Pacto con el guerrero (Corazones oscuros nº 4) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

Sus palabras habían salido sin permiso de su boca, pero sus movimientos también lo habían traicionado. Había actuado sin pensar en las consecuencias y sin pedir permiso. Simplemente, había hecho lo que el antiguo Arran se habría atrevido a hacer, y la había besado.

Era algo que llevaba rumiando desde que la había visto ese día, pero también lo había sentido en los anteriores.

Willow poseía algo especial que la hacía única, y él la deseaba.

Lo hacía desde el primer momento en que la vio, pero no se había atrevido a decir nada por temor a que ella se alejara de él y perdiera la única luz que alumbraba su camino.

Y en el momento en el que sus labios chocaron contra los de Willow, tuvo la impresión de que flotaba, de que sus pies dejaban de estar sobre el suelo, de que su alma se desprendía del cuerpo, como una especie de embrujo en el que todo desaparecía, como si muriera y reviviera a cada segundo que pasaba.

Era todo tan extraño que, en lugar de asustarse y separarse de ella para volver a ser el Arran en el que se había convertido, decidió seguir adelante y profundizar el beso.

Willow lo dejó entrar. No sabía por qué tenía que hacerlo, ni siquiera estaba segura de qué tenía que hacer, ya que no había besado a nadie jamás.

La joven tan solo se dejó llevar por lo que sentía y lo que Arran despertaba en ella.

Imitó sus gestos y, tras abrir la boca, dejó que el guerrero explorara todo con su lengua.

Y después, ella hizo lo mismo. Sus manos ascendieron por su pecho hasta posarse en la camisa, donde se apoyó cuando sintió que las piernas le temblaban terriblemente y amenazaban con hacerla caer.

Una de las manos del guerrero descendió desde su mejilla hasta su cintura, la cual tomó con total libertad y confianza.

Lo hizo lento, temeroso de hacer un movimiento brusco que pudiera asustarla y romper con el hechizo de la luna sobre sus cabezas.

Pero, al mismo tiempo, lo hizo diferente a como solía besar a otras mujeres en su clan a las que deseaba conquistar.

Fue respetuoso, casi tímido e inseguro. Los sentimientos que tenía por Willow eran reales y profundos, y quería hacer bien las cosas.

Durante unos segundos, se separaron apenas unos centímetros para mirarse a los ojos.

Los pequeños rayos de luna dejaban ver los ojos azules de la joven, que acababa de abrirlos.

Sin poder evitarlo, Arran la miró como si acabara de descubrir que ella era lo que había estado esperando toda la vida.

Lo sintió así, tan fuerte y poderoso que lo asustó.

Había temido que al besarla todo sentimiento acabara muerto, pero no había sido así.

Al contrario, pareció tener la mayor revelación de su vida: tenía la impresión de que había estado vacío y, de repente, con ese beso todo encajaba.

Y nada tenía que ver con la muerte de Kester, ya que sintió que su alma había necesitado algo antes de que este muriera.

El aliento de ambos se entremezcló mientras se miraban a los ojos en completo silencio.

Ninguno quiso decir nada, pero Willow estaba verdaderamente embrujada.

Los ojos del color del acero de Arran se clavaban en ella como la hoja de una espada.

Y a pesar de que ese podía ser un juego demasiado peligroso para su corazón, esta vez fue ella la que volvió a besarlo.

No tuvo dudas.

El beso se tornó más profundo, más lento, cargado de todos los sentimientos que habían tenido desde el primer instante en que se vieron.

Todo entre ellos había pasado demasiado rápido, pero no le importaba, ya que era tan real y agudo que no tenía ninguna duda.

Lo que se había despertado aquella primera vez entre ellos parecía ser algo salvaje, primitivo, y no estaban dispuestos a intentar indagar para saber qué demonios ocurría.

Willow recibió la lengua de Arran con total naturalidad. Deseaba ese juego entre ellos, y no solo una vez. Quería más. Siempre se había sentido protegida cerca de él, pero entre sus brazos ese sentimiento se incrementaba considerablemente. Y lo peor de todo era que le gustaba.

La joven sintió que la mano de Arran se cernía sobre su cintura, apretándola con más fuerza, como si se resistiera al embrujo, como si no estuviera totalmente de acuerdo con ese momento y, segundos después, se separó de ella. Lo hizo con dificultad, pero también con decisión.

Durante unos segundos, Arran mantuvo los ojos cerrados, al tiempo que se relamía el labio inferior. Pero cuando los abrió, Willow pudo ver en ellos el sufrimiento y la batalla que se habían levantado en su interior.

—Lo siento, no he debido hacer eso… —se disculpó—. Me he dejado llevar por lo hermosa que estabas esta noche.

Willow volvió a agradecer la oscuridad de la noche, pues no estaba segura de que fuera a desmayarse o no, pero lo que sí tenía claro era que estaba terriblemente sonrojada. Dio un paso atrás para alejarse de él y, con nerviosismo, se retorció las manos.

—Tranquilo, supongo que es algo normal.

—No, no es normal. Me he aprovechado de ti. He fallado.

Willow abrió la boca para responder, pero fue el propio Arran quien volvió a hablar.

—Joder, soy como el maldito gusano de Graham…

—¡Arran! —exclamó la joven para hacerse escuchar—. Yo he dejado que lo hicieras porque también lo deseaba, así que la culpa es de ambos.

El guerrero la miró y frunció el ceño.

—¿Estás segura de que no me has dejado por tu intención de ayudarme?

Willow acabó sonriendo. El gesto que Arran tenía en el rostro parecía ser el de un niño que acababa de hacer una travesura y estaba a punto de recibir un castigo y una regañina. Lo vio sentirse verdaderamente mal, con la sensación de haberle fallado, pero era totalmente lo contrario.

—¿Me crees tan tonta como para dejar que me beses si yo no lo deseo?

Arran no tardó en responder.

—No. Te veo lo suficientemente valiente como para abofetearme por hacerlo, pero aún no lo has hecho.

—Porque no lo haré, Arran. Te repito que era algo que yo también deseaba.

—¿Y por qué querrías besarme tú? Estoy roto por dentro. No valgo nada.

Willow frunció el ceño, preguntándose si sería buena idea abofetearlo de verdad por decir eso de sí mismo. ¿De verdad pensaba eso de él mismo?

—Podría llegar a entender que eso del valor lo diga alguien ajeno a ti, pero que seas tú mismo quien diga que no vales nada es para golpearte bien fuerte. Y no estás roto. Estás recomponiéndote. ¿Por qué querrías besarme tú después de saber lo que hice con mi tío y mi primo?

—Porque eres realmente hermosa y porque eso demuestra tu valor.

—Que tú quieras cambiar y volver a ser el mismo de antes también demuestra el tuyo, Arran. Te he besado porque… lo deseaba. Y si tú piensas que has perdido el juicio, entonces yo también.

Arran se quedó en silencio unos segundos, pero acabó dejando escapar una sonrisa.

—Entonces, ¿no piensas que me he aprovechado de ti?

Willow se encogió de hombros.

—Yo sí me he aprovechado de ti, Arran Chattan. He visto la ocasión perfecta para besarme con un hombre atractivo, carismático y amable, y me he lanzado a por él. ¿Soy una ramera por ello?

Arran dejó escapar una risa y negó con la cabeza.

—Creo que estás tan loca como yo.

—Por eso todo el mundo se ha creído lo de hoy, porque somos iguales.

El guerrero siguió sonriendo y levantó una mano para acariciar suavemente su mejilla.

Era tan suave y aterciopelada que temía hacerle daño con los callos de la palma, pero se sorprendió al ser consciente de que habría querido acariciarla por el resto de la noche.

Sin embargo, debía acompañarla a su casa.

Era demasiado tarde y, después de lo sucedido entre ellos, temía llevar a cabo algo aún más alocado y terminar la noche haciéndola suya.

—¿Nos vamos?

Willow asintió con una sonrisa. Sentía que su rostro ardía por el calor de su cuerpo.

Ni siquiera era capaz de sentir el frío de la noche que se colaba entre su ropa, ya que el beso del guerrero había sido tan abrumador que tardaría días en despertar del letargo y el embrujo en el que había caído de cabeza.

Sin embargo, en el momento en el que se giraron hacia el resto del sendero para continuar, cinco sombras emergieron de la oscuridad de la noche, sobresaltándolos.

—¿Tenéis prisa, pareja?

La oscuridad le impidió verlo, pero aquella voz aflautada la reconocería en cualquier lugar.

Paul.

Y los otros cuatro que lo acompañaban eran los amigos con los que había pasado la tarde en el castillo del laird.

Willow sintió que su corazón se sobresaltaba, especialmente, al entrever en la oscuridad los palos de madera que llevaban entre sus manos y sentir el peligro que rezumaban.

Durante la fiesta, los había mirado de lejos y había intuido el odio que sentían por Arran, y, en más de una ocasión, estuvo a punto de enfrentarse a Paul por no dejarla en paz.

Lo que no imaginaba era que los sorprenderían en mitad de la noche de regreso a su casa.

—¿Qué haces aquí, Paul? —se adelantó a preguntar Willow.

El aludido sonrió y se acercó un par de pasos mientras sus amigos comenzaron a rodearlos, provocando que Arran pasara un brazo por delante de ella para intentar protegerla.

La empujó suavemente hacia su espalda y no apartó la mirada de los demás.

En ese momento, la luz de la luna brillaba más que antes, haciendo que hubiera más luz a su alrededor y pudieran ver con más claridad.

—Vengo a reclamar algo que es mío.

Willow frunció el ceño, sin comprender nada, pero sintió la tensión en el cuerpo de Arran, por lo que no estaba segura de si durante la fiesta habían hablado entre ellos algo que ella desconocía.

—Aquí no hay nada tuyo, Graham —le espetó Arran—. Harías bien en marcharte.

La risa de Paul, en medio de la noche, resultó ser demasiado tétrica, pues fue seguida de la risa de sus amigos y estas retumbaron entre los árboles como si de seres infernales se tratara.