CAPÍTULO 6 #2
Cameron frunció el ceño y lo miró largamente.
Le había dicho que no le diera un trato de favor y, un segundo después, le estaba pidiendo salir antes que el resto de campesinos.
No entendía absolutamente nada, pero había algo en la mirada de Arran que era diferente respecto a la última vez que lo había visto.
En su anterior encuentro, parecía tener frente a sí a un muerto en vida y, sin embargo, ahora parecía haber una brizna de luz en su mirada, semejante a la que él había conocido años atrás.
No sabía si tenía algo que ver con lo que le habían contado una hora antes, después de bajar a desayunar, pero si la costurera que le zurcía la ropa a su esposa era la que había logrado que en la mirada de Arran hubiera algo de paz, él no iba a interponerse.
No quería preguntarle qué había pasado con ella y de qué la conocía, pues sabía que eso solo encerraría más a Arran. Por ello, acabó suspirando y asintiendo:
—No solo has sido el último en irte de las tierras durante meses, sino que has estado a punto de cavar hoyos tan hondos que bien podrías haber encontrado un tesoro en ellos a pesar de que solo debías hacer un hueco pequeño.
Nunca has querido descansar y, mientras los demás comían, tú seguías trabajando. Y ahora me pides esto…
—Entiendo que decidas no darme ese tiempo… —respondió el guerrero levantándose de la silla.
—¡Espera! —exclamó Cameron con una sonrisa en los labios—.
También debo reconocer que das por hecho las cosas antes de que la gente termine de hablar, por Dios.
Me pides esto y claro que pienso concedértelo, sin meditar, ni tan siquiera voy a preguntarte más para qué lo necesitas.
A partir de este momento, tendrás libres todas tus tardes para poder hacer lo que quieras.
Te lo has ganado. Se lo comunicaré enseguida a mis hombres para que no te pregunten cuando abandones las tierras.
Arran asintió, agradecido.
—Y ya sabes que puedes pedirme cualquier cosa, Chattan. Si tienes problemas con alguien más del pueblo, como con Paul Graham, dímelo y pondremos freno a lo que sea.
El aludido negó con la cabeza.
—Lo único que me gustaría preguntarte es si tengo el camino libre para partirle la cara a ese gilipollas.
Cameron se carcajeó.
—Ya lo has hecho, ¿no?
—Eso solo fue una caricia…
Sin dejar de sonreír, Cameron acabó asintiendo.
—Mientras no lo mates y no generes problemas con la demás gente del pueblo, por mí le puedes partir algunos dientes.
Para sorpresa del laird Sinclair, Arran esbozó una sonrisa genuina.
Fue la misma sonrisa que tenía en los labios cuando lo había conocido; la misma que seguramente el resto de su familia echaba de menos; la misma que durante muchos meses había deseado volver a ver en él.
Pero no quiso indagar y presionarlo, pues podría provocar que volviera a ser el mismo guerrero serio en el que se había convertido tras la muerte de su hermano.
—Gracias.
—De nada, amigo.
Arran asintió y se giró para marcharse, pero la voz de Cameron volvió a frenarlo en seco.
—Me gustaría comentarte una cosa antes de que salgas.
—Tú dirás.
Cameron se inclinó hacia adelante y apoyó las manos sobre la mesa.
—La semana que viene será el aniversario de mi toma de posesión como jefe del clan. Aunque yo no estoy muy de acuerdo con Kiara, mi esposa, vamos a celebrar una fiesta en el castillo e invitaremos a todo el pueblo a ella. Tú también estás invitado.
Arran sintió una punzada de dolor en el pecho.
Su hermano Kester y él nunca se habrían perdido una fiesta, pues siempre eran los primeros en llegar y en divertirse bailando con todas las mujeres del clan que se cruzaran en su camino.
Sin embargo, desde que se había quedado solo no tenía el ánimo como para asistir a un evento de esas características.
—No creo que sea buena idea asistir…
Cameron puso los ojos en blanco.
—Venga, Chattan. Te agradecería enormemente que acudieras.
—Pero es una celebración de tu clan. Yo soy un Chattan.
—Eres mi invitado en el clan, pero también un trabajador más. Da igual cuál sea tu apellido o los colores de tu ropa. Eres mi amigo y me gustaría que acudieras. Además, seguramente vendrá Paul y podrás partirle la boca delante de todos para hacernos reír un rato…
Arran sonrió fugazmente mientras pensaba alguna excusa para no acudir. Sin embargo, pensó que tal vez iría Willow a la misma y sería una buena oportunidad para pasar un rato más con ella. Por eso, acabó asintiendo.
—De acuerdo, asistiré.
Cameron le sonrió y se sentó de nuevo en su silla para seguir con su trabajo.
Al instante, Arran salió del despacho. Había entregado por fin la carta que tanto le quemaba en las manos.
Tan solo esperaba que fuera un pequeño bálsamo para su hermana y por fin pudiera entender cómo se sentía él después de todo.
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Kiara sonrió al ver que el bajo roto de su vestido había quedado perfecto.
Algo más corto, pero arreglado, al fin y al cabo.
Frente a ella se encontraba Willow, a quien le encargaba esos arreglos desde que la joven había llegado al clan con una mano delante y la otra detrás.
Al instante, había visto en ella a una mujer necesitada que parecía huir de algo, aunque jamás llegó a decirle de qué.
Por ello, le había dado ese trabajo y había hablado muy bien de ella en el resto del pueblo para que la gente le hiciera sus encargos o le dieran cualquier trabajo con el que poder ganarse el pan del día.
Ahora que la tenía enfrente no podía dejar de sonreír.
—Muchísimas gracias por esto, Willow. Mis hijos son un poco salvajes cuando juegan y al ver que me habían roto el bajo del vestido pensaba que iba a tener que tirarlo al fuego.
La joven le devolvió la sonrisa.
—Todo puede arreglarse. Quedará mejor o peor de lo que estaba, pero siempre arreglado.
Kiara se fijó en el manto que Willow llevaba sobre sus hombros. Durante días la había visto con uno viejo y raído, pero este se veía completamente nuevo.
—Me alegra ver que tus trabajos te han permitido comprarte un nuevo manto. Es precioso.
Las mejillas de la joven se tiñeron de rojo ante la mención del mismo. Era la primera vez que se lo había puesto y nunca pensó que a su alrededor pudieran darse cuenta de ello. Inconscientemente, lo acarició y sonrió con timidez.
—Sí, es precioso, pero no me lo he comprado yo.
Kiara sonrió aún más.
—¿Te lo ha regalado un pretendiente?
La boca de la joven se abrió por la sorpresa.
¿Qué podría decirle? Arran no era un pretendiente, sino un amigo, pero habían llegado al acuerdo de que dirían que eran algo más para evitar que los moscones del pueblo se acercaran a ella para molestarla.
Sin embargo, no quería mentir a la señora del castillo y del clan.
Willow carraspeó, incómoda.
—Es el regalo de un buen amigo porque el anterior se me rompió… por su culpa.