CAPÍTULO 16 #2
Willow se quedó de piedra ante aquellas palabras. En un primer momento, no supo qué decir, por lo que Arran se confundió, pensando que ella no sentía lo mismo por él. Por ese motivo, siguió hablando:
—Lo siento, ya sé que pensarás que he perdido el juicio y que ahora que Graham está fuera del clan yo he tomado su puesto… No quiero que creas que voy a importunarte. Solo deseaba que supieras que con nuestro primer pacto te conocí más y me sentí pleno por primera vez en mi vida.
Arran apartó la mirada.
—Tampoco quiero que te sientas con la obligación de…
El guerrero dejó de hablar cuando sintió la pequeña mano de Willow sobre su brazo. Giró la cabeza en su dirección y la vio con lágrimas en los ojos, aunque no supo si eran de felicidad o lástima.
—Me estás hablando de volver al lugar donde él murió… el lugar del que te alejaste porque te dolía permanecer entre sus paredes. Y ahora, ¿de verdad volverías tan solo por ayudarme?
Arran asintió.
—Estas semanas a tu lado han sido las mejores de mi existencia. Jamás pensé que una amistad podría llevarme a fingir que éramos pareja y que, en mi caso, pasaría del fingimiento a lo que siento por ti. Soy imbécil, lo sé. No me hagas caso porque, desde que murió Kester, no soy el mismo.
—En eso que dices hay varios errores —respondió la joven—. El primero de ellos es que no eres imbécil.
Arran dejó escapar una risa y apartó levemente la mirada, incapaz de sostenérsela sin sentirse precisamente como un imbécil por haber confesado sus sentimientos, por haberse mostrado desnudo por primera vez y por dejar que su alma se expresara como nunca había hecho, pero sabía que la vida era demasiado corta como para andar escondiendo ciertas cosas y dejar que la vida las olvidara a su paso.
—La segunda de ellas es que no eres el único que se ha sentido bien con el otro.
De hecho, pensaba que a mí se me notaba demasiado.
¿Por qué crees que me sentí tan mal cuando te golpearon por mi culpa?
Si yo no me sintiera bien contigo, ¿crees que me habría quedado a tu lado esta semana mientras estabas convaleciente?
—Supongo que no debe de ser fácil aguantarme…
Willow puso los ojos en blanco.
—¿Qué te hace pensar eso?
—Bueno, todo lo que he sufrido estos meses ha hecho que mi carácter sea más difícil. El antiguo Arran habría hecho las cosas de forma diferente.
Willow lo vio observar con atención el fuego.
Su mano aún seguía en el brazo del guerrero, pero este parecía haberse quedado absorto en sus últimas palabras.
No entendía por qué se mostraba con ella ligeramente más introvertido que antes y supuso que se debía a lo que acababa de contarle y el temor a ser rechazado.
En lo más profundo de su corazón, allá donde nadie podía llegar, sentía que Arran había logrado entrar para quedarse.
El miedo al rechazo había provocado que ella no diera paso alguno al frente para confesarle lo que sentía por él, pero ahora que el guerrero sí lo había hecho, tenía que armarse de valor para confrontarlo y aceptar lo que le estaba proponiendo.
No solo para huir de su tío, sino porque de verdad quería estar junto a Arran.
Por ello, bajó la mano del brazo del guerrero y clavó su mirada en él.
—¿Qué habría hecho el antiguo Arran sin que se sintiera un imbécil?
—¿A qué te refieres?
—A que una vez me dijiste que cuando sentías algo por una mujer, no te lo pensabas y se lanzabas a por ella. Ahora dices que te sientes un imbécil por las cosas que dices que despierto en ti. Entonces, si ahora fueras el antiguo Arran, ¿qué harías para decirme eso mismo sin sentirte así?
Arran se apartó de la chimenea y se quedó parado frente a ella con las manos a ambos lados del cuerpo. Su mirada estaba firmemente sobre la joven y fruncía el ceño.
—¿Estás segura de eso?
Willow asintió sin pensárselo dos veces. No sabía por qué, pero tenía la sensación de que estaba entrando en un terreno peligroso. Sin embargo, junto a él no sentía miedo; sabía que estaba a salvo y que él jamás le haría daño. Por eso, se dejó llevar.
Arran dio un paso hacia ella y Willow pensó que su corazón se iba a parar allí mismo.
Apenas podía escuchar lo que pasaba fuera de allí, ni siquiera escuchaba el canto de los pájaros que otros días había hecho las delicias de su mañana.
En ese instante, solo podía escuchar el crepitar del fuego y los rápidos latidos de su propio corazón. No había nada más.
—¿Y si no te gusta el antiguo Arran? —le preguntó este con un ronco murmullo.
—Lo que he visto hasta ahora sí me ha encantado.
El guerrero sonrió de lado. Por una parte, deseaba acortar la poca distancia que lo separaba de ella para besarla una y otra vez.
Pero, por otra, tenía miedo de hacer algo que la alejara para siempre.
El antiguo Arran jamás habría dudado sobre lo que quería hacer, y mucho menos sentir miedo.
Pero con Willow todo era tan diferente que no podía evitar sentirse como un niño pequeño que necesita de su madre para absolutamente todo.
El guerrero se armó de valor y dio otro paso más hacia ella.
Willow le había pedido saber qué habría hecho su antiguo yo, y él pensaba demostrárselo.
Por eso, dio otro paso más sin apartar la mirada de la joven.
Esta parecía estar esperando otro movimiento más y él solo deseaba demostrarle lo que había dentro de él y que estaba dedicado exclusivamente a ella, pero también quería hacerle ver que había cambiado, que dentro de él sabía que estaba el antiguo Arran, que nunca se había ido y que siempre estaría ahí para ella.
Por eso, cuando su pecho rozó el de Willow y esta respiró hondo, no pudo evitar sonreír de lado.
Fue una sonrisa genuina, verdadera, íntima y completamente natural en él meses atrás.
Sabía que jamás podría explicar ese cambio y esos nuevos sentimientos, pero Arran tenía la impresión de que los meses anteriores habían sido completamente oscuros, mientras que ahora habían cambiado para estar llenos de luz.
Y ese candil que había iluminado su camino era la hermosa y maravillosa mujer que había frente a él y que nunca lo había juzgado por lo que había perdido; nunca le había mostrado lástima; no lo miraba diferente; no lo hacía sentir mal por haberse quedado solo.
Al contrario, Willow, más con sus actos que con sus palabras, había logrado sacarlo del pozo, y eso lo había llevado a amarla.
Porque sí, la amaba. Por ella se arrancaría un brazo, la piel o lo que fuera para salvarla.
Y quería demostrárselo para que aceptara marchar con él a su clan.
Lentamente, y sin dejar de mirarla a los ojos, Arran levantó las manos para posarlas en las mejillas de Willow.
Acortó después la poca distancia que los separaba, bajando la cabeza, y posó sus labios sobre los de la joven.
Primero fue algo suave, casi rozándolos, ligeramente temeroso de asustarla, pero la urgencia de su corazón pronto lo llevó a profundizar el beso.
Las pequeñas manos de Willow se posaron sobre su vientre, aferrándose a su camisa con timidez y provocando que él se enterneciera tanto que estuvo a punto de llorar de felicidad.
Algo dentro de él se removió y ablandó la coraza tras la que se había escondido después de la muerte de Kester.
Ese era su don. Willow parecía saber cómo hacerlo desde el principio, como si hubieran estado destinados a estar juntos desde mucho antes de conocerse, pues la conexión que sintió con ella desde el principio no la había tenido con nadie más a lo largo de toda su vida.
Y eso lo abrumaba.
Sin embargo, no era un momento para pensar en lo que lo exaltaba o no.
Su mente se centró únicamente en ella, en la mujer que le había pedido que fuera el antiguo Arran.
Por eso, tenía que sacar ese carácter que había enterrado junto a su hermano y, descendiendo sus manos hasta la cintura de Willow, comenzó a empujarla con suavidad hacia la cama.
¿Qué habría hecho en su castillo si la hubiera conocido allí y se hubiera fijado en ella? Le habría hecho el amor de tal manera que Willow solo pudiera pronunciar su nombre al tiempo que olvidaba todo lo demás.
Y eso es lo que haría en ese preciso instante.
Cuando el cuerpo de la joven se topó con la mesa, las manos de Arran se posaron momentáneamente sobre las tablas de esta.
Las aferró con fuerza, intentando contener los sentimientos que se arremolinaban en su pecho.
Estos casi lo ahogaban a pesar de ser positivos, pero hacía tanto tiempo que no los sentía que ahora tenía cierto miedo que se desbordaran e hiciera algo mal con Willow.
Las manos de esta seguían posadas sobre su vientre, provocando que todo su ser vibrara ante ese contacto tímido e inseguro de la joven.
Desde aquella primera noche en la que se cruzó con ella y la salvó de caer desde el árbol, había tenido la necesidad de acercarse más, de conocerla en profundidad, pero, sobre todo, de hacerla suya. Y había llegado el momento.
Sus manos volvieron a tocar la cintura de Willow.
Esta era pequeña, pero tan provocativa que sus callosos dedos apretaron la tela entre ellos.
Para Arran, en ese simple momento, que había vivido en otras ocasiones en su castillo, creyó que volaba, que su alma se elevaba por encima del lugar en el que normalmente solía estar y que todo a su alrededor tomaba sentido de repente, hasta los hechos más duros de su vida.
El guerrero profundizó el beso al tiempo que sus manos comenzaron a recorrer la anatomía de Willow.
Casi podía sentir los rápidos latidos del corazón de esta mientras la acariciaba, pues la respiración de la joven aumentó contra sus labios, y él exprimió cada uno de sus suspiros, disfrutando del suave néctar que Willow le ofrecía en ese instante.
Aquellos labios eran perfectos para él, parecían estar hechos a medida para su boca, pues no podía dejar de besarlos y lamerlos como si fueran su último aliento de vida.