CAPÍTULO 24
Willow caminaba de un lado a otro del dormitorio mientras sentía que sus nervios iban en aumento.
No sabía cuánto tiempo había pasado desde que habían subido al piso superior para esconderse, pero sabía que era poco.
No obstante, lo sentía como si hubieran pasado siglos desde que su tío compartía con ella el mismo techo tras su llegada.
Desde que habían abandonado las tierras Sinclair no había vuelto a sentir pánico.
Al contrario, con Arran a su lado y la esperanza de un futuro en el clan Chattan habían provocado que el terror por su tío desapareciera de golpe, y mucho más desde que se había convertido en una Chattan más.
Pero en el momento en el que les comunicaron que su tío y su primo estaban a las puertas del castillo, infinidad de sentimientos y escenas variadas aparecían en su mente.
No dejaba de pensar en la posibilidad de que pudieran hacer daño a alguien del clan Chattan o incluso que los mataran por conseguir lo que deseaban.
—Intenta calmarte, Willow —le pidió Arran desde la jamba de la ventana.
Se había apoyado allí cuando entraron en el dormitorio y no se había movido en absoluto a pesar de su gesto malhumorado y preocupado. De los dos, era el único que parecía mantener la calma, aunque ella desconocía que realmente estaba aún más nervioso que ella.
Desde la ventana observó el patio y no vio a ninguno de los hombres de Cole Fraser, por lo que llegó a la conclusión de que todos habían entrado en el castillo, invitados por Rowan.
Y no saber nada de ellos lo estaba consumiendo por dentro.
Sin embargo, se obligó a mostrarse indiferente ante Willow, que parecía estar a punto de echar a volar si se atrevía a asomarse por la ventana.
—No solucionarás nada con ese nerviosismo.
—Lo sé, pero no puedo evitarlo.
Arran le tendió la mano.
—Ven conmigo.
Willow dudó, pero acabó accediendo y se aproximó a él lentamente, hasta que llegó a su lado y este rodeó su cadera con sus brazos. Sentado en la jamba, levantó la mirada hacia ella y le sonrió.
—Tú siempre te has mostrado tranquila y con palabras certeras cada vez que yo me mostraba débil ante ti. Siempre has sabido cómo calmarme y, por ello, me enamoré de ti. Fuiste la única persona capaz de hacer desaparecer mi amargura.
—Reconozco que ahora no sería capaz de hacerlo…
Arran rio y depositó un beso sobre su vientre, sin soltarla. Willow lo rodeó con sus brazos y enredó sus dedos en los mechones de su pelo.
—Lo sé. Estás muy nerviosa. Y reconozco que yo también, pero no podemos dejarnos llevar por lo que sentimos ahora. Debemos dejar todo en manos de mis hermanos. Ellos sabrán lo que hacer hasta que se vayan de una vez por todas.
Willow suspiró y lo miró a los ojos.
—Es que es tan difícil mantener la serenidad ahora que, a pesar de todo, no sabría ni qué decirte para hacer que te sintieras mejor, como semanas atrás.
Arran sonrió y la abrazó más fuerte.
—Ahora soy yo quien va a sostenerte, Willow. Tú lo hiciste conmigo y ahora me toca a mí. Eso forma parte del amor y es lo que quiero hacer.
—Pero tú ya tienes bastante con lo tuyo.
—Tú eres lo mío ahora —insistió—. Y sé que él nos ayudará esté donde esté.
Willow suspiró, pero acabó sonriendo y asintiendo.
—Subirán a comunicarnos la decisión de tu tío —siguió Arran—. Y después, todo irá bien.
El guerrero la empujó suavemente hacia él para sentarla en sus muslos. Solo entonces, la besó en los labios con ternura.
—¿Qué crees que estará pasando ahí abajo?
Arran se encogió de hombros.
—La verdad es que no lo sé. Tal vez estarán hablando de los planes de tu tío.
—Espero que se vayan pronto.
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Cole dejó la copa de vino sobre la mesa con un fuerte movimiento, tanto que estuvo a punto de romperla. Desde que habían entrado, la sensación de seguridad y confianza que demostraba Cole Fraser en todo momento hizo sospechar a Rowan, que no le quitaba el ojo de encima.
A su alrededor, las mesas del gran salón se encontraban casi repletas por los guerreros que habían acompañado a Cole hasta allí, mientras que este y Miles se encontraban en la misma mesa que Rowan y el resto de la familia Chattan.
A su lado, Sloan se mostraba tan tenso que su hermano mayor había tenido la necesidad de rozar su muslo para llamarle la atención, y solo entonces logró disminuir la presión que mostraba.
Al lado de Sloan se encontraba sentada Morag, que apenas hablaba, pero no quitaba el ojo a Miles, que en más de una ocasión había mostrado su interés por ella como guerrera, algo que sacó de quicio a Sloan desde el primer instante.
Gillian se encontraba sentada al lado de Rowan, pero a su izquierda, en los asientos libres que habían dejado Arran y Cora, se habían acomodado los recién llegados. Así, todos podían verse las caras y hablaban mientras preparaban algo para llenar los estómagos.
La incomodidad era más que evidente. Nadie lograba fiarse de nadie a pesar de que se suponía que estaban entre aliados. Pero todos sabían que no era así, y eso flotaba con facilidad en el ambiente.
—¿Y cómo van las cosas por aquí, Chattan? Escuché algo de una batalla contra los Ross. El rey estaba realmente enfadado.
Rowan sonrió con amabilidad y dejó su copa con suavidad para hacerle ver a Cole que debía tratar las cosas con más respeto.
—Sí, tuvimos que dar muchas explicaciones al rey, pero ya está todo solucionado. Ahora por fin todo está en orden y tranquilo.
Cole sonrió y miró de reojo a su hijo, gesto que no pasó desapercibido para Rowan, especialmente cuando Miles tomó la palabra.
—¿Y por qué surgió esa enemistad con los Ross?
De todas las preguntas incómodas que podían hacer los Fraser de Lovat esa era una de las que menos quería escuchar, pues incluso Morag se llevó las manos al rostro para intentar calmarse.
—Por una tontería que ya está solucionada —respondió Rowan con serenidad—. Ya sabéis que, a veces, las peores guerras comienzan por un simple malentendido.
Miles sonrió y señaló las sillas que había en esa mesa.
—Me he dado cuenta de que la mesa en la que os sentáis tiene más sillas de las que luego usa la familia. ¿A qué se debe?
Sloan arqueó una ceja y apretó los puños contra su boca para evitar hacer un comentario hiriente sobre aquella pregunta tan carente de juicio e importancia.
A su lado, Rowan comenzó a reír.
—¿Por qué te ha llamado la atención esa apreciación? Solemos dejar más sillas para los invitados.
—¿Nos esperabais? —insistió Miles.
Rowan negó con la cabeza sin perder su amable, aunque tensa, sonrisa.
—No, no os esperábamos, pero a veces vienen amistades que se quedan a comer y, por supuesto, siempre tenemos esas sillas preparadas. Y, si no viene nadie, se quedan vacías o bien las llenan algunos de nuestros guerreros.
—¿Sientas a tus hombres contigo? —preguntó Cole con desprecio.
—¿Por qué no? —siguió Rowan, sorprendido por aquella conversación carente de importancia.
—Son sirvientes. No deberías sentarlos a tu mesa.
Rowan chasqueó la lengua.
—Me temo que en eso no estamos de acuerdo. En nuestro clan, los guerreros no solo son sirvientes, también son amigos. Hemos crecido juntos y muchos de ellos han muerto al lado de nuestros familiares. Por ello, tienen el mismo derecho que cualquier amistad para sentarse a la mesa.
—Tienes razón, Chattan —intervino Cole con una amplia sonrisa en los labios, como si Rowan hubiera dicho lo que él estaba esperando—. Ahora que lo dices, creo recordar que tú tenías más hermanos, ¿verdad?
Si la tensión en el salón ya era cortante, Rowan no tuvo tiempo de imaginar en lo que se había convertido ahora, pues hasta su esposa Gillian cuadró los hombros y se dejó caer contra el respaldo de la silla con gesto claro de que deseaba marcharse de allí cuanto antes.
Rowan tomó aire lentamente y asintió.
—Sí. Nuestra familia quedó devastada tras la guerra. Mi padre murió hace unos años mientras que mi madre y un hermano fueron asesinados en un ataque al castillo.
Cole torció la cabeza, fingiendo tristeza.
—Vaya, lo siento mucho, Chattan. Las guerras sacan lo peor de la gente y obligan a los inocentes a pagar por los pecados de otros.
—De todas formas, eso ya es parte del pasado —respondió Rowan para intentar acabar con la conversación en ese instante.
Sin embargo, Cole no parecía estar dispuesto a terminar aquello, pues siguió hablando:
—Y en la guerra todo el mundo cambia tanto que ya no sabes quién es el enemigo, el aliado y el monstruo, de la misma forma que no sabes quién va a convertir la venganza en una forma de vida.
Había una amenaza clara en sus palabras. Rowan lo supo al instante, lo sintió en lo más profundo de su ser y estaba seguro de que Cole lo había hecho a propósito. No eran unas palabras dichas a la ligera, sin intención. Y eso lo puso sobre aviso.
—¿Lo dices por algo en especial, Fraser? —Sloan no pudo contener su lengua.
Y por debajo de la mesa, Rowan unió su rodilla a la de su hermano para advertirle de que tuviera cuidado.
Cole sonrió aún más y negó con la cabeza, llevándose de nuevo la copa a los labios.
—No, son solo palabras que se las lleva el viento. Pero volviendo a la conversación… ¿No te quedan más hermanos, salvo el que tienes a tu lado?
Rowan tardó unos segundos en responder.
—Claro que sí, mi hermana Cora es la pequeña de la familia, pero no vive con nosotros. Es la señora del clan MacGillivray, pues se casó con Alasdair, jefe del clan.
—Cierto, escuché que el hijo pródigo había vuelto de entre los muertos.
—No estaba muerto. Se encontraba entre nosotros.
Cole mostró una expresión de sorpresa.
—¿En serio? ¿Lo escondíais entre estos muros?
—Es una larga historia, Fraser, pero no, no lo escondíamos.
Miles sonrió de lado, provocando que la cicatriz que surcaba su rostro le tensara los músculos, afeando aún más su cara.
—¿Y escondes a alguien más entre tus muros, Chattan?
El corazón de Rowan estuvo a punto de pararse de no ser porque estaba preparado para escuchar esa pregunta. Había estado atento al camino que estaba tomando la conversación y, claramente, querían llevarlo a su terreno.