Pacto con el guerrero (Corazones oscuros nº 4) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

La mano que sujetaba la copa de Arran comenzó a temblar ante esas palabras.

Había sido una frase; una simple frase con la que el gusano asqueroso de Paul Graham había logrado desestabilizarlo de nuevo.

Este no le había dado tiempo para responderle, pero cuando logró recuperar el habla, se preguntó cómo demonios había descubierto lo que le había pasado en su clan, y supuso que había hablado con alguien del pueblo para conseguir información sobre él.

El motivo de su presencia en el clan Sinclair nunca había sido un secreto, pero que fuera uno a voces era algo que sí lo sorprendió.

Cuando levantó la mirada y lo buscó, lo encontró al otro lado del salón con una copa en la mano y una sonrisa en los labios.

Paul levantó la mano para brindar por él y Arran estuvo a punto de romper la copa que él tenía en la suya.

Su nuevo enemigo sabía cosas sobre él que podría usar en su contra para volver a recordarle el motivo por el que estaba allí; el motivo por el que Willow y él eran amigos, aunque Paul no lo supiera. Y eso lo hizo sentirse mal de nuevo.

Sintió cómo la sombra volvía a cernirse sobre su cabeza a pesar de que había comenzado la fiesta con ánimo y el buen humor del que siempre había presumido.

La pena y amargura volvieron a lanzar sus cadenas sobre él, haciendo que todo a su alrededor fuera tan negro como su alma.

E inconscientemente, dio un paso atrás, como si de esa forma pudiera esconderse del resto.

Su mirada descendió al suelo y dejó de pensar en la fiesta.

Meses atrás habría disfrutado y bailado junto a los demás para divertirse, algo que se le daba bastante bien.

Pero ese antiguo Arran había muerto, y el desgraciado de Paul acababa de recordárselo.

Se dijo que de nada valía que Willow intentara sacarlo del pozo, ya que, aunque lo hiciera, él estaría muerto igualmente.

Un poderoso sentimiento de hostilidad y lástima se abrió paso en su pecho, desgarrándolo, mientras la imagen de Kester, muerto, aparecía en su mente.

Aún podía escuchar sus propios gritos de rabia, frustración y pena mientras sujetaba su cuerpo.

Arran cerró un instante los ojos para intentar apartar esa imagen.

Se llevó una mano al rostro y apretó los dedos contra sus ojos, como si ese simple gesto pudiera borrar de un plumazo todos sus recuerdos.

Maldijo a Paul por recordárselo. Desde que conocía a Willow, el dolor de su alma había menguado, pero ahora volvía casi tan fuerte como el día después de la muerte de Kester.

¿Por qué demonios le había tenido que recordar aquello?

Su mano temblaba con fuerza, y su cuerpo comenzó a hacerlo también.

Estaba a punto de perder el control, ese mismo que lo había contenido para no golpear a Paul en ese instante.

Aún no sabía cómo había logrado contenerse, tampoco cómo podía hacerlo en ese instante en el que el acosador de Willow estaba al otro lado del salón, observando lo que había conseguido con sus palabras.

Y en ese instante, la voz de Kester se abrió paso en su mente, como si estuviera a su lado, vivo, y le hablaba al oído.

—Jamás permitas que te vean derrotado, Arran. Sabes que yo no lo haría.

Sobresaltado, Arran abrió los ojos y miró a su derecha, desde donde había escuchado a la perfección esas palabras, pero allí no había absolutamente nadie.

El guerrero giró sobre sí mismo, intentando averiguar de dónde procedía esa voz, pero no había nadie a su alrededor, y menos Kester.

Pero era su voz. La reconocería en cualquier lugar del mundo.

Y esas palabras resonaron de nuevo en su mente: Jamás permitas que te vean derrotado, Arran.

Sabes que yo no lo haría. Y era cierto. Kester había sido una persona a la que nunca habían visto derrotado, triste o melancólico.

Y lo era, pero nadie lo sabía, excepto él.

Y a pesar de lo mal que se sentía en ese instante, Arran se dijo que debía hacerle caso a esa voz.

Por ello, levantó la cabeza y respiró hondo antes de fijar su mirada al frente, enfrentándose de nuevo al mundo, un mundo cruel en el que ya no estaba su hermano, pero sí aquella joven que se había convertido en su luz, en su faro, en el ancla al que aferrarse desde el primer momento en que la vio.

Y cuando sus ojos la buscaron y la encontraron bailando, algo dentro de él volvió a despertarse.

La esperanza se abrió paso entre el lodo, la tristeza y la desesperación.

Cuando sus ojos encontraron aquella cabellera rubia y los ojos azules brillantes que no dejaban de sonreír mientras bailaba, se dio cuenta de que podría pasarse el resto de su vida mirándola, algo que no le había sucedido con ninguna otra mujer.

Arran se quedó totalmente petrificado ante su imagen.

No podía apartar sus ojos de cada uno de los movimientos de Willow mientras bailaba con las doncellas, amigas suyas, a las que se había acercado con anterioridad.

Arran sabía que ni mil guerreros podrían obligarlo a apartar la mirada de ella en ese instante.

Ya la había visto arrebatadora antes de llegar a la fiesta, pero mientras se movía al ritmo de las gaitas y tambores y se dejaba llevar, tal y como él le había pedido, vio en ella no solo a una amiga, sino a la que podría ser perfectamente su compañera de vida.

No la miraba con los ojos de cualquier amigo, sino con los ojos de un hombre que, a pesar de no haber buscado jamás una esposa, sentía que acababa de encontrar a la que podría serlo. Y eso lo alteró.

Se quedó sin aliento, como si hubiera recibido un fuerte golpe en el estómago, como si lo que acababa de pensar fuera algo verdaderamente extraño y difícil para él.

Y así lo sentía. Él estaba roto y nadie querría estar con alguien tan roto como él porque no sería capaz de recomponer los trozos de su alma y su corazón.

Pero Willow… Una sola de sus miradas parecía ayudarlo a pegar los trozos que había dispersos a su alrededor.

La vio sonreír y brillar de nuevo al ritmo de la música.

Sin darse cuenta, los labios de Arran volvieron a curvarse en una sonrisa, ajeno a la mirada iracunda de Paul desde el otro lado del salón.

Para Arran solo existía Willow en ese momento, nadie más.

Ni siquiera era capaz de escuchar la música, tan solo la risa de la joven mientras disfrutaba.

Y le llenó el alma.

Por Dios que se la llenó. Nadie podría imaginar lo que sentía en ese instante.

Y se dio cuenta de que era un sentimiento que lo había golpeado fuerte en el momento en el que la agarró entre sus brazos muchas noches atrás para evitar que se cayera al suelo.

No sabía cómo lo había hecho la joven, pero desde ese instante tenía la impresión de que se había abierto un agujero de luz en su camino, y no quería soltarse.

No quería dejarla; no podía apartarse de ella, como su hermano Rowan cuando se obsesionó con Gillian a pesar de que nunca lo había querido reconocer.

Arran volvió a tomar aire y bebió de su copa en el momento en el que Willow se apartaba de sus amigas y se acercaba a él sin perder la sonrisa. El guerrero se obligó a no mirarla tan fijamente, pues estaba seguro de que parecería estar embrujado si seguía observándola de esa manera.

—¿No quieres bailar? —fue lo primero que le dijo Willow cuando se acercó a él y cogió una de las copas de la mesa para aplacar la sed que sentía en su garganta.

Arran la miró de nuevo. Vio que sus mejillas estaban rojas por el movimiento y su pecho subía y bajaba con rapidez, sin aliento. Su piel blanca relucía por el ligero sudor, y le pareció casi sobrenatural la belleza que rezumaba en ese estado.

El guerrero carraspeó y negó con la cabeza.

—Hace demasiados meses que no lo hago. Creo que ya no recuerdo cómo se hace…

Willow arqueó una ceja.

—Así que eras bailarín…

Arran sonrió y se encogió de hombros.

—Me gustaba bailar junto a Kester para conquistar a las mujeres de nuestro clan.

—¿Y os funcionaba?

Arran se carcajeó.

—No te imaginas cuánto.

Willow le devolvió la sonrisa y volvió a beber.

—Vuelve si quieres junto a las doncellas. Parecías estar pasándotelo bien.

La joven dejó la copa sobre la mesa.

—En eso tienes razón, pero has despertado mi curiosidad.

Arran frunció el ceño ligeramente.

—¿A qué te refieres?

—A que quiero ver cómo bailas…

Arran puso los ojos en blanco.

—Ni hablar. No pienso hacerlo. Ya ni recuerdo cómo se hace.

—Oh, por Dios, eso no se olvida nunca. Sigue mis pasos y volverás a recordarlo.

La insistencia de Willow lo hizo dudar. Hacía tan solo unos minutos se había sentido como la peor persona del mundo por disfrutar de una fiesta mientras parte de su familia yacía bajo tierra.

Pero ahora… algo dentro de él lo llamaba para seguir adelante.

La voz de Kester se lo había recordado, y no podía dejarlo pasar.

—Estoy bien aquí. Además, no quiero llamar demasiado la atención. Ya lo hemos hecho al entrar.

Willow arqueó una ceja.

—¿Arran Chattan tiene miedo de bailar delante del clan?

El aludido le sonrió de lado.

—No me tientes, Willow… —le advirtió.

—Los demás pueden decir lo que quieran. Yo te prometí que te ayudaría a salir de donde estabas metido. Y que sepas que esto forma parte de mi plan para ello, así que no puedes negarte.

Arran dejó la copa a un lado y se cruzó de brazos, mostrando un gesto divertido en su rostro.

—No quiero bailar y hacer el ridículo.

—No lo harás. Bailarás conmigo. Además, solo hay que saltar al ritmo de la música. Tampoco es tan difícil…

Arran lo meditó unos instantes mientras la observaba. La joven se acercó a él y lo aferró de la pechera de la camisa.

—Venga, me harás quedar mal si no aceptas mi invitación a bailar. Todo el mundo se dará cuenta de que no quieres estar conmigo.

—¿Estás intentando hacerme sentir mal, Willow?

La joven puso una expresión inocente en el rostro.

—¿Yo? Solo estoy intentando convencerte…