Pacto con el guerrero (Corazones oscuros nº 4) CAPÍTULO 15 #2
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CAPÍTULO 15 #2

Después de recorrer el mismo camino que la última vez, cuando fueron atacados, Arran llegó a su cabaña y abrió la puerta con lentitud.

Durante unos instantes, miró el interior de esta desde la jamba de la puerta, incapaz de reconocer lo que había al otro lado.

A pesar de que había pasado solo una semana desde la última vez que salió de allí, tenía la impresión de que todo había cambiado.

No obstante, todo estaba tal y como lo dejó, aunque el que había cambiado radicalmente era él.

Arran se dijo que la vida le había dado otra oportunidad para vivirla y tenía que aceptarla, disfrutarla y exprimirla, como habría hecho si Kester siguiera a su lado.

Ahora entendía que su hermano tal vez lo estaba viendo desde el otro lado y solo quería que se sintiera orgulloso de él, que viera que había seguido adelante, como él habría querido.

Y con una sonrisa, Arran atravesó el umbral de la puerta.

En el momento en el que la cerró a su espalda, no sintió que se ahogaba, ni que la soledad lo agobiaba ni que las paredes se lanzaban contra él.

Al contrario, era capaz de disfrutar de ese simple silencio.

Y sin perder esa sonrisa, el guerrero fue directamente hacia su dormitorio.

Días atrás había decidido cambiar algo de su vida y necesitaba hacerlo en ese preciso instante.

Sus pasos resonaron en el silencio de la cabaña y su corazón se sobresaltó cuando entró en el minúsculo dormitorio.

Uno de sus pasos se tornó dudoso, pero rápidamente se arrodilló frente al baúl que había a los pies de su cama.

Lo abrió despacio, disfrutando de ese instante, y su sonrisa se ensanchó al ver su espada al fondo de este.

Metió la mano con decisión y la sacó lentamente, sintiendo de nuevo su peso, la fuerza que rezumaba y lo que le hacía sentir.

Hacía tantos meses que no la había tocado que casi había olvidado lo que se sentía al sostenerla.

Arran se incorporó al tiempo que la miraba.

La aferró con ambas manos y recordó el último lugar donde la había usado: la batalla final contra los Ross, junto al resto de su familia, a quienes no había vuelto a ver desde entonces.

Tras regresar, la guardó y nunca más volvió a tocarla. Hasta ese momento.

Su mente recordó también la infinidad de veces que había entrenado junto a Kester, y lo hizo con una sonrisa y la melancolía en el pecho, pero no había dolor. Ahora que había entendido todo ya no existía ese sufrimiento.

Por ello, Arran agarró el cinto y se colgó la espada de la cadera. Durante unos instantes, se sintió extraño en su propia piel. No pensaba que volver a ser el que era podía ser tan gratificante. Ni siquiera llegó a imaginar que lograría entender el proceso y que podría superarlo.

Se dijo que la paliza de Paul había sido porque él no llevaba su espada con él, así que volvería a ser el guerrero que había entrenado para luchar, para enfrentarse a todos junto a su espada, para ser valiente, para seguir adelante.

Sabía que jamás volvería a ser el antiguo Arran porque había un aprendizaje en medio que había logrado comprender.

Era un hombre nuevo que había aceptado lo que la vida le había puesto delante.

Y ahora tenía un nuevo propósito: conseguir el amor de Willow, si es que ella lo aceptaba.

—Siento mucho si esto te hace daño, Kester, pero debo seguir adelante.

No me puedo quedar perdido en tu recuerdo —dijo en voz alta y con los ojos cerrados, imaginando que su hermano estaba frente a él—.

Yo debo vivir. Espero que me perdones por esto.

Yo te perdono por haberme dejado solo. Acepto tu muerte e integro mi nueva vida.

Gracias por este aprendizaje y por lo que aprendí antes de él.

Y con una sonrisa, Arran salió del dormitorio. El peso de la espada le parecía extraño, pero sabía que lo iba a aceptar en cuestión de minutos. Su mente aún lo recordaba, y su cuerpo, también.

Y, en ese momento, que no tenía nada más que hacer, Arran sintió la llamada de lo que sentía su corazón. No estaba seguro de si era buena idea, ni siquiera sabía si iba a encontrarla, pero deseaba ver de nuevo a Willow y por fin contarle lo que su hermano Rowan le había hablado en la carta.

Durante esa semana que había estado convaleciente, Willow no le había preguntado nada.

No sabía si era porque la joven no quería importunarlo con esa clase de preguntas o si, después de lo sucedido, se le había olvidado que tenían esa conversación pendiente.

Pero, fuera como fuera, ya no podía dejarlo pasar, pues el tiempo corría, tal vez en su contra, y no podía alargarlo más.

Arran salió de la cabaña y se sintió extraño por el hecho de que, en ese momento, debía de estar en las tierras trabajando, pero ahora que se lo habían prohibido tenía que olvidarse de ellas.

Si Cameron así lo decidía, él no podía llevarle la contraria o tendría que volver a su clan antes de lo que pensaba y esperaba.

Sobre su cabeza, el cielo se había tornado ligeramente más oscuro que antes, por lo que amenazaba lluvia, que seguramente caería de forma inminente. Pero sabía que, esta vez, la disfrutaría y haría lo posible por sentir de verdad las gotas de lluvia en la cara.

El guerrero respiró hondo y sintió cómo su pecho se llenaba de aire. A pesar de que era un gesto que hacía de forma inconsciente, llevaba demasiado tiempo sin pararse a pensar en los detalles menos importantes.

Sin darse cuenta, sonrió y siguió su camino, deseando llegar cuanto antes a la casa de Willow, si es que ella no había salido ya hacia el castillo para hacerle compañía como otros días.

Por el camino, se cruzó con varios vecinos del pueblo, que lo saludaron con una sonrisa y alegrándose de su recuperación.

Otros, sin embargo, lo miraron de reojo y de lejos, como si lo único que desearan fuera apartarse de su camino.

En ese momento, Arran dedujo que se trataban de familiares de Paul o de sus amigos, que habían sido expulsados todos del clan, por lo que aún existía cierta reticencia y odio en el pueblo por lo que había sucedido.

Sin embargo, no estaba dispuesto a que esas miradas nublaran su día.

Centró su atención en su camino justo en el momento en el que la primera gota de lluvia cayó sobre su mejilla.

Los ojos acerados de Arran se dirigieron hacia el cielo y vio que las nubes se habían teñido de un color aún más oscuro.

Y poco a poco, la lluvia se fue desatando a su alrededor.

El olor a tierra mojada no tardó en aparecer y lo disfrutó como un niño pequeño.

Le sorprendió la calma y la serenidad que sentía su corazón.

Por primera vez en muchos meses se sentía lleno, aunque el dolor siguiera en su corazón por mucho más tiempo.

Pero Arya le había abierto los ojos por completo, haciéndole ver que, aunque ese sentimiento de soledad, miedo y dolor no se fueran a marchar jamás, él debía seguir adelante con sus sueños y su vida.

Y así planeaba hacer.

Sonrió aún más cuando la casa de Willow apareció al torcer la esquina. El guerrero apretó el paso para llegar a ella cuanto antes y, en el momento en el que se quedó parado junto a la puerta, llamó con los nudillos de forma insistente.

No entendía por qué, pero había una parte de él que se sentía nervioso, como si la visión que tenía sobre Willow fuera diferente ahora que había decidido seguir con su vida.

Y en parte así era, ya que hasta ese momento no había sido capaz de darle un nombre a lo que sentía.

Tras mucho cavilar, Arran había llegado a la conclusión de que los sentimientos que se habían despertado por la joven provenían de un amor en auge, no un capricho u obsesión momentánea, algo que fuera a pasar rápidamente.

Arran respiró hondo nuevamente para calmar los nervios que había en su estómago y, sin pensarlo más, levantó una mano y llamó.

La lluvia caía con más fuerza, pero para él no era algo molesto. Al contrario, la disfrutó mientras esperaba. Segundos después, la puerta de la casa de Willow se abrió y, esbozando una sonrisa, clavó su mirada en ella.