Pacto de Caballeros: Bilogía completa Capítulo 3
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Capítulo 3

Acuerdo entre jugadore s

Varios años después

Comenzar a trabajar para su padre en el banco no había sido tal y como Gordon Brown, barón de Latimer a todos los efectos, esperaba.

Su formación había finalizado y era tiempo de demostrar que era un hombre.

La baronía era un título más de cortesía que otra cuestión, por lo que la supervivencia de la familia fue fruto de la sabiduría de su padre, Julius.

Eran ricos y, aunque la posición social era considerada como poca cosa, la familia estaba orgullosa.

Tenían un título y eran conscientes del lugar que ocupaban en sociedad, los círculos en los que debían manejarse.

Cierto que ser amigo de un duque le había abierto puertas que jamás pensó que se abrirían y eso que Nicky era...

el noble más irresponsable con el que él se había dado de bruces.

No es que Gordon fuese insensible, simplemente, es que su amigo era muy testarudo y no atendía a razones…

¡Tan orgulloso que un día se atragantaría!

Sacó su reloj del bolsillo de su impecable chaqueta gris de terciopelo.

A estas horas Nicky debería de estar ya en su casa.

La puntualidad nunca había sido su fuerte, pero el asunto que quería tratar con él era de suma urgencia, tanto para el propio duque de Beauford como para él.

Gordon no había podido pegar ojo en toda la noche cuadrando los pormenores del arreglo que le iba a ofrecer a Nicky.

Le sudaban las manos y su corazón se aceleraba por la anticipación.

¿Se enfadaría su buen amigo cuando le propusiera la solución a sus problemas?

Empezó a impacientarse y fue a buscar a Nicky al lugar donde sabía que estaría.

Llegó al establecimiento de madame Gruiselle y no hizo falta preguntar.

Lo llevaron directamente a los aposentos privados de su buen amigo.

No debería sorprenderse de nada a estas alturas, porque lo había visto casi todo, pero la estampa que tenía delante de él era…

Bien. No sabía si darle una ovación o regañarlo por sus excesos.

Una morena, una rubia y otra…, levantó la colcha de la cama para ver si veía mejor el pelo… Ah, sí, pelirroja. A Nicky le gustaba el género variado.

―¿Quieres unirte a la fiesta, Latimer? ―preguntó Nicky sin abrir los ojos ni soltar el pecho que tan cómodamente tenía sujeto en su mano derecha.

―No seas ridículo.

―Tal vez, estos años en los que te he enseñado algunas cosas…

―Prevenir la histeria femenina no es algo con lo que…

―Pero ―lo cortó― yo hice mucho más por ti que traspasar mis numerosos consejos sobre féminas. Te los mostré.

―Ese mérito corresponde a las chicas de madame Gruiselle, no a ti.

―Siempre serás un maldito desagradecido.

―Vas progresando, aunque esta vez has tardado. ―Sacó su reloj para comprobar los minutos―. Tres escasos minutos en blasfemarme.

―Si no vas a unirte a la fiesta te aconsejo que te marches. ―La mano de una de las chicas comenzaba a darle un placer que acabaría de una manera…

―Señoritas ―levantó una vez más la ropa de cama sin pudor. Las tres gritaron espantadas―, es hora de que se marchen.

―Más vale que sea importante, Gordon ―esa media erección podía ser calmada, pero ¡diablos! Él tenía ganas de terminar lo que una de las mujeres había iniciado.

―Tú eres el desagradecido.

Las muchachas habían recogido sus cosas y estaban saliendo por la puerta en silencio. Las tres le guiñaron un ojo a Nicky antes de partir.

―¿Yo?

―¡Tápate, por amor del cielo!

―Debo recordarte amablemente que has interrumpido lo que habría sido un acto carnal muy interesante para mí y que has sido tú, mi querido amigo, quien se ha empeñado en mostrar mi desnudez. ―Aun así, el duque se tapó de nuevo. No salió del lecho.

―Tengo la solución a tus problemas económicos.

―No voy a aceptar tu ayuda, te lo dije. Estoy arruinado, sin un penique a mi nombre, mi casa está derrumbándose, pero no aceptaré caridad.

―No creí que fueses tan egoísta.

―Me temo que viene uno de tus aburridos sermones.

―Planeas engañar a una joven para que te tome por esposo.

Nicky aireó su mano para restar importancia. Solo Gordon sería capaz de darle un tono tan censurador a algo tan habitual entre los de su clase.

―Hay muchas herederas ansiosas por un título. Voy a darle a la mujer que elija lo que quiere.

―No comparto el punto, pero en el hipotético caso que lo hiciera, Nicky, ¿esperas hallar a tu heredera en un burdel de mala muerte?

―La casa de señoritas de madame Gruiselle no es ni de lejos de mala muerte, como tú bien has dicho. Vale una fortuna ser un miembro de pleno derecho.

―Una membresía que yo te pago.

―Una cuota que tú aceptaste pagar por la pérdida de tu última apuesta conmigo. No tergiverses las cosas. Eso no es caridad, tú perdiste ante mí.

―Como sea. Retomemos el hecho de tu matrimonio.

―De acuerdo.

―¿Qué sucederá con tu hermana?

―Mi hermana está casada.

―Tu otra hermana, Nicky, ¿qué pasará con Issabella?

―Con el dinero de mi esposa arreglaré una dote para ella.

―Siempre has dicho que la protegerías y que jamás, y cito tus palabras textuales, «la regalaría a un maldito petimetre, ni le pondría una bonita diana para ser el blanco de un cazafortunas».

Nicky se estiró en la cama y suspiró. Se pasó el antebrazo por el rostro y bostezó cansado.

El alcohol ingerido la noche pasada no permitía que recordase nada de su interludio.

Pero, seguramente, estuvo animado porque se sentía agotado.

¿O se sentiría así por el sermón de su amigo?

A estas alturas debería estar habituado.

―Y estoy decido a cumplir con ese objetivo.

―Espero por tu bien que la heredera ―arrastró la palabra― venga con una fortuna infinita, porque el título no fue lo único que su excelencia te dejó.

―¿Es preciso recordarme las múltiples deudas que tengo a cada instante, Gordon?

―Lo es.

―Ilústrame. ―El duque sabía que estaba por venir otra reprimenda.

―Llevas seis meses buscando a esa mujer que va a sacarte de tus apuros ―puso especial énfasis en la palabra― y no has conseguido nada aún.

―Eso es porque la temporada pasada no hubo nada de mi agrado y la presente no ha dado comienzo. Encontraré a una mujer pronto.

―Tu hermana no tiene tiempo.

―Mi hermana está casada.

―Esa no, la otra. ―A Gordon le molestaba que su amigo hiciese eso cuando no le convenía hablar sobre un asunto.

―Hay tiempo.

―Los acreedores la sacarán de la finca mañana.

Nicky se incorporó sobresaltado.

―¿Cómo has dicho?

―Lo malo que tienen las deudas es que no entienden de títulos. Por muy duque que seas, los acreedores quieren cobrar lo que se les debe.

―¡Soy un duque! ―tronó como si esa posición lo eximiera de toda culpa o del impago de las sumas de dinero.

―Nicky, puedo pagar…

―¡Ni se te ocurra decirlo! ―volvió a gritar.

―No lo haré. ―Él no perdió la calma. Tomó asiento en la silla más cercana y aguardó unos instantes.

Gordon cruzó la pierna derecha y sacó su reloj para ver cuánto tiempo tardaba su amigo en…

―¡Me molesta tu actitud! ―Dos minutos había tardado en irritarlo.

―No estoy haciendo nada.

―Sí, Gordon, lo haces. Has venido aquí con el único fin de amargarme. Te diré una cosa, no hace falta que me recuerdes que soy un miserable duque. Me lo recuerdo todos los días que me miro al espejo.

Gordon volvió a mirar su reloj. Unos treinta segundos había tardado en llegar la autocompasión. La última vez fueron cinco minutos. La cosa estaba empeorando.

―¿Has terminado ya, Nicky?

―Ha de haber algo que aún no haya vendido…

―comenzó a divagar―. Tiene que haber algo que le dé tiempo a Issabella.

―El estómago se le contraía de dolor y no era por la intoxicación de anoche, sino por pensar en su pobre hermanita.

Bella lo adoraba y si descubría que… No.

Nicky no quería que ella lo mirase como lo hacían los demás.

Llegados a este punto, Gordon dejó sobre la mesa su gran sombrero de copa y su bastón. La conversación iba a ser más larga de lo que había pensado.

―No queda nada más que tomar mi ayuda, Nicky.

―Prefiero verme en los bajos fondos antes que aceptar caridad. No cambiaré de idea.

―¿Ni por Issabella?

―Algo se me ocurrirá.

―Te aconsejo que mientras esa epifanía llega, te vistas, partas al campo y le digas a Bella que recoja lo más rápido que pueda sus pertenencias porque los acreedores no dejarán ni el papel de las paredes.

El duque colocó las palmas de las manos contra su rostro. Gordon tragó saliva. Nicky era un libertino, un tunante, pero era honrado. Su amigo no se merecía la vida que le había dejado su progenitor. Lo vio tan vulnerable que su corazón se estremeció de dolor.

―Nicky ―retomó la palabra el barón―, creo que podemos llegar a un acuerdo muy beneficioso para ambos.

Es cierto que en estos años no me has permitido inmiscuirme en tus asuntos, ni has considerado que te prestase una suma con la que hacer inversiones y arreglar el estropicio del anterior duque de Beauford, pero es hora de que tome una decisión por ti.

―No tienes derecho a hacerlo.

―El bienestar de Issabella me da la necesaria legitimidad para actuar. Es mi amiga.

―Cualquiera diría que eres su padre ―se mofó de él.

Gordon estiró la espalda, guardó el reloj en su bolsillo y con un gesto totalmente impasible siguió con la conversación.

―Pretendo ser su esposo.

El barón Latimer esperó unos momentos. No necesitaba su reloj para calcular cuánto tiempo le llevaría a su amigo hilar las palabras. En una fracción de segundo, la mirada acusatoria de Nicky estuvo sobre él.

―Has estado fumando opio. ―No era una pregunta.

―No lo he hecho nunca y no voy a comenzar en estos momentos en los que pretendo convertirme en un marido.

―Has perdido la razón.

―Eso te dijeron en Eton la primera vez que nos vieron unidos. Yo siempre me he considerado una persona muy lúcida.

―Sé que lo eres, y por eso no supondré que tienes una intención oculta con respecto a mi hermana, porque, de lo contrario, estarías tumbado en el suelo pidiendo clemencia.

―No la he mancillado, si es eso lo que estás pensando.