CAPÍTULO 6
A pesar de que podría haber ido a entregar la carta a Cameron la tarde anterior, justo después de escribirla, decidió no hacerlo y dejarlo para el día siguiente, pues se había encontrado tan bien con Willow que no quería que nadie le arruinara la tarde.
Las horas siguientes a su encuentro con la joven, en casa de esta, habían sido las mejores de los últimos meses.
Por primera vez desde la muerte de su hermano se había sentido vivo, con esperanza y podía ver la vida de otra manera.
Incluso podía decir que era la primera vez que no pensaba en la muerte de Kester durante tantas horas.
Lo había olvidado por completo y, a pesar de que una parte de él se sentía mal por ello, pues lo sentía como una traición, otra muy diferente lo sentía como algo bueno, sanador.
Arran sonrió al recordar a Willow. Ella misma le había dicho que a veces aparecen personas que sirven para sanar, y ella era una de esas personas.
Aún no podía creer cómo era posible que alguien a quien había visto tres veces en su vida podía llegar a provocarle esa calma en su alma.
No entendía qué había hecho la joven para que pudiera exaltarse al verla y lograr que sus pensamientos tan negativos dejaran de hacerse con el control, pero desde que le dedicó aquella primera mirada en la oscuridad del bosque, sentía que su vida había cambiado por completo.
Durante la tarde anterior, había llegado a pensar que Kester estaría riéndose de él desde el otro lado si es que estaba observándolo, pues los nervios que le provocaba esa joven lo habrían hecho reír para toda la eternidad.
Él nunca había sentido esa ligera vergüenza con ninguna mujer, y que Willow lograra provocarla haría reír sin dudas a su hermano gemelo allá donde estaba.
Por eso, ese día, tras una noche en la que había logrado dormir sin pesadillas y todas las horas sin despertarse, se aseó y vistió para ir al castillo del laird antes de marcharse a trabajar la tierra, aunque lo que más deseaba, sin lugar a dudas, era volver a verla.
Esos increíbles ojos azules en el centro de aquella cabellera rubia ondulada hacían las delicias de sus propios ojos, a los que tenía que obligar a mirar hacia otro lado para no quedarse embobado mirándola.
Arran salió de la cabaña rumbo al castillo con la carta para su hermana entre sus manos.
Esta parecía quemarle los dedos, pero estaba dispuesto a enviarla.
Entendía la preocupación de su familia, pues esta se había roto y querían mantenerla unida como antes.
Y a pesar de que le escribía a Cora, aún no se sentía capaz de enfrentarse a Rowan o Sloan por carta, pues la vergüenza aún estaba latente en su corazón.
No obstante, tenía la certeza de que todo lo que ocurría en el clan Sinclair se comunicaba a sus hermanos, por lo que seguramente estaban al tanto de todo.
Bueno, de todo no. Le agradaba saber que la amistad que había iniciado con Willow aún era un secreto para su familia, pues no deseaba contarlo.
Poco a poco, se acercó al castillo Sinclair y miró al cielo.
Este había amanecido sorprendentemente limpio de nubes, mostrándole que una nueva etapa se acercaba y el frío invierno se quedaba atrás de una vez por todas.
No obstante, el suave frescor del norte sí llegaba aún y volaba de un lado a otro, moviendo su kilt y penetrando en su ropa. Pero no le importaba.
El camino hacia el castillo se lo encontró sorprendentemente solitario. No se cruzó con absolutamente nadie y supuso que tal vez ya estaba todo el mundo en sus puestos de trabajo, así que se propuso no tardar demasiado en encontrarlo para entregarle la misiva para su hermana.
Con paso firme y decidido, Arran se aproximó al castillo.
Desde la muralla, los vigilantes lo vieron y abrieron rápidamente el portón, el cual cruzó con rapidez.
Se dirigió hacia el interior del castillo, pero antes se cruzó con un rostro muy conocido que lo interceptó en mitad del patio con gesto sorprendido.
—Últimamente, James, parece que estás buscando que alguien te parta la cara…
El aludido sonrió y cuadró los hombros.
—Buen día para ti también, Chattan, eres muy amable… —le dijo con tono irónico—. Respecto a lo que me has dicho, no logro entenderte…
—Pues es muy simple. Me has mirado con gesto burlón, y ya me imagino a lo que vas a hacer alusión…
James intentó esconder una sonrisa.
—Solo te iba a preguntar qué tal ayer por la tarde después de que la pidieras libre… No iba a insinuar nada más, ni siquiera pensaba hacer alusión al puñetazo que le diste ayer a Paul Graham mientras intentabas defender a la costurera de la esposa del laird…
Arran frunció el ceño. ¿Cómo era posible que semejante tontería se hubiera extendido con esa rapidez?
Vale, había pasado más de medio día, pero no podía creer que Paul se hubiera atrevido a ir contando por el pueblo lo que había sucedido, y menos que provocara, sin querer, que su imagen se convirtiera en objeto de burla al haber descubierto que se había relacionado con alguien del pueblo a pesar de no querer hablar con nadie desde que estaba en el clan.
Arran apretó los puños con fuerza y rechinó los dientes.
—La estaba acosando. Solo la defendí. Nada más.
—¿Y que entraras a su casa a la hora de la comida no tiene nada de reseñable?
Arran resopló.
—¿Qué más ha ido contando ese gilipollas?
James se encogió de hombros.
—Que saliste varias horas después.
—¿Se quedó escondido en la esquina?
—Eso parece… Y teniendo en cuenta que lo conocemos bastante por aquí, no me extrañaría nada que lo haya ido contando a todo el mundo. ¿Algo que reseñar?
—Sí, que si escucháis que le han vuelto a partir la cara, he sido yo…
—Me refería a tu incipiente amistad. ¿Debo preocuparme por que quieras relacionarte con alguien más que con las arañas de tu cabaña?
Arran se acercó peligrosamente a él.
—De lo que deberías preocuparte es de que tus dientes no estén a punto de caerse de un puñetazo.
James le guiñó un ojo y levantó las manos en señal de paz.
—Tranquilo, Chattan. Realmente, me alegra ver que no estás solo…
El guerrero frunció el ceño.
—Sigo estando solo. No hagas caso a las habladurías de la gente, y menos las que vengan de la boca de ese desgraciado.
James rio y se acercó al pozo, del que estaba sacando agua su esposa y a la que, segundos después, acabó besándola.
Algo dentro de su pecho se sacudió. Vio la complicidad que tenían el uno con el otro, además de la confianza y el amor que se profesaban y se dijo que él jamás tendría algo así porque estaba totalmente roto, y las personas que estaban en ese estado nunca podrían encontrar a alguien que tuviera el valor de recomponerlo.
Arran lanzó un suspiro y siguió con su camino con el ánimo completamente diferente a como había llegado. Las manos le temblaron de nuevo al recordarle, de alguna manera, su situación. Y volvió a tener la impresión de que había traicionado a Kester por haberlo olvidado momentáneamente.
Buscó a Cameron por el castillo, pero terminó encontrándolo en su despacho, completamente solo. Al entrar, vio algo extraño en su mirada, que le confirmó que no solo James conocía lo que había pasado con Paul el día anterior.
—No vengo a hablar de lo que estás pensando.
—¿Me has leído el pensamiento?
Arran gruñó por lo bajo.
—No, pero me lo puedo imaginar porque James ya me ha hablado de ello.
—Está bien. Entonces no voy a preguntarte porque supongo que ya estarás lo suficientemente enfadado…
—Exacto —respondió Arran con voz seria—. Venía a otra cosa…
Cameron asintió y se dejó caer contra la silla.
—Tú dirás…
El guerrero tomó aire y se sentó en una de las sillas mientras le tendía la carta.
—¿Y esto?
—Es la misiva de respuesta a la carta de mi hermana Cora.
Cameron levantó la mirada de esta y la clavó en él. Durante semanas, habían llegado infinidad de cartas del clan Chattan, pero ninguna de ellas había obtenido una respuesta por parte de Arran, por lo que no pudo evitar mostrarse sorprendido ante ese nuevo gesto.
—¿A qué viene este cambio?
Arran se encogió de hombros.
—Tampoco es un cambio en sí. Simplemente, quería comunicarle algo a mi hermana.
—Rowan y Sloan también esperan una misiva de tu parte.
—La suya deberá esperar.
—Supongo que algo es algo… —murmuró Cameron dejando la carta a un lado—. Esta misma tarde enviaré a uno de mis hombres al clan MacGillivray para que se la lleve a Cora.
Arran asintió.
—Gracias.
—No tienes que dármelas. Sabes que te apreciamos en el clan y que me gustaría que no fueras labrador, sino guerrero.
Arran torció la cabeza.
—No quiero portar una espada. Al menos aún.
Cameron lo meditó y acabó asintiendo.
—Está bien. Te sigo comprendiendo y respetando, Chattan.
El laird lo observó largamente y acabó sonriendo.
—Tengo la impresión de que te gustaría decirme algo más, pero no encuentras la manera de hacerlo.
Arran carraspeó y asintió.
—Lo cierto es que sí.
Cameron esbozó una sonrisa.
—¿Y qué te detiene a hacerlo? Sabes que puedes contarme o pedirme lo que sea.
—Es que no quiero un trato especial o diferente al resto de campesinos.
—Pero tú no eres realmente un campesino, Arran, eres un guerrero de otro clan que ha decidido trabajar de esa forma desde que estás aquí. No es lo mismo que el resto de campesinos.
—Pero no quiero un trato diferente.
—Sabes que no te lo he dado desde que estás aquí. Te pedí que durmieras en el castillo y no quisiste; te pedí que trabajaras como guerrero y tampoco quisiste; he intentado que no te deslomes y has hecho lo contrario… El trato especial no me ha servido para nada…
Arran carraspeó, incómodo.
—Me gustaría… si es posible, terminar mi jornada antes de lo que ha sido hasta ahora.
—¿Por qué motivo querrías salir antes?
Arran desvió la mirada. Le había pedido no tener un trato de favor, y por ello le estaba haciendo esa pregunta:
—Si no te importa, ahora mismo preferiría no contar nada. Solo querría saber si eso es posible.