CAPÍTULO 19 #2
El laird suspiró y dejó la pluma en el tintero ante de levantar la mirada del documento que estaba redactando.
—Tienes razón. Le he dado tiempo suficiente a Arran para que escapen del clan, así que supongo que ya habrán emprendido la marcha.
Se levantó de la silla y rodeó la mesa.
—Diles que pasen.
James asintió y lo miró antes de salir del despacho.
—¿Qué crees que habrá hecho esa muchacha para que ser buscada?
—Chattan ha dicho que estos son los culpables de la muerte del hermano de la muchacha, pero de ella no ha querido explicar nada. De todas formas, lo descubriremos en unos minutos.
James asintió y salió del despacho para buscar a los recién llegados.
En cuestión de minutos, Cole y Miles Fraser de Lovat atravesaban la puerta de su despacho con tantos aires de autosuficiencia que Cameron no pudo evitar que sus dedos crujieran cuando se aferró con fuerza a la tabla de la mesa.
—Lamentamos haber interrumpido sus quehaceres, laird Sinclair —comenzó—. Soy el señor Cole Fraser de Lovat, primo de su buen amigo Struan Fraser.
Cameron tragó saliva. El hecho de que le recordara con ese tono que era primo de Struan ya lo puso sobre aviso, pues le estaba dejando una clara advertencia de que, si tenía problemas con él, podría avisar a Struan, aunque sabía de buena tinta que su amigo se quedaría de brazos cruzados para defender a alguien como Cole.
Cameron esbozó una sonrisa forzada y le estrechó la mano.
—No hacen falta presentaciones. Conozco muy bien al clan Fraser y tu nombre es uno de los que, alguna vez, he escuchado hablar.
—Espero que algo bueno…
Cameron se encogió de hombros.
—Hace tanto tiempo que ni siquiera lo recuerdo. Pero seguro que era algo bueno. Tú debes de ser su hijo, Miles…
El laird le estrechó la mano al joven que le sonreía de lado debido a la increíble y fea cicatriz que surcaba su rostro. Esta le impedía mover el rostro con normalidad, algo que clara y visiblemente le fastidiaba.
—Encantado, laird Sinclair.
—Es un placer tener caras nuevas en el castillo. Son muy pocas las veces que alguien se atreve a venir a las zonas más inhóspitas del país.
Cameron mostraba en todo momento una sonrisa, aunque era tan fingida que no estaba seguro de que se le notara mucho en el rostro.
—Por favor, sentaos.
Él mismo rodeó de nuevo la mesa mientras ellos tomaban asiento. James, por su parte, se quedó de pie junto a la puerta y atento a cada movimiento de los recién llegados, especialmente a la mirada de reojo que Miles le dedicó al sentarse en una de las sillas.
—Te preguntarás qué hace alguien del clan Fraser de Lovat en esta zona.
—La verdad es que sí, pero supongo que estáis buscando asilo por una noche si pretendéis ir a alguna zona cercana a esta. Es muy normal pedir una habitación entre aliados…
Cole torció la cabeza y chasqueó la lengua.
—Lo cierto es que no venimos a pedirte asilo, aunque te agradezco mucho el ofrecimiento.
Cameron fingió sorprenderse.
—Vaya, entonces sí que me dejas en ascuas después de escucharte. Dime, ¿qué os trae tan al norte?
Cole y Miles se miraron entre ellos, momento que Cameron también aprovechó para levantar la mirada hacia James y comprobar que estaba totalmente tenso.
—Lo que nos trae aquí es un problema que tenemos un tanto… particular.
—Sigo sin entenderte. Disculpa.
Cole sonrió ligeramente, provocando que su gordo rostro se hinchara.
—Lo que nos trae por aquí es un problema personal que tenemos mi hijo y yo.
—¿Con nosotros? —lo cortó Cameron fingiendo preocupación. Sabía que cuanto más alargara la conversación, más tiempo tendrían Arran y Willow para marcharse.
—¡No, por Dios! De hecho, venimos de otros clanes haciendo una pregunta para intentar solucionar un problema que tenemos. Hace dos años, mi sobrina intentó matarnos a mi hijo y a mí. A mí me apuñaló con una daga y a mi hijo solo hace falta mirarlo a la cara para ver qué intentó hacer.
Cameron miró fugazmente a Miles, que renegó entre dientes.
—Me intentó sacar un ojo.
Cameron arqueó una ceja, incapaz de creer que una mujer como Willow fuera capaz de hacerles algo así y haber escapado con facilidad de sus garras.
—Vaya, me acabas de dejar petrificado, Fraser. Es un hecho muy grave. Si me permites el atrevimiento, ¿por qué habría de haceros eso esa sobrina de la que hablas?
Cole se encogió de hombros.
—La verdad es que no lo sé. Estábamos hablando tranquilamente con ella y, de repente, se enfureció e intentó matarnos.
Cameron hizo acopio de toda su fuerza de voluntad para no sonreír. A Cole acababa de pasársele comentar que el hermano de la chica había muerto. Por ello, quiso indagar algo más para sacar más información.
—¿Intentó atacaros sin motivo alguno? —fingió sorpresa en su voz mientras a la espalda de los recién llegados James se frotaba las sienes—. ¿Así como así?
—Exacto. Estábamos comiendo tranquilamente y, sin mediar palabra, perdió la razón.
El laird Sinclair no pudo evitar un gesto sorprendido, que Cole interpretó como algo bueno para ellos al haberlos creído.
Sin embargo, la verdadera sorpresa de Cameron venía del hecho de que sabía una parte de la historia.
Arran solo le había contado que ellos habían matado al hermano de la joven, por lo que le sorprendió que Cole no nombrara ese hecho, por el que cualquier persona habría perdido la razón y los habría intentado matar.
No obstante, siguió fingiendo al tiempo que agradecía mentalmente a Arran por haberle contado esa simple información, pues se habría quedado anonadado al escuchar únicamente la versión de Cole Fraser.
—Me dejas perplejo —dijo Cameron—. Continúa, por favor.
—Tras el ataque, mi sobrina logró escapar del palacio antes de que pudiéramos dar la voz de alarma.
Después de eso, mi hijo y yo necesitamos un par de meses de recuperación y, en cuanto pudimos, salimos del palacio a buscarla.
No sabíamos a dónde había podido ir, por lo que comenzamos por el lugar que creíamos de más fácil acceso para una joven como ella: la corte.
Hemos recorrido todo el país buscándola.
Cameron asentía a medida que los escuchaba.
—¿Cabe la posibilidad de que esté muerta?
Miles se encogió de hombros y, esta vez, fue él quien respondió.
—No lo sabemos. Por eso no hemos dejado de buscarla. Merece un castigo.
—¿Alguien os ha dado alguna pista de su paradero? —preguntó con cierta preocupación en su pecho.
Cole negó con la cabeza.
—La verdad es que no. Nadie la ha visto ni la conoce, pero nosotros no pararemos hasta encontrarla. Y si tenemos que ir a las islas, lo haremos.
—Reconozco que es una misión muy dura. Cualquiera en vuestro lugar se habría cansado de buscarla a los pocos meses. ¿Por qué seguís haciéndolo?
—La herencia de sus padres sigue en el aire desde que estos murieron. No podemos hacer uso de ella sin su consentimiento o su muerte. Y si ella no está, no tenemos la libertad para tocarla. En el momento en el que mi sobrina muera o se case con mi hijo, ya dispondremos de ella.