Pacto de Caballeros: Bilogía completa Capítulo 2
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Capítulo 2

Reina de corazone s

Esa noche Issabella no tuvo valor ni para bajar a cenar.

No podía ver a Amber, en los últimos tiempos su hermana se había vuelto cruel y ella no quería verla.

Así que, le subieron una bandeja a su habitación con un plato con un poco de pan y carne fría.

La verdad es que no contaba con apetito y no le supo mal que su hermana le racionalizase la comida.

Se miró el busto, ¿qué tenían de malo sus senos?

Cierto que eran más grandes que los de Amber pero ¿qué iba a hacer? , ¿pincharlos para que se vaciaran?

Se acostó en la cama acordándose de lo inesperado que fue el día y una sensación especial la inundó. Tenía que averiguar de forma discreta la identidad de ese joven desgarbado que se había atrevido a robarle su primer beso… ¿Cómo la haría?

Con este pensamiento, y viviendo numerosas situaciones del todo impropias para una joven casadera virginal, se sumió en los brazos de Morfeo para levantarse dispuesta a afrontar un nuevo día.

***

La sensación que tenía es que iba a ser un gran día.

La primera pista de lo que iba a suceder se la dio la propia Amber, quien comentó que no podrían llevar a cabo sus tareas de la mañana porque debía ocuparse de unas cosas importantes.

¡Fantástico! Issabella ya estaba pensando en los peces que iba a pescar.

Salió con un vestido sencillo y su delantal para protegerse de la suciedad tal y como había hecho en el día anterior.

Por el camino de piedra llegó hasta el abedul.

Ese monumental testigo del paso de los años iba a tener un nuevo significado para ella.

Sonrió al recordar la situación tan íntima vivida y no pudo evitar sonrojarse.

Le salió una risita risueña que se fundió con el canto de los pájaros.

―¿Te ríes? ―Issabella saltó al oír la pregunta a su espalda y a punto estuvo de caer en el suelo.

―Gordon. ―Señaló en un susurro cuando los brazos del joven la sostuvieron. No hizo falta girarse para conocer la identidad de su salvador porque olía a él, un aroma masculino que tan bien recordaba.

―¿Estás bien? ―preguntó cuando la giró para examinarla.

―Sí, me has sobresaltado, eso es todo.

―Vine con la única idea de encontrarte, pero nunca creí que fuera tan fácil. ―Hubo de confesar―. ¿No me digas que el señor Nieve ha vuelto a hacer de las suyas? ―Miró hacia lo alto para ver si veía al animal y pensando en lo que le reclamaría a ella por su ayuda en esta ocasión.

―No, no. Voy a ir a pescar.

―¿Sabes pescar? ―preguntó con la boca abierta.

―¿Tú no?

―No lo he intentado nunca.

―Es muy fácil. Si quieres puedo enseñarte.

―Issabella, eres un descubrimiento ―explicó mirándola a los ojos. Vio teñirse sus mejillas de rubor y le pareció lo más bonito que una vez contempló.

―¡Vamos! ―La joven salió a la carrera y él fue tras ella.

Llegaron a un campo cubierto por dientes de león. Ella hizo volar las pequeñas cápsulas de las flores al tiempo que él la contemplaba como si fuese un ángel.

Toda ella, la naturalidad y la espontaneidad, la hacían encantadora.

Eso sin desdeñar su bonita apariencia. Y lo más importante es que ella lo veía.

Sí, lo miraba como… bien, no sabía como a qué o como a quién en este caso, pero, por primera vez, una fémina lo trataba como a un hombre y de forma amable.

¡Si incluso le había sonreído! Y no había sido solo una muestra brillante de sus dientes blancos ―que también―, sino que lo había hecho de forma natural. ¿Sería un sueño?

La malo era su posición… la de ambos, ya puestos. La sociedad no lo consentiría.

―¿Ves? ―La muchacha lo sacó de sus pensamientos al tiempo que le pasaba unos gusanos vivos. ¡¿Unos gusanos vivos?!

―¿Qué haces? ―Gordon se dio cuenta de que habían llegado al río y de que estaban arrodillados en la tierra.

―¿No querías que te enseñase a pescar?

―Dime una cosa, ¿te han dado la mañana libre? ―preguntó él mientras sostenía las cañas en sus manos.

―Se podría decir que sí. ―Amber no estaba y ella podía dedicarse a sus cosas… ―¿Y a ti?

―Sí, por supuesto que sí. ―Su mejor amigo se había ido con su hermana a arreglar no sé qué cosa con no sé qué arrendatarios…

―Entonces, coges al gusano y lo colocas con cuidado en el anzuelo… ―Ella iba haciendo lo que predicaba―. Así, ¿lo ves?

―Sí, parece fácil. ―Él comenzó a imitarla con su utensilio―. ¡Lo he logrado!

―Claro que sí. ―La joven se contagió de la felicidad de su nuevo amigo.

―Y ahora, ¿qué hacemos?

―Toca pescar ―dijo ella como si fuese lo más elemental del mundo.

―¿En el agua? ―¿Por qué su cerebro parecía irse de paseo cuando estaba con esta muchacha?, se preguntó Gordon.

―Sí, por supuesto. Mira. ―Issabella deslizó grácil su caña hasta la orilla y la sostuvo en sus manos―. Ven, siéntate junto a mí. ―Le hizo un gesto con la mano para animarlo a tomar asiento.

Gordon así lo hizo. Su cebo también estaba ya tentando a los peces.

―¿Tienes familia? ―quiso averiguar él.

―Mis padres, ciertamente, no se llevan demasiado bien, tampoco los veo a menudo.

―¿Quién te cuida? ―El corazón le dio un vuelco al creerla sola en el mundo.

―Mis hermanos. Mi hermana mayor se ha tomado el papel de segunda madre muy decididamente y mi hermano es quien me atiende de modo más…

―No quiso terminar la frase, porque eso implicaría dejar entrever que Nicky era el que le daba amor y Amber una disciplina que rozaba lo inhumano.

No, no lo diría porque ella adoraba a sus dos hermanos.

―¿Qué ibas a decir?

―¡Mira! Tu caña se balancea. ¡Han picado, han picado! ―Lo ayudó a recoger el sedal. Un bonito ejemplar saltaba cautivador. El orgullo masculino que habitaba en él y que, por lo visto, tenía, se irguió poderoso. Su damisela lo miraba encantada con la hazaña.

―Soy bueno en esto.

―Te he dado el mejor cebo que conseguí. ―Issabella no pretendía arrebatarle el mérito, pero él se veía excesivamente seguro de sí mismo y ella era la que había hecho la mayor parte del trabajo dándole un suculento manjar para el pescado.

―Pero yo lo pesqué. ―Issabella resopló. ¡Era igual que Nicky!

―Sí, tú lo capturaste ―claudicó. ―Pongámoslo en la cesta. Será una cena muy rica.

―¿Lo vamos a comer? ―preguntó con una mueca de horror. Eso la hizo sonreír.

―¿No te gusta el pescado?

―Desde luego que sí, pero nunca he comido nada que yo haya cazado. Pescado, en este caso. ―Se sentía un hombre poderoso.

―Pues esta será la primera vez, ¿no te parece?

―Sí… creo que estará bien… ―Su orgullo seguía por las alturas. Incluso sonaba condescendiente.

Issabella le entregó otro gusano y él volvió a hundir la caña en el agua cristalina. ¿Qué les pasaba a las truchas que no picaban su anzuelo? —se preguntó la joven.

―¿Tú tienes familia? ―Intentaba averiguar discretamente si sería hijo del jefe de cuadras o del mayordomo… Había oído que uno de ellos esperaba la llegada de su joven hijo.

―Sí. Mis padres gozan de buena salud, afortunadamente, y tengo una hermana que es… ―No tenía muy claro cómo continuar la frase. Brenda era demasiado inteligente para su gusto. La inteligencia en un hombre estaba bien, pero en una dama, en la hija de un barón, no estaba bien vista.

―¿Bonita?

―No lo sé… es mi hermana, no pienso en ella en esos términos. ―Ciertamente, no sabía si los demás la encontraban hermosa. Para él solo era Brenda.

―¿Y te gusta tu trabajo? ―preguntó, a ver si así podía averiguar a qué se dedicaba él.

¿Estaría en contacto con caballos? El señor Nieve era poco sociable y había estado muy a gusto con él.

En honor a la verdad, ella esperaba que le diera un zarpazo cuando fue a cogerlo en lo alto del árbol, pero el gato se comportó sumiso y obediente.

Ese gesto le dio una pista de que el muchacho era una buena persona.

―Mucho. De hecho, me apasiona. Tratar con personas es a veces complicado, pero…

―¡Han picado, mira, mira! ―Issabella estaba eufórica.

Y se puso más contenta cuando vio que la pieza de ella era aún mayor que la de él.

Lo vio mirar el ejemplar que había en la cesta y compararlo con el que ella estaba soltando del anzuelo.

¡Era igual de competitivo que Nicky!―. El tuyo es más pequeño ―señaló un poco altiva.

―Son iguales ―expuso enfurruñado―. Además, creo que es hora de irnos. Se está haciendo tarde.

―Sí, habrá que entregar la cena para que la preparen.

―¿Tú cocinas?

―¿Yo? ―Si su hermana la viera en la cocina entregando los peces le daría un infarto y si, además, la viese frente a los fogones… Dios sabe qué castigo le impartiría―. No.

―¿Tú limpias? ―Él necesitaba saber qué puesto ocupaba en la casa de su amigo.

―Lo cierto es que si veo algo sucio tengo la necesidad de limpiarlo. ―Esa misma mañana había derramado la leche un poco y usó su mejor pañuelo para limpiar el pequeño estropicio.

Él la miró extrañado. ¿Era doncella? ¿Se ocupaba de la lumbre?

¿Cómo podría localizarla en una casa tan grande y con tantos sirvientes sin llamar la atención y sin ser evidente en la insinuación?

Gordon comenzaba a entender que el atractivo de Nicky no era lo único que su buen amigo utilizaba para cautivar a las féminas, bien hacía falta muuuucho ingenio.

―¿Regresamos, Gordon? ―lo animó ella después de dejar las cañas en su lugar y coger la cesta.

―¿Juntos? ―No debía colocarla en esta situación. Ella no era una dama de alta alcurnia, pero, por alguna razón, no quería que el resto de los trabajadores rumoreasen sobre ella.

―Supongo que tienes razón. ―El pobre sirviente no debía ser visto en compañía de la hija menor de los duques…

―Adelántate tú ―la animó.

―Sí, es lo mejor. ―Issabella no quería meterlo en ningún aprieto.