CAPÍTULO 25
Había pasado más de una hora desde que los Fraser de Lovat cruzaron el portón del castillo y Arran estaba cada vez más nervioso.
Willow se había alejado de él para acercarse a la chimenea e intentar calentar su cuerpo, que no dejaba de temblar, aunque no por el frío, sino por el nerviosismo que sentía en su interior.
Y gracias a que esta se encontraba ahora dándole la espalda, Arran pudo dejar a un lado la fachada que intentaba mostrar ante ella para sacar el pánico de su pecho.
Le costaba horrores mantener una respiración normal, que no le temblara el cuerpo y que su mente pudiera pensar en otra cosa que no fuera lo que estaba ocurriendo allí abajo.
Se sentía con las manos atadas, tal y como había ocurrido en el momento del ataque al castillo cuando él no estaba allí para salvar a Kester.
Era como si todos pudieran hacer algo por Willow mientras él tan solo tenía que sentarse a observar.
Y no podía más.
Sus pies lo obligaron a levantarse de la jamba de la ventana y colocó bien la espada en su cadera.
Algo en su interior parecía animarlo a salir de allí para comprobar qué demonios estaba ocurriendo para que Morag o Gillian no subieran al dormitorio a avisarlos de cómo iba la conversación.
Todo era demasiado extraño, y el nerviosismo que pululaba por su cuerpo no le parecía demasiado normal.
Por ello, decidió que lo mejor era ponerse en marcha, y hacerlo con sumo cuidado para no ser descubierto.
—Willow… —dijo con suavidad.
La joven se giró hacia él con los ojos ligeramente llorosos, aunque no derramaba ni una sola lágrima.
Arran se acercó a ella y la abrazó para besarla en los labios. Sin embargo, fue un beso corto, casi casto, pero en el cual imprimió todo lo que sentía por ella. Tenía miedo de acabar con una soga en el cuello y no poder verla más. Pero era algo que debía hacer. Por ella y por su futuro.
—Voy a bajar a ver qué está pasando. Morag debía haber subido ya a comunicarnos algo, pero aquí no viene nadie y no puedo estar encerrado por más tiempo sin saber qué está pasando.
Willow lo miró con cierto temor.
—Dijiste que mi tío y mi primo te vieron cuando salías del castillo Sinclair. ¿Y si te apresan?
—Puede que ni siquiera sepan quién soy. Tal vez han venido a pedir asilo o comida mientras regresan al sur.
Willow chasqueó la lengua.
—No sé… No lo creo. Tengo miedo por ti.
—Lo sé, pero también temo por mi familia. ¿Y si están en problemas y por eso no han podido subir? De todas formas, solo voy a acercarme a ver qué ocurre y, si todo está bien, volveré al dormitorio.
Arran vio la duda en los ojos de la joven, por lo que volvió a besarla suavemente.
—Quédate aquí y no salgas. Mantente a salvo pase lo que pase.
Willow frunció el ceño y lo miró con fijeza.
—Lo dices como si fuera una despedida.
—No es cierto —sonrió Arran.
—Pues es como suena… —insistió la joven—. ¿Vas a entregarte en mi lugar?
Arran negó con la cabeza sin perder la expresión en sus labios.
—Sabes que lo haría en caso de que fuera necesario. Juré protegerte.
Willow gruñó entre dientes y se separó de él.
—Yo también juré lo mismo, así que podría hacerlo yo también.
Arran la acorraló contra la pared más cercana.
—Tú vas a mantenerte a salvo en el dormitorio o tendré que atarte a la cama y ponerte una mordaza mientras bajo al salón. Y cuando suba, te haré mía una y otra vez.
Sin embargo, sus palabras no lograron amedrentar a Willow, que se mantuvo con el gesto iracundo y serio por primera vez desde que la conocía.
—El carácter de mi tío y mi primo no es para tomárselo como un juego, Arran.
El aludido sonrió aún más.
—No lo hago. Solo deseo que quites ese gesto. Todo irá bien, Willow. Solo voy a comprobar que todo está bien y volveré enseguida. Tu tío no me verá y seguramente se irán pronto. Solo quiero mantenerte a salvo. No podría soportar que te hicieran daño también a ti. No puedo imaginarlo, de verdad.
Al ver que el brillo de sus ojos se apagaba, Willow puso las manos en sus mejillas y se puso de puntillas para besarlo.
—No me harán nada.
—Te amo, Willow.
La joven sonrió y se apartó de él.
—Y yo a ti, Arran Chattan.
El aludido acabó devolviéndole la sonrisa y respiró hondo, preparándose mentalmente para dejarla sola y bajar.
—Atranca la puerta cuando salga y mantente detrás hasta que vuelva. Si escuchas ruidos raros, ve a la habitación que perteneció a mi madre. Allí hay un pequeño pasadizo junto a la chimenea. Cora se resguardó en ese lugar cuando… mataron a Kester y a mi madre.
Willow asintió.
—De acuerdo, aunque sé que no hará falta.
—Al menos yo me sentiré más tranquilo sabiendo que tienes esa opción.
—Vale. Lo haré en caso de que sea necesario.
Arran asintió y la besó con rapidez antes de dirigirse hacia la puerta. La joven lo siguió para quedarse tras esta y, con una última mirada de despedida, Arran abandonó el dormitorio.
En el momento en el que salió al pasillo, lo notó mucho más frío que de costumbre, como si una especie de corriente se paseara por el castillo libremente.
Y eso no le gustó. Aunque hiciera meses que se había marchado, conocía a la perfección la fortaleza y sabía que esa sensación no se había sentido jamás, tan solo la noche en la que su madre y Kester habían muerto.
Y lo peor de todo era que no solo había frío en el ambiente, sino que también olía a muerte.
Esta parecía rondar de nuevo entre las fuertes paredes del castillo.
Y su corazón se sobresaltó de auténtico terror si alguien más de su familia moría, y esta vez por su culpa.
Con pasos lentos, pero seguros, Arran descendió las escaleras, poniendo toda su atención a los posibles sonidos que hubiera en el piso inferior.
Pero al ver que todo estaba despejado y no se escuchaba absolutamente, bajó con más decisión.
No había ni un solo sirviente por allí al que poder preguntar qué estaba pasando, por lo que comenzó a caminar por el pasillo que lo llevaría al gran salón.
Pegado contra la pared y mirando a un lado y otro del pasillo para evitar ser descubierto, Arran caminó con cuidado. A medida que se aproximaba al gran salón, el murmullo levantado en este llegó hasta sus oídos.
Primero comprobó que la puerta estuviera cerrada para intentar escuchar desde el otro lado.
Y cuando descubrió que así era, pegó su oreja a la madera.
Al instante, el horror recorrió su cuerpo, el mismo que había sentido tras la muerte de Kester, ese mismo frío que lo había atravesado al salir del dormitorio.
El mismo que lo paralizó meses atrás cuando no supo gestionar lo que sentía.
—¡Suelta a mi esposa, Fraser! —El rugido de su hermano Rowan atravesó la puerta como si el propio Arran estuviera en el interior del gran salón.
El sonido de las espadas de los Fraser al desenvainarse logró erizarle el vello del cuerpo de Arran desde el otro lado de la puerta y supo, en ese instante, que tal vez el final de su vida había llegado.
Acabaría como Kester. Su gemelo había muerto por defender a su hermana, y él lo haría para proteger a la mujer a la que amaba.
Por ello, y para defender a la esposa de Rowan, Arran abrió la puerta de golpe, provocando que en el interior del salón la atmósfera se oscureciera aún más.
—Creo que mi hermano te ha pedido que sueltes a su esposa —fue lo primero que dijo dando un paso al frente y con la mirada puesta sobre Miles.
Arran hizo un pequeño y rápido barrido de las personas que había en el salón y estaba claro que se encontraban en desventaja, algo que le hizo apretar los puños con fuerza.
Si pudiera avisar a sus compañeros de que estaban en peligro, todo acabaría en cuestión de segundos.
Sin embargo, esa era posibilidad inexistente y no podía perder el tiempo.
Miles tenía una daga apoyada en el cuello de Gillian y la apretaba contra sí con tanta fuerza que el rostro de su cuñada estaba ligeramente rojo por la falta de aire.
—Vaya, no eres tan cobarde como pensaba en un principio… —comenzó diciendo Cole al lado de Miles al tiempo que desenvainaba la espada—. Ya nos engañaste una vez en nuestras narices, no habrá una segunda…
Arran no pudo evitar sonreír al recordar el momento en el que se cruzó con ellos al salir del castillo Sinclair. Los había mirado a los ojos y sabía que estos lo habían visto a la perfección, por lo que sintió satisfacción al ser consciente de que habían marcado su rostro en sus memorias.
—¿Te hace gracia, Chattan?
—Lo que me hace gracia es que tengáis tal falta de juicio que os lleve a atreveros a amenazar a la esposa de Rowan Chattan. ¿Nunca habéis oído hablar de mi hermano?
—Tu hermano y su esposa me importan una mierda, Chattan —dijo Miles moviendo la punta de la daga por el cuello de Gillian, que siseó de dolor.
Arran miró fijamente a su hermano, que estaba al otro lado de donde él se encontraba.
Lo vio apretar los puños alrededor de la empuñadura de la espada, a punto de atacar, al igual que Sloan y Morag, pero si estos perdían la paciencia y atacaban, los hombres de Cole harían lo mismo y toda la familia acabaría muerta.
Por ello, Arran se dijo que debía hacer lo que fuera para apartarlos del foco de atención de los Fraser de Lovat.
—¿Por qué no la sueltas y te enfrentas a alguien en las mismas condiciones que tú?
Arran dio otro paso al frente, abriendo ligeramente los brazos para que vieran que él no estaba dispuesto a desenvainar la espada. Su corazón latía a toda velocidad y su mente volaba intentando encontrar una manera de salvar a su familia sin que tuvieran que entrar en batalla.
—No pienso soltarla hasta que nos entregues a la persona que hemos venido a buscar.
—¿A qué persona te refieres?
Arran quería ganar tiempo para que algún compañero suyo pudiera ir hasta allí y descubriera todo para avisar a los demás.
Cole renegó entre dientes.
—¡A mi sobrina! ¡Willow Sutherland!
Arran torció el gesto.
—Reconozco que conocí a Willow en el clan Sinclair. Pero ¿qué te hace pensar que está aquí conmigo?