CAPÍTULO 18 #3
El corazón de Willow se sobresaltó y sus pies se pararon en seco cuando salió de entre los matorrales.
Su mirada se clavó en la espalda de estas mujeres, que aún no se habían dado cuenta de su presencia, por lo que, con la intención de no buscar problemas, Willow se giró para marcharse, con tan mala suerte que pisó una rama pequeña que crujió, llamando la atención de las mujeres allí presentes.
—Vaya, tened cuidado con esta zorra, porque, si la molestáis, os expulsarán del clan.
Willow se mordió la lengua e intentó seguir adelante. Prefería llevarse la ropa sucia a tener que soportar sus provocaciones. No obstante, otras palabras la detuvieron.
—Sí, a esta le gusta ir calentando a nuestros hijos para después echarles la culpa de provocar una paliza a alguien que ni siquiera es del clan.
Willow se giró lentamente hacia las mujeres y las vio tirar la ropa a un lado de la orilla para encararla, y a pesar de estar en desventaja con ellas, no se achantó.
—Yo jamás he provocado a vuestros hijos. No es culpa mía de que no hayan sido educados en el respeto a los demás, especialmente a las mujeres.
—Pero ¿qué dices, niña? Nuestros hijos no tienen la culpa de lo que se les acusó.
Willow frunció el ceño. La madre de Paul fue la primera en adelantarse al resto y puso los brazos en jarras, encarándola.
—Ellos fueron quienes nos sorprendieron en mitad de la noche.
—Si no fueras una furcia y te hubieras acostado al anochecer, no te habrías visto envuelta en nada.
—Te equivocas. Tu hijo no era capaz de entender mis rechazos.
Se presentaba en mi casa todos los días para intentar que me casara con él.
Todas y cada una de las veces lo rechacé porque no quería saber nada de él.
Siempre lo hice con educación y respeto, algo que no hizo conmigo.
Si está fuera del clan, él mismo se lo buscó. Al igual que los demás…
La madre de Paul dio otro paso más hacia ella para intentar amedrentarla, pero Willow no estaba dispuesta a dar ni un solo paso atrás. La encaró igualmente y fijó su mirada en ella de forma penetrante.
—No creo que mi hijo pusiera su interés en una furcia Sutherland como tú. No tienes nada y vives exclusivamente de la caridad de la gente del pueblo.
Willow sonrió de lado, recordando la inmensa cantidad de dinero que dejó atrás cuando escapó de la casa de su tío. Tenía una de las mayores herencias de los señores del norte, pero era algo que a esa gente no le importaba.
—Más quisieras tú tener la dignidad, el respeto y la educación que yo recibí por parte de mis padres, aunque fueran unos sucios Sutherland. No tienes ni idea de quién soy yo, ni lo que tengo, ni siquiera puedes imaginar por lo que he pasado en la vida.
—Tampoco me importa, muchacha —la cortó sin miramientos—. No vales nada. No deberían haber expulsado a nuestros hijos por algo sucedido con una muchacha que ni siquiera es del clan.
—Entonces, si tienes arrestos, ve al castillo del laird a quejarte de las malas decisiones que toma.
Cúlpalo y échale en cara lo que le hizo a Paul y a los demás.
Sin embargo, si no tienes la valentía de hacerlo, mejor cállate e intenta entender lo que sucedió.
Tu hijo mostraba una cara por la mañana y por la noche, otra.
—¡Mi hijo era un santo! —vociferó.
Willow la miró, estupefacta.
—¿Perdón? Entiendo que, para una misma, su hijo sea alguien excepcional y único, pero tu hijo me acosaba a diario y luego propinó una paliza a Arran. Da igual si él es o no del clan Sinclair. Es una persona y hay que respetarla.
—Veo que lo defiendes, zorra.
Willow apretó los puños.
—Sí, lo hago porque lo amo, algo que jamás he sentido ni habría sentido por el desgraciado de tu hijo.
La joven había intentado contener su lengua, pero todo el odio que rezumaba aquella gente logró penetrar entre sus ropas para clavarse en su cuerpo como si de numerosas dagas se tratara.
Las demás se acercaron a ella y la rodearon, tal y como habían hecho los amigos de Paul la noche en la que atacaron a Arran, pero, al igual que este, no se exhibió temerosa de ser golpeada.
Estaba cansada del trato que había recibido por parte de gente como aquella.
Siempre se había mostrado respetuosa con todo el mundo y se había callado cuando tenía que haberse defendido. Pero ya no más.
Ella era una nueva Willow, como Arran. Y no iba a dar ni un solo paso atrás.
—Ten cuidado con lo que dices, muchacha. Somos más que tú.
La joven resopló con fuerza.
—¿Y os sorprendéis de lo que les han hecho a vuestros hijos? Vosotras no sois muy diferentes a ellos. Estáis dispuestas a hacer lo mismo.
—¡Tenemos que defenderlos!
—¿A golpes? —preguntó la joven.
—¡Como sea! —vociferó una de ellas dando un paso hacia Willow con la mano en alto para golpearla.
Pero, en ese instante, los cascos de un caballo interrumpieron la serenidad que había a orillas del río y, segundos después, el rostro preocupado de Arran apareció ante ellas, clavando la mirada en las mujeres al entender instantáneamente lo que estaban a punto de hacer.