Pacto con el guerrero (Corazones oscuros nº 4) CAPÍTULO 22 #3
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CAPÍTULO 22 #3

Arran boqueó varias veces, pero antes de responder, volvió a mirar al punto exacto en el que había visto a Kester. Sin embargo, allí ya no había absolutamente nada. Su mirada barrió el salón para intentar encontrarlo de alguna manera, pero él ya no estaba allí.

—¿Arran? —insistió Rowan—. ¿Te sientes bien?

El aludido suspiró profundamente y acabó asintiendo.

—Sí, lo siento. Es que pensaba que…

No podía contar lo que había visto o lo tomarían por loco. Por ello, sonrió como pudo, mientras su corazón seguía latiendo demasiado deprisa, y le dio una palmada en la espalda.

—Nada, me he distraído y por eso se me ha caído la copa. Supongo que será el cansancio.

Sloan ladeó la cabeza.

—En eso tienes razón. No habéis descansado nada desde que llegasteis al castillo.

—Tal vez deberíais ausentaros de la fiesta —sugirió Rowan—. Creo que pocas personas se darán cuenta. La gran mayoría están borrachos y solo piensan en beber más.

Arran sonrió. Su corazón se había calmado ligeramente, aunque estaba más que seguro de lo que había visto.

—Creo que tienes razón. Ya nadie nos echará de menos. Además, voy a salvar a Willow de las garras de vuestras esposas.

—Seguramente, le estarán indicando lo que hay que hacer esta noche de bodas.

Arran sonrió ampliamente.

—¿De verdad crees que es necesario explicárselo?

El joven guiñó un ojo a sus hermanos, que sonrieron, y se aproximó a las mujeres.

—Creo que habéis secuestrado a mi esposa por demasiado tiempo… —fue lo primero que dijo al llegar a ellas.

—Más bien le estábamos haciendo un favor al no tener que aguantarte tantas horas —gruñó Morag.

Arran acercó a Willow con la mano puesta en su cadera.

—Que yo te caiga mal no quiere decir que mi esposa sienta lo mismo que tú.

—Aún me debes un encierro…

Arran se encogió de hombros.

—Nosotros nos retiramos ya. Si quieres, puedes venir a encerrarnos…

La guerrera puso los ojos en blanco, por lo que intervino Gillian.

—Solo le estábamos explicando algunas cosas.

Arran miró de reojo a Willow, que parecía pedir ayuda con los ojos.

—Me temo que desconoces que, en algunos casos, no es necesaria tanta explicación…

Y sin darle tiempo a replicar, empujó a Willow con suavidad hacia la puerta de salida. Rodearon el salón para evitar cruzarlo por el medio y así no tener que despedirse de la gente, pues los conocía muy bien y sabía que comenzarían a burlarse de ellos por marcharse para vivir su noche de bodas.

Cuando el ruido del gran salón quedó atrás, Willow dejó escapar un suspiro, aliviada por no tener que estar allí por más tiempo.

—¿No te estaba gustando la fiesta? —preguntó Arran mientras avanzaban por el pasillo.

—Claro que sí, pero Gillian y Morag han empezado a hablarme de lo que se suele hacer en la noche de bodas y me estaba resultando un poco incómodo.

Quería que pararan, pero entonces tendría que haberles confesado que tú y yo ya nos conocemos en la intimidad, y tampoco quería llevar la conversación por ese camino…

Arran lanzó una carcajada.

—Podrías haberme hecho una señal de socorro.

Willow rio.

—Está bien. Lo haré la próxima vez si se atreven a preguntarme si lo he hecho bien.

Arran la atrajo hacia él y la besó en la cabeza.

—Entiéndelas. Normalmente, son las mujeres las que explican esas cosas porque se supone que la novia no ha hecho nada antes de la boda.

—¿Cuántas novias crees que fingirán no saber nada tan solo para no tener que dar explicaciones?

—Muchísimas. Estoy seguro de ello…

Willow respiró hondo y se dejó guiar por Arran a través del castillo.

Recorrieron los pocos pasillos hasta las escaleras y comenzaron a subirlas.

Allí solo había silencio. Todo el ruido quedó atrás y, por fin, se encontraban ellos dos solos de nuevo.

Estaban realmente cansados por el viaje, pero la felicidad que sentían en sus corazones era tal que no les importaba estar despiertos un buen rato más.

Arran la llevó hasta el dormitorio y abrió la puerta para dejarla entrar.

Después, cerró tras él y todo lo demás se quedó fuera de aquella habitación.

No importaba nada más: ni su familia, ni su tío, ni los peligros del bosque…

Eran solo la mujer que amaba y él. Y a ella no podía ocultarle una cosa:

—Lo he visto.

Willow, que se encontraba observando el dormitorio que le había pertenecido desde que nació, giró la cabeza en su dirección, sin comprender.

—¿A quién te refieres?

—A Kester. Ya sé que es una locura y que está muerto, pero lo he visto en mitad del gran salón. Me ha mirado y ha brindado por nosotros. Luego ha desaparecido.

Willow sonrió y se acercó a él para abrazarlo por la cintura. Al instante, los brazos de Arran también la rodearon.

—Estoy perdiendo el juicio, ¿verdad?

—Yo creo que no. Era la única persona que te faltaba hoy en la fiesta, la que más deseabas y la que más echabas de menos. Y simplemente ha venido a despedirse y a celebrar contigo. A mí me parece muy bonito.

Arran asintió.

—Supongo que eso quiere decir que, allá donde esté, se encuentra bien.

—Exacto. Me alegro por él.

—Y yo por ti, porque sé que necesitabas esa despedida más que cualquier otra cosa en el mundo.

Arran la besó en la nariz.

—¿Crees que soy mala persona por apenas acordarme de mi madre o mi padre? También los echo de menos, pero siento mucho más la pérdida de Kester.

Willow rio.

—A mí me pasa lo mismo con Andrew. A él lo echo más de menos que a mis padres. Supongo que, al tratarse de un hermano, es más normal. Con él tenías una conexión especial que nunca tendrás con nadie más, ni siquiera conmigo.

Arran bajó la cabeza y la besó nuevamente.

—La conexión que tengo contigo es demasiado profunda, pero tienes razón. Es diferente al resto de personas. Sin embargo, se me ocurre algo para conectar aún más.

Una sonrisa pícara se dibujó en sus labios y comenzó a empujarla con suavidad hacia la cama. La joven rio y escondió el rostro entre los pliegues que formaba la ropa a la altura del pecho.

—Pensaba que estabas cansado.

—¿Tú lo estás? —preguntó poniéndole una mano en la barbilla y levantándole el rostro para mirarla a los ojos.

—Tal vez… —respondió después de pensarlo.

Arran chasqueó la lengua y sonrió.

—Pues me temo, señora Chattan, que su esposo no está dispuesto a dejarla descansar hasta dentro de un rato…

—¿Acaso mi querido esposo quiere leer un libro?

El guerrero la dejó caer con suavidad contra la cama.

—Claro que sí. Hay un libro increíble escondido bajo toda esta capa de tela.

Willow arqueó las cejas y lo miró con una sonrisa.

—¿Seguro?

La joven comenzó a subir la tela de su falda, mostrando sus piernas.

—¿Dónde tengo el libro? Yo no lo he visto, señor Chattan.

Arran pasó un dedo por su labio inferior y sonrió de forma perversa.

—A ver… déjame tocar para encontrarlo…

Las callosas manos de Arran comenzaron a ascender por sus muslos poco a poco, hasta llegar a tocar la entrepierna de la joven, que lanzó un suspiro de placer.

—Vaya, lo acabo de encontrar…

Willow rio e intentó cerrar sus piernas, pero Arran se lo impidió con gesto juguetón.

—No, señora Chattan. Esta tarde hemos hecho un pacto ante Dios y voy a cobrarme ahora lo que yo desee.

—Y este pacto no se puede romper, ¿verdad, señor Chattan?

Arran negó con la cabeza.

—Jamás.

Willow se atrevió a llevar su mano a la entrepierna de Arran, que palpitaba de deseo por ella.

—Entonces, demuéstrame hasta dónde va a llegar este nuevo pacto.

Arran sonrió de lado.

—¿Estás segura?

Willow lo apretó con firmeza y asintió.

—Totalmente.

—Entonces, prepárate porque no voy a parar hasta que acabes desmayada entre mis brazos…

Y con una carcajada y una nueva promesa, Arran la cubrió con su cuerpo para demostrarle que estaba dispuesto a llegar hasta el final.