba a ser maravilloso estrenar esos ropajes en una gran celebración.
Justo era lo que necesitaba para la cena que iba a tener mañana por la noche en casa de Amber, la condesa de Sulsick.
Confiaba en no disgustar a su hermana. Era el gran debut que ella esperaba para darse a conocer.
Hacía demasiados años que no veía a Amber y la fiesta parecía el escenario para comenzar a deslumbrar.
La señora Phanegan había insistido en que estaba más que preparada para comportarse como una gran dama.
El momento de la verdad estaba a la vuelta de la esquina y con uno de estos vestidos todo iría sobre ruedas.