Pacto de Caballeros: Bilogía completa Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

Gordon se reclinó en la silla satisfecho. Exhaló profundamente con orgullo. Era suya. Issabella iba a convertirse en lady Latimer, un título menor, de acuerdo, pero en su corazón obtendría el máximo prestigio posible. Nunca otra mujer sería tan amada como ella, se prometió.

El recuerdo de cómo se conocieron y el modo en que la trató, le persiguieron durante años.

La mortificación era demasiado grande. El trato que había recibido la joven dama, hermana de un duque, fue totalmente inapropiado.

La culpa fue del pícaro de Nicky, quien en esos momentos alardeaba de sus múltiples conquistas con las mujeres y Gordon vio la oportunidad de dar su primer beso.

Nicky nunca se caracterizó por ser un modelo de decoro, su reputación era muy inconsistente y no le importaba.

Gordon, por el contrario, se consideraba un hombre recto que solo pecó públicamente con Issabella. Si ella supiese que aquel beso lo subyugó desde el primer minuto…

Sintió una conexión increíble con ella, pese a no conocerla, ¿sería debido a que en aquel entonces era un jovencito tan impresionable que acabó enamorado de la primera mujer a la que besó?

Pudiera ser en un primer momento, pero cuando fue descubriendo el carácter de Bella comprendió que sus sentimientos iban más allá del deseo que experimentó.

Gordon se tapó la cara con ambas manos. Ambos eran demasiado jóvenes para haber compartido una escena tan tórrida como la que allí sucedió.

Le tocó un seno y… Estaba avergonzado, ojalá pudiera volver al pasado y hacer las cosas correctamente.

Issabella era aún una muchacha dulce que debía disfrutar de su primera temporada en la gran ciudad, que merecía que se la cortejara con adoración, con dedicación, un roce de manos, una sutil mirada, miles de ramos de flores que ejemplificaran la atención que un hombre siente por una mujer…

Definitivamente, Issabella debía tener lo que toda dama casadera ansiaba.

Un pensamiento comenzó a brotar imparable en su mente. Destapó su rostro. Sus manos se agarraron al reposabrazos de la silla. ¡Eureka!

Era suya, pero ella no tenía por qué enterarse de lo que había sucedido con Nicky.

Es más, darle su temporada y ofrecerle un buen cortejo conseguirían mucho más que la imposición de un papel firmado.

¡Exacto! La proveería de un buen guardarropa con vestidos a la moda que la hicieran deslumbrar y de otros caprichos.

Lógicamente, ella no se enteraría de que todo había salido de su bolsillo, porque, como su prometido, correspondía a él dotarla de cuanto necesitase; sin embargo, por el momento no se lo confesaría.

Lo mejor sería tenerla enamorada antes de revelarle lo que había hecho.

No es que las mujeres tuvieran mucho que decir respecto a su futuro, pero una lección fundamental había aprendido de Nicky: una mujer contenta implicaba menos dolores de cabeza.

Así pues, le haría ver a Nicky la conveniencia de adecuar su casa de Londres para instalar a Bella para la temporada y de mantener silencio sobre lo perpetrado acerca del futuro de la dama.

¡Cielos! Su amante. Tenía que ir a comprar una bonita chuchería para Camille y terminar con esa relación.

La actriz de teatro había cumplido con creces su misión de aliviarlo durante el último año.

La había escogido por su pelo oscuro y sus facciones experimentadas.

En efecto, la señorita Lorence era todo lo contrario a Bella.

¿Por qué? Porque no quería hacer el acto sexual con una persona que le recordase lo que tanto anhelaba y tanto se le resistía.

La actriz y él se habían convertido en buenos amigos, pero eso no era fundamental en una relación como la que mantenían.

Ser amigo de Nicky durante este tiempo le había mostrado la gran cantidad de audacias sexuales que existían y, sobra decir, que cuando las conoció fue imposible dejar de lado el desahogo de su cuerpo.

Su mano dejó de ser útil para la satisfacción y su cuerpo se reveló contra el celibato.

Su amante le había enseñado muchas más cosas que Nicky.

Si su buen amigo supiera que Camille no aprobaba la mitad de las cosas que el futuro duque le había aconsejado hacer con una mujer…

Al contrario que Nicky, Gordon prefería mantener a una amante.

Bien que suponía un mayor desembolso económico, pero implicaba más discreción que acudir a un burdel, por más variedad que aquello supusiera.

También es verdad que el establecimiento de madame Gruiselle era bastante moderado.

Al menos, allí la sodomía no estaba permitida y tampoco otras prácticas de índole más violentas.

Aun así, no era un mundo que le tentase.

A Gordon le gustaba respetar las normas establecidas, tanto de cara a la galería como en un ámbito más privado.

De acuerdo, lo normal era que un caballero tuviese a su esposa para dar herederos y una mujer que lo satisficiese, pero él se negaba.

Nicky le había contado en infinidad de ocasiones que su madre adolecía de una enfermedad llamada histeria femenina y que un médico venía a aliviar a la duquesa para que los nervios de su esposo no quedasen hechos puré.

No quería preguntar cómo Nicky había sabido de tal dolencia ni de cómo descubrió lo que ese médico le hacía a la duquesa para que ella se librase de la enfermedad.

Pero una cosa era clara, Gordon nunca permitiría a otro hombre ―por muchos estudios en salud que tuviera― tocar íntimamente a su esposa.

Y más allá del sentimiento de plena posesión, estaba el hecho de que la duquesa descubrió que la cura a sus males radicaba en encontrar por sus propios medios lo que el duque nunca le proporcionó.

No. Gordon cuidaría en cuerpo y alma a su esposa, de modo que lo aprendido en cuanto al cuerpo femenino y el modo de dar satisfacción a una mujer, debía ser entendido también como formación.

Unos estudios prácticos de los que su esposa iba a ser la única receptora.

Gordon se levantó de la silla. Cogió su sombrero, el sobretodo y el bastón, y salió en busca de la mejor costurera de Londres.

Antes pasaría por la casa de Nicky y sustraería un vestido de Bella para que la empleada pudiera trabajar.

Los mandaría a su casa de la ciudad y le daría una sorpresa.

También pasaría por su sastre y se haría un par de trajes nuevos para impresionar a su futura esposa.

Finalmente, iría a la joyería para comprar algo con lo que su amante se contentase y pusiera fin a la relación sin grandes dramas.

Iba a salirle caro, pero Gordon sabía que la señorita Lorence encontraría un nuevo protector pronto.

Era una belleza exótica y muy complaciente con sus apetitos…

¿Cuánto le costaría instruir a su esposa en sus costumbres de cama?

No tenía ni la menor idea, pero una cosa era segura… él iba a disfrutarlo de lo lindo.

Sacudió la cabeza negando. No era momento de tener estos pensamientos en plena calle.

Su amiguito , ese que se había despertado ante la visión de una inexperta e ingenua Issabella tendida en su cama lista para iniciar el aprendizaje, estaba en pie de guerra y si alguna dama se daba cuenta, podría dar con sus huesos en la cárcel acusado de incitación a la inmoralidad.

El pensamiento le hizo gracia. El magistrado que él conocía era un pervertido, pero debido a su buena fachada social nadie osaría toserle encima. ¡Oh, Nicky! Todo lo contrario, un pícaro de buen corazón, siempre preocupado por los demás y empeñado en seguir la estela de su padre…

***

Nicky, al fin, había entrado en razón. Llevaba años posponiendo su intrusión en Londres ¿Por qué?

¿De qué quería protegerla? Issabella no entendía los motivos de su hermano para no haberla llevado nunca a la gran ciudad.

Tenía ganas de ver en primera persona el ambiente refinado, acudir a los bailes y tener pretendientes.

A punto estuvo de aceptar la invitación de Amber años atrás cuando le sugirió alojarse en su casa para pasar la temporada.

Ella quería ir y le pidió permiso a su hermano.

El duque montó en cólera y se lo prohibió.

Pero la carta que había llegado hacía unas semanas y que venía firmada por su hermano confirmaba que, al fin, ella iba a tener su temporada.

Issabella comenzaba a pensar que su hermano la había olvidado.

La única compañía era la señora Phanegan.

Esa pariente lejana que resultó ser una buena instructora en cuanto a etiqueta, costumbres y baile.

¿Quién diría que esa señora mayor era capaz de moverse con tanta soltura en un improvisado salón de baile?

También había descubierto que el método de aprendizaje de la señora Phanegan era menos doloroso y más productivo.

La había incitado a querer ser una buena esposa para su futuro marido y casi había conseguido que se olvidase de las actitudes que no eran debidas para una joven dama hermana de un duque.

A escondidas iba a pescar y, aunque convenció a su guardiana de que el tiro con arco estaba de moda y la misma reina Victoria lo practicaba, la mujer nunca vio con buenos ojos su afición.

También había aprendido a contener su temperamento y la lengua tras sus dientes cuando algo le molestaba. Lo mejor era poner una bonita sonrisa y asentir cuando algo disgustaba a una dama.

Todo el esfuerzo se concentraba en una única cosa: conseguir el mejor partido de la temporada y demostrarle a Amber que ella también era capaz de conseguir a un duque.

Nunca había podido olvidar la conversación mantenida entre sus hermanos aquel día en el que se enteró de la verdadera opinión de Amber sobre ella; y tanto se había empeñado en lograr aquello para lo que su hermana mayor aseguró que no serviría, que se moría de ganas por demostrar su valía.