Pacto de Caballeros: Bilogía completa Capítulo 2 #4
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Capítulo 2 #4

―No deberías escuchar tras las puertas. ―Gordon miraba severo a la muchacha cuando Issabella lo cogió de la mano y tiró de él para hacerlo emprender la huida.

―Corre, corre. ―Y él la obedeció sin pestañear.

Cuando estuvieron en medio del campo fue cuando la joven se permitió aflojar la marcha.

―¿Se puede saber por qué hemos corrido como si nos persiguiera el mismo ángel negro?

―Peor. ―Si Amber la hubiese visto, su regalo de despedida habría sido unas cuantas cicatrices y estaba segura de que ella no se habría contentado con las manos.

Parados en medio del campo, uno y otro se permitieron mirarse a los ojos. Seguían exhalando con dificultad debido al ejercicio.

―Me debes algunas explicaciones.

―Tú también a mí.

―Me hiciste creer que eras una sirvienta, ¿te divertiste a mi costa?

―Tú me hiciste creer lo mismo, ¿te jactaste de tu éxito?

―Para tener dieciséis años eres demasiado impetuosa, como hija de un duque no deberías tener esas actitudes ni ir sola como una mendiga, y ya puestos, no está permitido que una muchacha de tu posición se ponga a confraternizar con el primer hombre que ve. Debería darte vergüenza.

El labio superior de Issabella comenzó a temblar mientras su mirada se volvía acuosa. La primera lágrima cayó. Las palabras de Amber rugían en su cabeza. Inadecuada. Vergonzosa. Furcia.

Su hermana tenía razón. Ella no era como Amber, ni como la duquesa.

No conocía a su madre más que de verla en algún cuadro.

Toda la vida creyó que su hermana era un cielo por cuidarla y quererla, pero todo en ella debía de estar mal, porque las mujeres de su sangre la desaprobaban.

Se juró que no traería vergüenza al legado de los Beauford.

―Por favor, te lo suplico, no llores. Perdóname. No era mi intención… ―Se sentía miserable por conducirla a ese estado.

―No estoy llorando ―sollozó como una niña pequeña―. Es solo que mis ojos gotean…

―Pues, por favor, deja de gotear tus ojos…

―Eso que has dicho no tiene ningún sentido ―siguió con el llanto.

―Haces que pierda el ingenio cuando estoy contigo.

―¡Otra cosa más que añadir a mi lista! ―Hipó. Se tapó la cara con las dos manos presa del desasosiego.

―No, no, no, por favor, para. Haré lo que quieras, pero detente.

―Será mejor que… te vayas porque… ―hipó― no voy a parar.

―Dime qué hacer ―suplicó en un susurro mientras se acercaba. Le desgarraba el corazón verla en ese estado y que hubiera sido por su culpa.

―No… ―hipó― lo sé…

―Cuando yo era pequeño mi madre me daba un abrazo para reconfortarme… ―Se arrepintió en cuanto lo dijo por si ella creía que se estaba aprovechando.

―Solo Nicky me da abrazos.

―¿Quieres que lo llame?

―Él no está aquí. Tú sí.

―¿Entonces quieres que yo… que yo…?

―¡Necesito un… ―hipó― abrazo ahora! ―gritó enfadada.

Desde luego, era la viva imagen de su hermano cuando estaba molesta. Gordon aún recordaba la última vez que lo defendió de tres niños, Nicky había estado sublime.

Se acercó con cuidado y la rodeó con ternura, pero temeroso.

Issabella dejó de cubrirse el rostro y se echó sobre él tan necesitada de roce humano que acabaron en el suelo.

Gordon se las arregló para acabar sentado y con ella en su regazo.

Le dijo palabras de aliento al tiempo que le acariciaba la espalda en un roce inocente de puro consuelo.

Cierto que la cercanía con la muchacha lo embargaba, pero el dolor que percibía en ella le impedía ver más allá. Su deseo o la necesidad física estaban en último plano.

―¿Me perdonarás por ser tan brusco?

―No tengo nada que perdonar. ―Issabella se negaba a abandonar el hueco de su cuello. Por primera vez en años se sentía protegida.

―Estás así por mi causa.

―No, no es tu culpa.

―Dime al menos que no te burlaste de mí haciéndome creer que eras una sirvienta o te garantizo que yo también comenzaré a llorar.

―¿Lo hombres lloran? ―Issabella se separó para observarlo de hito en hito.

―Los hombres no lo sé, pero yo lo hice durante mucho tiempo. ―Debería sentirse humillado por la confesión, pero, sorprendentemente, no lo hizo.

―Nicky no llora.

―Tu hermano es incapaz de hacer algo que se considere impropio de un hombre.

―Yo soy inapropiada. ―Los ojos se le volvieron a nublar.

―No, no, no, no. Tú eres muchas cosas, pero eso nunca. Lo supe en cuanto te vi preocuparte por ese gato. En cuanto me miraste y me viste.

―Si miro a alguien lo veo ¿por qué no iba a verlo? ―Ella no entendió la última parte del alegato del joven.

―Da igual. ―Él no quería desprestigiarse más, con una confesión como la que le había hecho hacía poco, bastaba―. Lo que quiero decir es que eres del todo adecuada. En todos los aspectos. Me enseñaste a pescar.

―Sí. Lo hice.

―Por cierto, que esa noche no sirvieron mi pescado.

―Amber lo echó a la basura, porque en su menú no había sitio para algo tan vulgar.

―¡Con el esfuerzo que invertimos para sacar la pieza del río! ―La hizo sonreír―. No vas a llorar más, ¿de acuerdo?

―No, creo que no. ―Ganas no le faltaban, pero ese recuerdo en el río disipó la tormenta.

―¿Por qué no me dijiste que eras la hermana de Nicky?

―No lo sé, creí que eras el hijo de algún sirviente y… no tengo amigos… así que, si te decía mi posición… Todos se apartan de mí cuando digo quién soy.

―Yo no me apartaré de ti si es lo que quieres. ―Sonó a promesa.

―¿Serás mi amigo?

―Creo que ya lo somos, ¿no te parece?

―Entonces, ¿puedo preguntarte algo?

―Por supuesto.

―¿Por qué no me dijiste que eras amigo de mi hermano?

―Tampoco lo sé, creí que te apartarías de mí en cuanto te dijera que era un barón. ―Era un título menor comparado con el de esa familia.

―Yo no haría eso.

―Lo sé, pero una sirvienta sí lo habría podido hacer.

―Ah. ―Lo entendía. Su amigo quería tener también una amiga que no utilizase el título para refrenar una relación.

―Creo que tengo que disculparme también por… por… por… ―Estaba tan rojo como su pelo.

―¿Por qué? ―lo azuzó ella.

―No debí besarte ―dijo al fin.

―Ah. ―Así que, tampoco valía para ser besada. Otra cosa más en su contra. Issabella se sentía hundida.

―Además, yo no sabía que tenías solo dieciséis años. ―Recordar cómo se comportó lo abrumaba y pensar que no cambiaría su forma de obrar en caso de poder regresar al pasado…

―Me queda poco para los diecisiete.

―Da igual, yo soy tres años mayor que tú y…

―Pareces de mi edad. ―Lo interrumpió. Él hizo una mueca. Issabella lo vio y se mordió la lengua. Lo había ofendido. La muchacha se recostó de nuevo en su pecho como si fuera lo más natural del mundo―. Lo siento, no debí decir eso, no quiero que te molestes.

―No importa. Yo te hice llorar y los amigos no se molestan. ―La cobijó en sus brazos como si lo hubiese hecho toda la vida.

―Seremos amigos siempre.

―Si tú quieres, lo seremos. ―No pudo evitar oler el pelo de la joven. Sabía que no debería estar en esa posición, que quedaría comprometida si él no la instaba a levantarse, pero…

―Siempre. Eres el primer amigo que tengo y te prometo que no te arrepentirás de serlo.

―Entonces, habré de estar a la altura.

―Gracias.

―En cuanto a lo de escuchar a escondidas…

―No quiero hablar de eso. ―Dolía recordar aquello.

―Está bien.

Se quedaron un tiempo en esa posición. Issabella nunca se había sentido tan protegida. Gordon jamás había ofrecido protección. Los dos estaban en un paraíso.

―Debemos volver. ―El barón se obligó a romper el hechizo.

―Lo sé.

Pasaron unos minutos. Ella no se movió ni mostró interés en hacerlo.

― Lady Issabella, hemos de…

―No, Gordon, los amigos no usan sus títulos.

Él sonrió.

―Supongo que no. Aun así, hemos de levantarnos.

―Estoy bien aquí, ¿por qué debo dejar algo apacible para regresar a la realidad? ―Los brazos de su amigo eran muy reconfortantes.

―Porque Nicky es mi amigo, y no está bien que yo esté abrazado a ti.

―¿Deduzco que hay una escala en la amistad? ―De pronto, se sintió celosa por la amistad que hubiera entre su hermano y él.

―¡No! Por supuesto que no. ¿Pero qué quieres decir de todos modos?

―Creo que consideras que Nicky es más amigo que yo.