Pacto con el guerrero (Corazones oscuros nº 4) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Un par de días después, Willow se encontraba en su casa, terminando de coser los bajos del vestido de una vecina cuando alguien llamó a la puerta.

Durante unos momentos, pensó que tal vez se trataba de Arran, pues durante esos dos días se habían visto y pensaba que tal vez acudiría de nuevo a su casa para hablar.

Había descubierto en él a un gran hombre que seguía herido, pero cuyo carácter parecía comenzar a suavizarse y sentirse menos atormentado.

Era verdaderamente amable y afectuoso, incluso a veces lo había escuchado bromear sobre ciertas cosas, logrando arrebatarle una sonrisa.

Durante esos días, se había sentido a gusto a su lado, descubriendo que su mente a veces se imaginaba ciertos pasajes que no habían ocurrido entre ellos, pero que le gustaría vivir.

Y eso la hizo sonrojar mientras se levantaba de la silla y se dirigía hacia la puerta para abrirla.

La sonrisa que marcaban sus labios se quedó petrificada al ver a la persona que había al otro lado. Y ahogó un gemido que más bien era un quejido por tener que soportar de nuevo su obsesión.

—¿Qué quieres, Paul? Estoy trabajando.

El joven que no había dejado de acosarla y perseguirla para que aceptara su proposición de hacerla su mujer la miraba con una sonrisa, apoyado en la jamba de la puerta y con una mirada que intentaba ser pícara, pero que rozaba más el asco que la amabilidad.

Mientras Paul le sonreía, como si solo con ese gesto pudiera enamorarla, Willow no pudo evitar compararlo con Arran.

No tenía nada que ver con él. Arran era mucho más alto, musculoso, atractivo, verdaderamente pícaro, arrebatador y desprendía una fuerza difícil de superar.

Paul, por su parte… era Paul: era demasiado cargante, arrogante, manipulador y mentiroso, pues no era la única a la que deseaba del pueblo.

Y eso la había alejado desde el primer instante.

—¿Qué tal, pequeña Willow? No he bebido de tu increíble belleza estos días.

La joven arqueó una ceja y se cruzó de brazos desde el otro lado de la puerta, deseando cerrársela en la cara y seguir con su trabajo.

—No pasa nada, el agua del río también sacia la sed, Paul.

El aludido se carcajeó mientras la joven respiraba hondo para evitar insultarlo. Su arrogancia y altanería le provocaban náuseas, y solo deseaba escapar de él.

—Eres muy graciosa y especial, Willow, por eso sigo deseando que seas mi esposa. Nada me haría más feliz que eso.

La joven tragó saliva.

—Pues me temo que tendrás que buscarte a otra que te haga feliz, Paul. Ya sabes lo que pienso sobre eso.

—Venga, sabes que no encontrarás a nadie mejor que yo para ello. Eres una forastera en nuestro clan y no todo el mundo tiene mi carácter para soportarlo.

—¿Me estás diciendo que te casarías conmigo tan solo porque eres el único que me soportas? Vaya… qué palabras más bonitas. Has debido de pensar mucho para formular esa frase…

Paul sonrió y dejó de apoyarse contra la jamba de la puerta para intentar entrar en la casa de la joven, pero Willow se interpuso y lo encaró.

—Déjame entrar solo un instante.

—No te he dado permiso para ello, Paul. Y no es decente.

—Somos amigos. Además, el otro día sí que dejaste entrar a ese jornalero antipático y desgraciado.

Willow había estado esperando el momento en el que se lo recordara para llevar a cabo el plan que habían ideado Arran y ella para quitarse a Paul del medio. Por ello, la joven sonrió con amabilidad y se encogió de hombros.

—Él tiene el permiso necesario para entrar en mi casa las veces que quiera. Es mi pretendiente. Y me gusta, así que Arran puede entrar aquí cuando quiera. Tú no, no sería decente que te vieran dentro de mi casa si mi pretendiente es otro.

La sonrisa se borró de los labios de Paul al instante.

Sus pies dieron un paso atrás, como si lo hubiera golpeado, pero también la miraba con una expresión extraña, como si le hubiera contado una completa aberración.

Teatralmente, se llevó la mano al pecho, provocando que Willow no pudiera evitar poner los ojos en blanco.

—Me acabas de romper el corazón, pequeña Willow. Yo pensaba que me amabas.

—¿Y qué te hizo pensar eso? Porque yo no he dejado de pedirte que me dejes en paz y que no quería nada contigo.

—Pero realmente querías decir lo contrario…

La joven dejó escapar el aire con un resoplo.

—No, Paul, si yo te digo que no quiero nada es porque no quiero nada contigo. Tú solo te has hecho esas historias en tu cabeza, pero en ningún momento te di esperanzas de una relación. De hecho, Arran tuvo que golpearte para que nos dejaras en paz.

—Pero si apenas lo conoces —se quejó—. ¿Cómo es posible que lo prefieras a él antes que a mí?

—Porque Arran es un hombre divertido, amable, caballeroso, sabe escuchar, es respetuoso y es el único que puede entender las heridas de mi corazón. Tú, no.

En ese instante, Willow se dio cuenta de que había pronunciado aquellas palabras con demasiado ímpetu.

Y a pesar de que se suponía que solo estaba fingiendo una relación, acababa de decir una completa verdad.

Era el único que habría entendido lo que le había sucedido con su hermano y su familia, pues él mismo tenía las mismas cicatrices en el corazón.

Y estaba segura de que sería el único que la entendería en toda su vida.

Pero ese descubrimiento la puso nerviosa, pues podría significar algo demasiado peligroso. Y no quería sufrir más.

—Me acabas de clavar un puñal en el corazón, pequeña Willow.

—También me gustaría que me dejaras de llamar así, Paul. Es demasiado íntimo y no me gusta.

—Pero es que eres mi pequeña Willow.

—No soy tuya. ¿De verdad no eres capaz de comprenderlo?

Paul suspiró.

—Lo entiendo, claro que sí. Pero para mí siempre serás mía.

—Ni tuya ni de nadie, Paul. Solo quiero que me dejes en paz.

El joven frunció el ceño.

—¿Y desde cuándo es tu pretendiente? Nunca lo he visto por aquí.

—Porque lo hemos llevado en secreto, pero ya no quiero guardarlo para mí.

—Se enterará todo el pueblo y el castillo.

—¿Y? —preguntó la joven.

—Que puede que dejen de lloverte ofertas como costurera.

Willow suspiró.

—No he hecho nada que no sea respetable. Una mujer de honor siempre ha tenido un pretendiente antes de casarse con él.

—¿Acaso vas a casarte con Chattan?

—¿Y por qué no? Lo… Lo amo.

Le costó pronunciar aquellas palabras, y solo deseaba que Arran no se molestara cuando le contara aquella discusión con Paul.

—No me lo creo, Willow. Tengo la impresión de que me estás mintiendo.

La joven frunció el ceño.

—¿Me estás llamando mentirosa? No es culpa mía que no quieras aceptar mi relación con Arran.

—No puede ser. Nunca te he visto con él.

—Ya te he dicho que lo llevábamos en secreto, pero ya no más, así que a partir de ahora me verás más con él.

Paul frunció el ceño.

—¿Iréis juntos a la fiesta del laird? Será una vergüenza.

Willow no había pensado en la fiesta en lo que podría suponer su “relación” con Arran si acudían juntos. Sin embargo, habían llegado a un acuerdo y no había vuelta atrás.

—Probablemente, vayamos juntos, sí, y no sería ninguna vergüenza. Somos una pareja. Si tú no lo aceptas es tu problema.

La mirada del joven cambió rápidamente del fingido amor al odio más puro y sincero, tanto que Willow pensó en pedir ayuda si seguía insistiendo y no se marchaba de allí.

—No me lo creo —le espetó—. Ese desgraciado no puede ser tu pretendiente. No es nadie.

—Lo es todo para mí —dijo la joven con tanta vehemencia que hasta ella misma se sorprendió.

Paul apretó los puños y renegó entre dientes, hasta que se dio media vuelta y se marchó de allí, dejándola sola.

Willow se mantuvo junto a la puerta abierta unos segundos más, mientras respiraba hondo y dejaba escapar el aire lentamente.

Era la conversación más incómoda que había tenido, no solo con Paul, sino con cualquier otra persona desde que se había enfrentado a su tío tras negarse a casarse con su primo.

Después de eso, cerró la puerta y se apoyó contra ella. En ese instante, se dio cuenta de que le temblaban las manos. Por primera vez en dos años había tenido los mismos sentimientos que en aquella conversación con su tío. Y no le gustó en absoluto.

Cuando pasaron los minutos y logró calmarse, Willow se giró para seguir con su trabajo, sin embargo, unos nudillos más llamaron a la puerta.

Pensando que se trataba de nuevo de Paul y que tal vez regresaba para seguir insistiendo, la joven se acercó a la puerta con gesto iracundo y abrió la misma de golpe:

—¡Déjame en paz de una vez! —exclamó sin mirar al recién llegado.

Se arrepintió al instante de lo que había dicho, pues era el rostro de Arran el que estaba tras la puerta y no el de Paul, que era el que había esperado. Este dio un paso atrás y carraspeó, incómodo.

—Disculpa, no pretendía molestarte —le dijo con tono distante.

—¡No, espera! —exclamó Willow lanzándose hacia él para aferrarlo del brazo.

—No sabía que estabas haciendo algo y tal vez te he molestado.

Willow negó con la cabeza y vio cómo Arran bajaba la mirada hacia su antebrazo, donde la joven lo había aferrado con fuerza.

Y, sin pensar en lo que hacía, Willow lo abrazó.

No había podido aguantar su expresión lastimera, pero tampoco su propio malestar después de lo ocurrido con Paul.

Se había alterado tanto que deseaba esconderse en algún lugar hasta que sus nervios volvieran a sosegarse.

—No te vayas, por favor. Escúchame.

Arran frunció el ceño al sentir que la joven temblaba, pues la rodeó ligeramente con los brazos. Por ello, la apartó de él para mirarla a la cara, aunque sin soltarla.

—¿Qué ha pasado?

Willow suspiró y se apartó de la puerta para dejarlo entrar en la casa. Cuando lo hizo, cerró y se quedó a solas con él, sin miradas indiscretas que pudieran escucharlos desde alguna esquina.

—Lo siento, no pretendía hablarte así, es que pensaba que eras Paul.

Arran resopló.

—¿Ha vuelto ese mequetrefe?

Willow asintió.

—Ha sido muy… desagradable.