Capítulo 1 #4
Nicky lo había adecentado un poco, pero revisando el atuendo de Gordon, claramente, no había hecho un buen trabajo.
La camisa de su amigo estaba arrugada, el chaleco brillaba por su ausencia y la chaqueta estaba llena de pelos y más arrugada que la propia camisa.
Sus pantalones eran otro desastre aún peor y los tejidos parecían como de muy baja calidad…
―¿Ves cómo eres un estirado esnob? Necesitas aprender a disfrutar. Creo que tengo aún demasiado trabajo por delante. Cuando hicimos el trato siempre supe que yo tendría que hacer más esfuerzo que tú.
―¡Pero si tus calificaciones en Eton llegaron a ser notables! Yo sí me esforcé con todas mis fuerzas en enseñarte todo.
―Y, aun así, reitero mi afirmación. Yo tuve, tengo ―se rectificó― mucho trabajo por delante contigo. ―Le palmeó la espalda al bueno de Gordon y ambos se encaminaron en dirección a la casa.
―Desde luego, lo que sí tienes es un ego muy crecido.
―Y tú lo sigues teniendo demasiado bajo, y eso es algo que vamos a tener que solventar rápido.
―Comienzo a pensar que me has tomado como una obra de caridad y no me gusta sentirme así.
―Yo siempre cumplo mis promesas, Gordon. Decidí que te ayudaría a mejorar y es lo que voy a hacer hasta mi último aliento.
―He mejorado mucho y eres un amigo terrible.
―¿Yo? Pero si soy el único que tienes.
―Cuando ya parece imposible que me hagas sentir más miserable, vas y lo consigues.
―Vamos, vamos, amigo mío. ¡Mírate!
―¿Qué? ―preguntó con los brazos abiertos mientras se daba una mirada sobre sí mismo.
―Estás horrible. ¿No te aconsejé visitar a un buen sastre?
―¡Fui al que me dijiste!
―¡Eso es imposible! ―Lo había mandado al hombre que le elaboraba sus trajes y era el mejor de todo Londres. Sus confecciones valían una fortuna que bien la merecían.
―¡Te lo juro!
―Gordon, ¿por qué te dejas engañar por todo el mundo?
―¿Cómo dices?
―Mi sastre no es un hombre bobo, imagino que te ha colocado algo que nadie quería comprar y tú se lo has permitido.
―¡He pagado un dineral y me dijo que era la última moda!
―¿Ves? Tengo mucho, mucho, muchísimo trabajo contigo ―dijo al tiempo que negaba con la cabeza.
***
En el otro extremo de la propiedad una desenfada Issabella se había descalzado para meter los pies en el río. Aprovechó también para sumergir las manos para que el frescor le diese alivio. Esperaba que el gato, que se había acomodado sobre su regazo, no se volviese a escapar.
Cuando pasó un momento sacó las manos y vio sus palmas.
No iba a poder pescar porque le dolían demasiado como para sostener la caña, ni tan siquiera la menos pesada de todas ellas, esas que tenía escondidas en uno de los matorrales cercanos al río.
Además, tampoco podía usar las manos para buscar gusanos y utilizarlos de cebo, porque aparte del dolor, su hermana vería la suciedad en las uñas y Dios sabe lo que sería capaz de hacerle.
¿Cuándo se había convertido Amber en una bruja desalmada?
Se arrepintió del pensamiento en cuanto le rondó la mente.
Issabella quería a su hermana y estaba segura de que todo lo que le hacía pasar era producto de la creencia de que lo hacía por su bien.
Era imposible que Amber no quisiera su felicidad.
Eso es lo que la propia Amber decía cada vez que tenía que ser cruel con ella y, sinceramente, esperaba que fuese verdad.
A una tierna edad y con una madre ausente, Amber se había ocupado de su educación, de la casa y de todo…
La mayor de los duques había retrasado su presentación porque ella la necesitaba, pero esperaba que pronto se casase y la dejase en paz.
De nuevo, se sintió culpable por esta nueva idea malvada sobre Amber.
Se esforzó en centrar sus pensamientos en su hermana, porque si se paraba a pensar en lo otro tan impropio que le había sucedido…
ese episodio tan inesperado con un hombre…
estaba aturdida, pero se obligó a dejar de lado esos pensamientos pecaminosos.
Una dama no debería permitir que sus arrebatos, sus pasiones más íntimas, tomaran el control de su cuerpo y su voluntad.
Esto era elemental, aunque Amber no se lo había dicho, pero imaginaba que su suposición no iría desencaminada.
Porque una dama no podía hacer nada de lo que disfrutase…
Esos ojos marrones, esos labios finos y ese pelo rojo como el fuego… ¿Sería ese el motivo por el que se sintió arder en su interior? ¿Sería por el pelo de él?
En un primer momento no le pareció nada del otro mundo, pero ese beso… Ahí hubo una inflexión con respecto a su primera suposición hacia él. Y lo más importante, ¿de quién sería hijo y cómo lo enfrentaría la próxima vez que se lo cruzase sin sonrojarse de pies a cabeza?
El gato maulló y la miró. La joven partió un trozo de pastel y le dio un bocado al minino al tiempo que ella se comía otro.
Las siguientes horas trascurrieron en paz junto al agua, cuyo sonido la sumía en un estado de tranquilidad del que no quería salir.
Cuando el sol comenzó a estar bajo, el señor Nieve volvió a llamar su atención en una clara advertencia.
―Sí, será mejor que regresemos a casa o sabe el Altísimo qué me hará Amber. Además, ahora tenemos al fin a Nicky de vuelta.