Pacto de Caballeros: Bilogía completa Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

―¿Estás interesado? ―Para su gusto, su amigo había mirado con demasiado interés a Issabella, eso sin contar que había pronunciado su nombre de pila de forma ¿familiar?

―¿Yo?

―Cierto, demasiado joven para ti. ―Nicky desechó la idea. En cuanto él terminase la formación del pelirrojo, Gordon se convertiría en todo un libertino seductor.

―Creo que está en edad casadera ―rebatió ofendido.

―¿Con dieciséis?

―¿Disculpa? ―Sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Él, con sus diecinueve años, se había aprovechado de una muchacha… ¿Qué jovencita tenía ese cuerpo a esa edad? Si hubiese sabido que no era tan mayor como él creyó…

―Creo que, tal vez, el año que viene o más adelante la lleve para la temporada, no tengo prisa ―continuó el conde de Suffolk sin prestar atención al graznido de su amigo―, pero si he de serte sincero no pretendo casarla con el primero que se presente.

Es hija de un duque, hermana de un conde y no estoy dispuesto a dejarla en manos de cualquiera. Es demasiado preciada para mí.

―Lo comprendo perfectamente. ―Él tenía una hermana y era de un pensamiento muy cercano.

―¿Estás interesado?

―¿Yo? ¿En qué?

―Sí, tú. Y sabes perfectamente de quién hablo. No creas ni por un momento que no he visto cómo la mirabas.

―¿A Amber? ―Hizo una mueca de desagrado.

―Eres muy listo, Gordon, pero no tanto como para parecer bobo.

―Está bien, está bien ―se excusó con las manos en alto―. No voy a mentirte, tu hermana menor es una persona interesante, pero más allá de eso no veas nada.

―¿Y por qué no? Es joven aún y pienso que eres un buen hombre. ―Nicky puso su mente a pensar. Si la emparejaba con su amigo, Issabella estaría perfectamente cuidada y protegida.

―Vamos, Nicky. ¡Mírame!

―Lo hago.

―Tu hermana es preciosa y yo un hombre… digamos peculiar. En cuanto la presentes en sociedad ella podrá elegir al esposo que más le guste. Tiene pedigrí, seguro que una buena dote y va excesivamente cargada de belleza. ¿De verdad crees que se fijaría en mí?

―Lo primero que debí haber mejorado en ti es tu autoestima. No importa que los demás acaben viéndote como un hombre importante e influyente si tú mismo tienes una baja opinión propia. Es lo primero que vamos a corregir. Además, la apariencia física no lo es todo.

―Dijiste que este verano me enseñarías a pelear y a apuntar y disparar.

―Y lo haremos. Todo, hay tiempo para todo, eso sin contar que te acompañaré de nuevo al sastre. ―Repasó la vestimenta de su amigo y negó con la cabeza…

―Si te parece, dejemos a un lado las cuestiones casamenteras y centrémonos en lo importante.

―Como quieras. Simplemente, creí que ella te había…

―Nickyyyyy ―lo llamó al orden.

―Sí, bien, creí que Issabella había captado tu atención, pero dado que no te interesa mi hermana no señalaré que en tu caso aprovecharía los veranos que queden para ganártela, conocerla y hacer que te conozca. Una de las cualidades más importantes de ella es que siempre ve más allá en las personas.

―Nicky, basta, por favor.

―Sí, sí, tampoco diré que me gustaría que formases parte de mi familia. Porque te garantizo que cuando acabe con tu instrucción serás un buen partido.

―Soy un barón y ella tiene más pedigrí en una uña que toda mi familia a lo largo de la historia…

―¡Te interesa! ―lo acusó.

―¡Me interesa cualquier mujer que me mire una segunda vez!

―¿Issabella te ha mirado más de dos veces? ―preguntó con interés.

―Tu hermana no me ha despreciado como bien ha hecho lady Amber.

―Entonces, ¿qué hacemos?

―Olvidar el tema.

―De acuerdo, pero te hago una promesa. ―Nicholas hizo una pausa dramática.

―¿Qué? ―preguntó ansioso.

―Si alguna vez le causas daño a mi hermanita pequeña te mataré.

―¡Vamos! Eso es un clásico.

―No, no, no lo es porque a mi madre, a mi padre y apuesto mi fortuna a que incluso a Amber, le traen sin cuidado lo que pueda sucederle a Issabella, pero no a mí. ¿Lo entiendes?

―Comprendo que estamos hablando por hablar. Tu hermana, en cuanto pise Londres no me mirará ni para darme los buenos días. Demasiado lejos para estar a mi alcance.

―Quedas avisado. ―A Nicky le daba igual lo que Gordon le señalase. Las miradas hablaban por sí mismas y su amigo había mirado mucho, muchísimo a Issabella. La atracción de él era evidente, no así la de ella, que parecía más cohibida que otra cosa.

La conversación se difuminó y uno y otro establecieron los principios para continuar ayudándose. Había pasado ya un año desde que tuvieron el primer acuerdo de echarse una mano el uno al otro y la asociación era productiva.

Ni que decir tiene que esa noche Gordon no pegó ojo.

Por su mente desfilaron cientos de pensamientos sobre si ella se había burlado de él, sobre si tendría una oportunidad para conquistarla por tener un título nobiliario, aunque fuera de bajo estatus, o si la muchacha le contaría a su hermano el impúdico beso.

Esto último le daba terror a causa de la reacción de Nicky, porque él estaría encantado de ofrecerse en matrimonio para reparar el agravio producido.

No así, comprendía que no era justo para Issabella atarla a él de esa manera… ¿verdad?

***

Por la mañana todo tenía otro cariz. Issabella todavía no creía su buena suerte. Su hermano se había encerrado con Amber para hablar sobre ciertos asuntos para los que, al parecer, ella no estaba capacitada. Eso no le impidió acercarse a la puerta a hurtadillas y apoyar la oreja…

―Estás en un error. ―Amber sentía que el aliento se le escapaba.

―Lo lamento, pero es la verdad.

―¿Cuántos años?

―Tal vez, dos o tres a lo sumo.

―¡Es imposible! Por amor del cielo, es el maldito duque de Beauford… no puedo creerlo.

―No maldigas, si madre estuviera aquí…

―Sé muy bien lo que la vara me habría hecho, pero creo que la ocasión lo merece.

―Te recuerdo que no eras la única con la que usaban la vara.

―Pero sirvió. Mírame, mírate y luego observa a Issabella… Es evidente que ella no es la hija de un duque. Nuestra educación, nuestro porte lo es todo.

―Eso no importará cuando estemos en la calle.

―Has dicho años.

―No lo sé con certeza, Amber. Los vicios de padre son muchos y suntuosos, hasta donde yo sé él va camino de América, y madre…

―¿Con su amante?

―No lo sé. Lo único que puedo decir es que estamos solos y que es importante que te prepares para la temporada.

―No puedo irme aún, Issabella no está preparada. Si no le enseño lo que madre me mostró, ella…

―¡Basta! ―Él dio una palmada sobre el escritorio del despacho―. Si has usado la vara con ella por Dios te juro que lo que madre te hacía no será nada comparado con mi ira.

―¿Cómo te atreves? Tú, desagradecido engreído. No eres mejor que padre, tienes sus mismos vicios, adoleces de sus manías, las mujeres son tu perdición. Madre lo decía, serás como él. Y tu hermana, tu preciosa hermana pequeña, acabará mostrando la furcia que lleva dentro.

―Ella no lleva nada de eso dentro. No te atrevas a hablar así de ella.

―Padre lo decía, que las mujeres somos fruto del pecado.

Issabella es holgazana, siempre soñando despierta, no entiende sus responsabilidades y acabará sometida a un petimetre de baja alcurnia.

Ella traerá la ruina a la familia con su vulgar comportamiento si no la freno.

Tengo que ayudarla como madre me hizo comprender a mí.

Será tu perdición si no acabo con el brillo de su mirada, si no aplasto sus ilusiones.

Una dama no puede, ni debe soñar. Se debe a su esposo. Madre lo sabía.

―¿Te estás escuchando, Amber? ―preguntó con el corazón estremecido. ¿Cuándo se había convertido Amber en la duquesa? Su madre había creado un monstruo.

―¡Ella no merece ser hija del duque de Beauford! Es torpe, perezosa, inapropiada, inculta. No es apta para ser una dama. ¡Solo traerá vergüenza! Y si no la separas de ese tonto que has traído acabará mancillada. Los hombres la buscan como la miel a las moscas, ¡debo corregirla!

―Amber, el carruaje te llevará a Londres.

Tengo entendido que tienes amistades allí.

La duquesa se ocupó de presentarte a las personalidades oportunas, así que irás, te acicalarás, comprarás ropajes suntuosos y mostrarás tus dotes seductoras, y no la fría arpía en la que te has convertido.

Te marcarás el propósito de encandilar a un hombre y te casarás de inmediato o acabarás con tus huesos en un convento.

―¡Has dicho que estamos al borde de la ruina!

―No. Te he explicado que las arcas están vacías, los arrendatarios arruinados se marchan, las tierras expoliadas, y que en unos años estaremos en bancarrota. Así que, te casaremos esta temporada y podrás salvarte.

―¿Y si no encuentro a nadie de mi posición?

―La duquesa te enseñó bien. Encontrarás lo que te propones. Asegúrate de que no sea como padre y acabes mendigando, es lo único que te pido.

―¿Por quién me tomas? Por supuesto que tendré a mis pies al hombre que se me antoje. El mejor partido que haya.

―A eso me refiero.

―Pero no pienso consentir que una mocosa estúpida se convierta en una don nadie. Me niego a que la buena sociedad me conozca como a la hermana de Issabella, porque acabará siendo un lastre para mí.

―Creo que no lo entiendes Amber.

―¿El qué? ―preguntó alzando el mentón―. No soy yo de la que padre siempre se quejaba de que era una inútil que no sabía ni leer. ―Lo desafió a desmentirla.

―No eres tan inteligente cuando osas enfrentarte al hombre que tiene las riendas de la familia en sus manos. Una palabra mía y estarás sin dote, sin mi protección y sola.

―No te atreverás.

―Sí, Amber. Prepara tus baúles porque ya no estás al cargo de esta familia. Es una responsabilidad que recae en mis manos y que he tenido demasiado desatendida.

―Nos arruinará, ¡tú y ella lo haréis! ―Se levantó de su silla con tal violencia que el mueble cayó hacia atrás.

―Entonces apresúrate en buscar la protección de otro título y salir de esta familia.

―Te arrepentirás. ―Comenzó a andar hacia la salida.

―Por cierto, Amber ―ella frenó y esperó a que él hablase―, Issabella y yo estaremos mucho mejor sin los duques ni tu presencia.

La mujer resopló y emprendió la marcha.