CAPÍTULO 8 #2
Arran se acercó a ella, tanto que su pecho rozó el cuerpo de Willow, y esta no pudo evitar tensarse.
—¿Te ha hecho algo? Dímelo.
Willow elevó la mirada y vio el acero reflejado en los ojos del guerrero. Su mirada se había vuelto demasiado penetrante, casi oscura, provocando que estuviera a punto de dejarse guiar por el sentimiento que tuvo en ese instante.
—No me ha hecho nada, pero le he dicho que me dejara en paz de una vez porque ya tengo pretendiente.
Arran dio un paso atrás para mirarla bien e intentar adivinar si le ocultaba información para evitar meterlo en problemas si salía en busca de Paul.
—Supongo que no se lo ha tomado bien…
—Supones bien. De hecho, ni siquiera estoy segura de que se lo haya creído.
—¿Qué le has dicho exactamente?
—Que eres mi pretendiente desde hace tiempo y que lo hemos llevado en secreto, pero que ya no queremos escondernos.
Arran asintió y apretó los puños. El hecho de pensar en que Paul pudiera hacerle algo a Willow o pudiera arrebatársela lo había enfurecido.
Y frunció el ceño mientras se giraba para pasear por la casa.
¿Había pensado en que podían arrebatársela?
¿Desde cuándo era suya? Acababa de ser consciente del rumbo que tomaban sus pensamientos cuando Willow estaba en ellos, y no estaba seguro de que fuera algo bueno.
—¿Te ha molestado que le diga eso? —preguntó Willow al notar su silencio y ensimismamiento.
Arran se giró hacia ella y esbozó media sonrisa.
—¡No! ¿Cómo va a molestarme si es lo que ambos decidimos?
La joven asintió y sonrió tímidamente.
—Creo que te he metido en un lío por intentar ayudarme con lo de Paul.
—Ese desgraciado no para de acosarte. Solo quiero ayudarte para que deje de hacerlo. O bien podemos tomar el camino más fácil y darle una paliza que no olvide jamás.
Willow abrió desmesuradamente los ojos, provocando que Arran riera.
—Tranquila, no lo haré. Estoy seguro de que a partir de ahora se mantendrá lejos.
La duda se reflejó en el rostro de la joven.
—No estoy segura de ello porque no parecía habérselo creído. Se ha ido hecho una furia, eso sí, pero será un hueso duro de roer.
Arran se acercó a ella, tanto que Willow dio un paso atrás y se topó con la mesa, quedándose atrapada entre esta y el fuerte cuerpo del guerrero.
Tragó saliva ruidosamente y su corazón volvió a sobresaltarse al tenerlo tan cerca de ella en la intimidad de su propia casa a pesar de que entre ellos no había nada.
—Entonces, tendremos que convencerlo de ello. ¿Vas a ir a la fiesta del laird?
Willow asintió sin comprender.
—Claro que sí. Irá todo el pueblo.
—Y supongo que ese mequetrefe también lo hará…
—Él nunca se pierde una fiesta.
—Pues será el momento perfecto para convencerlo de que lo nuestro es verdadero y no una invención para alejarlo.
Willow no pudo evitar sonrojarse y rio avergonzada.
—Estará todo el pueblo… —le advirtió.
Arran se encogió de hombros y sonrió, intentando hacer todo lo posible para no quedarse embobado en aquel rubor de las mejillas de la joven.
—No importa. Y dijiste que a ti tampoco te interesaba el qué dirán…
—No, pero… ¿qué piensas hacer?
—Nada fuera de lo normal que nos pueda poner en un aprieto, pero si llegamos juntos, será algo muy potente…
Willow asintió.
—Al día siguiente, todo el mundo hablaría de nosotros.
—Sí —respondió con una sonrisa—. ¿Te imaginas la cara de ese desgraciado al verte llegar conmigo?
—¿Te imaginas las caras de los demás?
Arran torció la cabeza.
—La que más me imagino es la de James Buchanan, pero no me importa si con ello te ayudo.
Willow se retorció las manos.
—¿Qué pasa con él?
—Que está obsesionado con mi carácter. Pero no pasa nada, podré aguantar sus bromas.
La joven lo miró largamente.
—Gracias. La verdad es que es un gesto muy bonito por tu parte. No puedes imaginarte la frustración al ver a Paul casi a diario en la puerta de mi casa.
Arran asintió, restándole importancia.
—También lo hago porque contigo me siento mejor —admitió—.
Desde que te conozco, algo ha cambiado en mí.
Por primera vez en meses tengo la impresión de que puedo ver el sol de nuevo, de que hay luz a mi alrededor y de que yo sigo vivo.
Con la muerte de Kester no podía ni pronunciar su nombre y ahora lo hago.
Así que es mi forma de agradecerte que, con tu sola presencia, me ayudes.
Willow sonrió ampliamente y Arran no pudo evitar levantar una mano para posarla en su mejilla, sobresaltándola y provocando que se sonrojara.
Inconscientemente, el guerrero se mordió el labio.
De repente, se descubrió a sí mismo deseando acortar la distancia para besarla.
Cuando había deseado a una mujer, jamás se había planteado pedirle permiso para besarla.
Siempre lo había hecho y ellas le habían respondido, como a Kester.
Pero con Willow era diferente. Deseaba hacerlo, pero aquella joven le parecía tan importante que no quería asustarla o perderla, pues él también volvería a perderse.
Pero en el momento en el que fue plenamente consciente de lo que estaba haciendo, Arran bajó la mano y se apartó ligeramente de ella.
—Lo siento, no sé qué me ha pasado.
Willow negó con la cabeza. Durante unos instantes había sentido la imperiosa necesidad de que la besara, que la abrazara y la hiciera sentirse segura y plena, pero se dijo que solo se trataba de un sentimiento que surgía a raíz de su soledad y a cómo se sentía desde que su hermano había muerto y ella había tenido que desaparecer del mapa para evitar ser cazada.
—No pasa nada. Tranquilo.
—A veces creo que salir del pozo va a provocar que se me vaya la cabeza —dijo con una media sonrisa—. La mente tiene vida propia y, a veces, no hace caso.
Willow respiró hondo y se encogió de hombros.
—Creo que eso es algo que nos pasa a todos alguna vez. No te preocupes, de verdad.
La joven le señaló el sillón frente al que ella había estado sentada mientras terminaba de coser.
—¿Quieres hacerme compañía mientras charlamos un rato? Tengo que terminar esto y me vendría bien tener a alguien que me dé conversación.
Arran sonrió y asintió.
—Estaré encantado de ello.
La joven tomó la ropa que había estado cosiendo y vio cómo el guerrero se sentaba frente a ella. Lo que había estado a punto de suceder entre ellos podría haber echado a perder la amistad que se profesaban, pero habría calmado el fuego que corría por su cuerpo cada vez que lo tenía frente a sí.
A pesar de no haberse fijado nunca en un hombre en ese sentido, con él era diferente.
Había despertado en ella sentimientos extraños que le resultaba imposible contener.
Y el plan que habían ideado para fingir que eran pareja no era precisamente el más brillante para intentar olvidar esos sentimientos.
Porque le gustaba.
Sí. Arran le agradaba en ese sentido. Y le gustaba desde aquella maldita noche en la que se habían visto en mitad del bosque y la había salvado.
Lo que le había hecho sentir era demasiado profundo, pues a pesar de haber cruzado más que un par de palabras, había logrado sentir el fuego que rezumaba del interior del guerrero.
Lo había sentido latente a pesar de la frialdad que rodeaba a Arran por la muerte de su hermano. Y ese fuego era demasiado llamativo.
Pero Willow tenía miedo de que solo le gustara por considerarlo como un ancla al que aferrarse para evitar morir de auténtica repulsión por su propia vida. Tenía miedo de que fuera algo pasajero y poco profundo. Pero, sobre todo, temía por que eso se convirtiera en algo más y sufriera lo indecible.
—¿Sabes algo de la carta que le enviaste a tu hermano?
Willow quiso romper el hielo. Había visto en el acero de su mirada cómo se sentía después de haberle acariciado la mejilla, por lo que solo deseaba olvidar ese momento para evitar que la vergüenza siguiera latente en su interior.
Arran levantó su mirada hacia ella. Se había sentado con el cuerpo inclinado hacia adelante y los codos apoyados en sus muslos.
Willow tragó saliva, pues estos habían quedado ligeramente al descubierto y podía ver con claridad sus músculos, por lo que apartó rápidamente la mirada y evitarse un nuevo sonrojo.
Estar en la intimidad de su casa con un hombre a solas era algo que nunca se hubiera atrevido a hacer.
De hecho, estaba segura de que su madre estaría revolviéndose en la tumba por ello, pero se sentía tan a gusto a su lado que no podía evitarlo.
Y se obligó a centrarse en la respuesta de Arran:
—James aún no ha vuelto con la respuesta, pero supongo que estará a punto de hacerlo.