Pacto con el guerrero (Corazones oscuros nº 4) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

El día de la fiesta por el aniversario de Cameron como jefe del clan llegó antes de lo que le hubiera gustado a Arran.

Y, sin embargo, una parte de él, la que aún seguía ligada a su antiguo carácter, deseaba una fiesta como esa.

Pero no solo por la fiesta en sí, la bebida o la comida, sino porque sabía que iba a ver de nuevo a Willow.

Durante los días anteriores, había vuelto a verla en varias ocasiones y, cada vez que estaba junto a ella, sentía que una parte de él salía del pozo y que volvía a ver la luz.

La joven había logrado dar en lo más profundo de su ser para ayudarlo, tal y como le había prometido.

Y nadie podía imaginar lo bien que se sentía junto a ella.

No había hablado con nadie del pueblo mientras trabajaba, pero estaba seguro de que la noticia de su “relación” con ella se había extendido rápidamente entre todos los habitantes, incluido el castillo.

Notaba sus miradas y sus silencios eran capaces de decir más cosas que la boca.

Pero no solo eso. El propio laird y James Buchanan habían modificado la forma en que lo miraban cuando se cruzaban con él.

De hecho, un par de días antes había llegado James de su viaje al clan Chattan y desde entonces lo observaba con cierto aire divertido, aunque no había hablado con él de nada, tan solo de la carta que su hermano Rowan le enviaba de vuelta.

Arran aún no había encontrado la manera de contarle a Willow lo que ponía en la misiva, pues no eran buenas noticias, y teniendo en cuenta que ese día era el de la fiesta, no quería amargársela.

Por ello, se prometió hacerlo al día siguiente o justo cuando terminara la fiesta y se marcharan a descansar.

Esa mañana había estado trabajando en la tierra, pero al mediodía todos los trabajadores dejaron la azada en su lugar y se marcharon para prepararse.

Todo el pueblo estaba invitado a la fiesta y nadie quería perdérsela, ya que una celebración así en el castillo no solía hacerse con demasiada asiduidad, al menos no con el pueblo dentro del mismo.

Por este motivo, todo el mundo estaba excitado, deseoso de llegar a la fiesta para comenzar.

A pesar de que Arran se empeñaba en no desear la fiesta, esa parte de su alma que seguía en conexión consigo mismo sí la deseaba, y se encontraba ligeramente nervioso mientras se preparaba.

Se puso un kilt seminuevo que dejaba en lo más profundo del baúl para no estropearlo, se había aseado a conciencia y en ese instante estaba intentando peinar su cabello, pero era tan rebelde que acabó anudándolo en un pequeño moño en la coronilla.

Estuvo a punto de sonreír, pues nunca se había dejado el pelo tan largo.

A Kester no le gustaba y, para intentar engañar al resto, siempre se peinaban igual, por lo que jamás había tenido el pelo tan largo.

Respiró hondo y, antes de salir de su pequeño dormitorio, su mirada voló hacia la espada que había en el fondo del baúl.

Había sacado toda la ropa que solía tener sobre ella y no la había guardado, por lo que la espada brillaba en el fondo.

Un pequeño sobresalto se instaló en su pecho.

Aún podía sentir la fuerza que solía rezumar de cada poro de su piel cuando la desenvainaba y luchaba con ella.

Era algo poderoso, casi mágico, pero sentía que la muerte de Kester le había arrebatado su capacidad para luchar.

Solo deseaba tranquilidad y serenidad para curarse. Y esa espada no se la daría jamás.

Carraspeó, incómodo, al recordar nuevamente su antigua vida, sus hermanos, su castillo, sus padres… Toda esa juventud en la que habían tenido tranquilidad en el clan; una tranquilidad que ya no existiría jamás.

El joven se llevó las manos al rostro y se frotó las sienes lentamente.

Cada vez que su mente volvía a su pasado le dolía terriblemente la cabeza, por lo que tenía que dejar esos recuerdos a un lado si lo que pretendía era disfrutar de la fiesta.

Y en el momento en el que sintió que las punzadas de sus sienes se desvanecían, bajó las manos y salió de la casa antes de que su mente volviera a traicionarlo.

El día anterior había decidido quedar con Willow a la salida del pueblo y cerca de la pequeña arboleda donde se conocieron, así que se encaminó hacia ese lugar sin perder el tiempo.

Se cruzó con varios vecinos que ya asistían a la celebración y a los que saludó con un movimiento de cabeza, aunque se arrepintió tras ver sus miradas curiosas, seguramente provocadas por lo que Paul iría diciendo sobre Willow y él.

Sin embargo, no era algo que le preocupara, pues su corazón ya estaba roto y no podrían romperlo más.

La que sí le preocupaba era Willow a pesar de que esta le había repetido hasta la saciedad que no le importaba lo que pudieran pensar sobre ella, y que solo deseaba que Paul se alejara de su vida de una vez por todas.

Por primera vez, Arran sí fue consciente de la sonrisa que se dibujó en sus labios al ver a la joven en el camino, pues ya lo estaba esperando con cierto nerviosismo.

Desde la distancia, la admiró con total libertad.

No solo había descubierto en ella a una mujer extraordinaria por dentro, sino que por fuera era extremadamente atractiva y hermosa.

Se preguntó si ella sería consciente de la belleza que profesaba, pues parecía brillar con los pequeños rayos de sol que estaban a punto de esconderse tras las nubes que traerían una lluvia ligera en cuestión de minutos.

Willow se había puesto un vestido que parecía ser casi nuevo y con el que estaba verdaderamente deslumbrante.

Arran estuvo a punto de tropezarse con una piedra al quedarse totalmente maravillado con esa imagen de la joven, que aún no se había percatado de que se aproximaba a ella.

Se trataba de un vestido de color azul marino que hacía resaltar su cabellera rubia.

Llevaba un corpiño con bordados, y estaba tan ceñido a su cuerpo que algo dentro de Arran se exaltó demasiado.

La falda del vestido caía libre por debajo de un cinturón marrón anudado a su cintura.

Las mangas, ligeramente abullonadas, dejaban entrever la camisola que llevaba bajo del vestido.

Y a pesar de la sencillez del mismo, Willow se veía verdaderamente hermosa.

Se había dejado el cabello suelto, aunque los mechones que surcaban normalmente su rostro se encontraban recogidos atrás, dejando que las ondulaciones de su pelo se movieran con el viento.

Después de recuperarse de la impresión que le causó la imagen de Willow, Arran retomó el camino y se acercó a ella sin perder la sonrisa.

Cuando esta lo vio por fin, también sonrió, provocando que el guerrero sintiera de nuevo algo extraño en lo más profundo de su ser.

Por primera vez, se sentía nervioso ante la presencia de una mujer tan hermosa y quería causarle buena impresión, por lo que Arran acomodó su ya colocado manto que llevaba al hombro.

—¿Has intentado peinarte? —fue lo primero que le dijo Willow cuando llegó junto a ella.

Arran dejó escapar una risa y asintió con gesto fingidamente derrotado.

—Me temo que sí, pero no he podido.

—Estás muy guapo, igualmente —le dijo la joven sin darse cuenta de lo que podrían significar sus palabras.

Al instante, esta desvió la mirada y se mostró tímida mientras se golpeaba mentalmente por haber sido traicionada por su lengua.

Desde el día en el que habían estado en su casa y Arran le dijo que la consideraba un problema, Willow no había podido dejar de pensar en él.

Se habían visto, sí, pero tenía la impresión de que ya no era todo como antes, y había algo más entre ellos.

Cuando Arran le espetó aquello, ella se quedó petrificada, pues no lo había dicho como algo negativo, sino que había empleado un tono tan natural y, al mismo tiempo, tan íntimo y sensual que todo su ser vibró ante esas palabras.

—Creo que tú me ganas en belleza —le susurró cuando un par de vecinos del pueblo pasaron por su lado y los observaron con interés.

Las mejillas de Willow se tiñeron de rojo intenso, provocando una risa de Arran, que señaló el camino hacia el castillo con cierta caballerosidad.

—¿Nos vamos?

—¡Claro!

Willow se obligó a no tartamudear, pero algo dentro de ella no podía evitar ponerse nerviosa.

Lo que había comenzado como un simple tropiezo entre ellos, y parecía querer llevarlos por una animadversión, se había convertido en algo más profundo e íntimo que no sabría ni cómo describir si alguien le preguntaba.

Y el hecho de fingir que eran pareja no ayudaba en absoluto a sus sentimientos.

Infinidad de veces se repetía que se estaba confundiendo y dejando llevar por lo que esa fingida relación significaba.

—Ayer por la tarde vi a James Buchanan por la plaza del pueblo —comenzó diciendo Willow—. Estuve a punto de preguntarle si había regresado con la carta de tu clan entre las manos, pero no quise interponerme para no hacerlo sospechar.

Arran asintió, intentando mostrar serenidad ante esa mención, y acabó esbozando una sonrisa.

—Sí, ha vuelto con una misiva de mi hermano, pero no he querido decirte nada aún hasta después de la fiesta.

El rostro de Willow se ensombreció.

—Eso es porque no cuenta nada bueno.

—Lo que dice puede esperar a después —insistió el guerrero—. Ahora hay que disfrutar de la fiesta.