Pacto con el guerrero (Corazones oscuros nº 4) CAPÍTULO 18 #2
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CAPÍTULO 18 #2

Por ello, sin perder tiempo, recorrió el escaso camino hacia su cabaña.

Antes de que el animal parara cuando él tiró de las riendas, Arran ya estaba en el suelo y corría hacia el interior de su cabaña.

Dio gracias por que sus ropajes eran pocos y apenas tenía que entretenerse con esas cosas.

Cameron le había dado media hora para atender a Cole.

Después de eso, tendría que esperar a que el tío de Willow le contara el motivo de su presencia en el clan Sinclair y, después, seguramente tardarían poco en marcharse de allí, así que tenían, como mucho, media hora para alejarse de ese lugar.

Con el corazón embravecido, Arran llenó una alforja y metió su ropa y algo de comida que tenía guardada. Tras esto, colocó todo en la grupa del caballo y montó sobre él para poner rumbo hacia la casa de Willow sin perder tiempo.

A pesar de que a caballo tardaba mucho menos en llegar a la casa de Willow, Arran sintió que el camino se alargaba durante leguas, ya que le pareció eterno hasta que se encontró en la puerta de esta. Desmontó del animal y llamó con insistencia, no obstante, no respondió nadie en su interior.

Sin esperar más tiempo, el guerrero abrió la puerta de golpe.

—¿Willow? —la llamó antes de entrar.

Pero la joven no se encontraba en casa. Recorrió cada estancia de la misma y no la encontró.

En ese momento, todo el suelo comentó a temblar bajo sus pies.

Se preguntó si tal vez la joven habría ido al castillo para devolverle alguna prenda a la esposa del laird y, si era así, iba a meterse de lleno en la boca del lobo.

La preocupación lo asoló. Su mente se quedó bloqueada en ese momento y apenas podía respirar.

Como cuando encontró a Kester muerto en mitad del patio.

Arran necesitó apoyarse en la pared más cercana.

El miedo creció en su interior, empezando por el pecho, ahogándolo, provocando que la vista le fallara y todo comenzara a dar vueltas a su alrededor.

La mujer a la que amaba tal vez estaba a punto de ser capturada y, sin embargo, algo en su interior le recordó de nuevo las palabras de Willow.

Esta le había dicho que la ropa que estaba cosiendo pertenecía a una mujer del pueblo, no del castillo.

Así que tal vez aún había esperanza de que no se cruzara con Cole Fraser de Lovat.

Sin perder tiempo y obligándose a apartar el ahogo de su pecho, Arran salió de la casa y se prometió buscar por todo el pueblo hasta que encontrara sana y salva a la mujer a la que amaba.

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No sabía cuánto tiempo había pasado desde que salió de casa hasta que por fin pudo entregar el trabajo a la clienta del pueblo.

Durante el trayecto se había cruzado con varias personas a las que conocía y con las que se había parado a hablar, por lo que el tiempo había pasado demasiado rápido sin que apenas se diera cuenta.

Willow caminaba por una de las calles del pueblo sosteniendo una sonrisa en los labios.

Aquella sería la última tarde que pasaría allí y recordó todo lo que había vivido durante esos dos años que llevaba en el pueblo.

A diferencia de lo que había pensado en un primer momento, después de su llegada, Willow había logrado encontrar cierta felicidad, tranquilidad y sosiego para su alma malherida.

Había logrado sanar la muerte de su hermano y el trauma que esta le había causado.

Pero no solo eso. Había aprendido a estar sola, a cocinar para sí, a trabajar…

Y había encontrado al hombre con el que quería compartir su vida; el que la protegería, el que la entendía, el que sabía escuchar, el que la trataba dulcemente…

El hombre perfecto.

La joven levantó la mirada hacia el cielo y su sonrisa aumentó.

Al día siguiente estaría lejos de allí, en otras tierras desconocidas y conocería a la familia de Arran.

No sabía cómo se tomarían su presencia en el clan, pero lo que sí tenía claro era que no quería causarles problemas, por lo que, si en algún momento se quejaban de que estuviera allí, se marcharía sin mirar atrás.

La joven apretó con más fuerza la pequeña cesta con la ropa que tenía que lavar en el río.

No quería llevarse la poca que tenía con las manchas de la última vez que se la puso, por lo que cambió de rumbo y se dirigió hacia el río.

Le sorprendió ver que en las calles del pueblo apenas había gente a esa hora de la tarde, tan solo las pocas personas con las que había hablado con anterioridad, pero, a medida que seguía por el sendero hacia el río, todo se quedó atrás y el silencio la rodeó.

En sus labios volvió a dibujarse una sonrisa, pues la segunda vez que había visto a Arran había sido junto a la orilla del río y totalmente desnudo mientras este se bañaba en el agua.

Aún podía recordar lo poco que había visto de él en ese momento, pero no podía compararlo con lo que había sentido esa mañana entre sus brazos.

Junto a él había logrado sentir tal cantidad de sentimientos que tenía la impresión de que aún no se había recuperado del todo.

Si lo recordaba, casi podía sentir de nuevo las manos de Arran en su cuerpo, sus caricias, sus palabras bonitas, sus besos…

Había vivido uno de los mejores momentos de su existencia.

Y aunque no estaban casados, no le importaba, pues solo pensaba en lo que este le hacía sentir, en todo lo que había despertado en ella desde la primera vez que lo vio.

Si al final lo deseaban, ya llegaría el matrimonio.

Un ligero murmullo de voces la sorprendió cuando estaba a punto de llegar a la orilla del río.

En un primer momento, no le prestó atención, ni siquiera le preocupó saber de quién se trataba, pero cuando estuvo a la altura de esas mujeres, descubrió que eran las madres de los jóvenes que habían sido expulsados del clan después de haberle propinado la paliza a Arran.