Pacto con el guerrero (Corazones oscuros nº 4) CAPÍTULO 4 #2
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CAPÍTULO 4 #2

—Ya te dije que es mi forma de agradecerte lo que hiciste por mí. Si lo hubiera hecho Paul, tal vez se lo hubiera agradecido de la misma manera, pero es demasiado obstinado con su intención de que me case con él. Y ya te dije que mi reputación no es algo que me preocupe en estos momentos.

Arran asintió y entró en la casa. Estuvo a punto de esbozar una sonrisa al verla por dentro.

Estaba claro que allí vivía una mujer, pues lo primero que le llegó a la nariz fue el increíble olor a lavanda.

Y no le extrañaba, pues había pequeños ramilletes de la planta por todas partes.

Pero no solo eso. A pesar del poco dinero que parecía tener la joven, la pequeña casa estaba decorada con buen gusto y no le faltaba detalle.

Sobre los fogones, ya apagados, se encontraba un perol aún humeante que despertó el hambre de su estómago, haciéndolo rugir.

Sobre la mesa, dos platos vacíos esperaban ser llenados por ellos y dos copas, también vacías, lo llamaron con insistencia.

No tenía ni idea de cuál era el origen de aquella muchacha, pero estaba claro que no pertenecía a la clase social que ostentaba en ese instante.

Arran se giró hacia ella cuando Willow cerró la puerta.

Esta sonrió con cierta timidez y se retorció las manos de nuevo.

El guerrero no fue consciente de su propia sonrisa al mirarla.

Se había quedado embobado mirándola, hasta que las mejillas le dolieron por hacer un gesto que hacía demasiado tiempo que ya no le pertenecía. Y la borró poco a poco.

Arran carraspeó:

—Tienes una casa muy bonita —le dijo para romper el hielo.

Willow asintió.

—Gracias —dijo con tono quedo—. Vaya… pensarás que soy una atrevida al invitarte a comer a pesar de no conocerte. Especialmente, después de haber visto lo que sucedía con Paul en la puerta. De verdad, que yo solo deseo agradecerte que me salvaras el cuello. No es algo que haya hecho antes…

—No me tienes que dar explicaciones. Puede que tú también pienses que yo estoy aquí por lo mismo que Paul, especialmente después de haberme visto desnudo en el río…

Ambos se miraron en silencio, hasta que sonrieron y la tensión entre ellos disminuyó ligeramente.

—Amigos, entonces, a pesar de cómo comenzó la cosa…

Arran asintió y le tendió la mano.

—Amigos…

Willow dudó un instante, pero acabó estrechándosela.

Y en ese instante, sintió algo extraño en sus dedos; algo que parecía ascender por su antebrazo y su brazo.

Un poderoso calor subió por su cuerpo y lo recorrió sin pudor, instalándose definitivamente en el centro de su pecho.

Al instante, quiso apartar la mano, pero algo muy fuerte le impidió hacerlo.

Le gustó el tacto de las callosas manos de Arran y aún podía sentir sobre su cintura esas mismas cuando la aferraron con fuerza para evitar caer.

Fue el nerviosismo del momento el que la hizo apartarse y mirarlo con odio aquella noche, pero en ese instante era todo lo contrario.

Al final, carraspeó y dio un paso a un lado para dirigirse hacia el perol de comida.

—Pues siéntate y vamos a disfrutar del guiso antes de que se enfríe.

—¡Espera! —Arran dudó—. Antes de que comamos, me gustaría darte algo.

El guerrero le tendió el manto y esperó su reacción, que no tardó en llegar. Los ojos de la joven se abrieron desmesuradamente y tardó un instante en levantar una mano para cogerlo.

—¿Y esto? No tenías que traer nada…

—Tú misma dijiste que te debía un manto porque el otro se te había roto, así que he querido obsequiarte con uno…

Inconscientemente, la mano libre de Willow se dirigió hacia el manto que cubría su hombro, recosido en varias ocasiones y que estaba ya demasiado raído y viejo para ella.

Pero prefería coserlo una y otra vez antes que gastar el dinero en uno nuevo.

Por ello, al ver el que Arran le había entregado, no pudo evitar sentir que esa extraña sensación de su pecho aumentaba.

—Vaya… lo dije porque me había enfadado al verlo roto. Jamás pensé que comprarías uno…

Arran se encogió de hombros, restándole importancia.

—Sea como sea, solo quiero reponerlo. Puede que, si no te hubiera asustado en medio de la noche, tú no te habrías caído y el manto no se habría roto…

Willow sonrió y lo apretó contra ella.

—Gracias… Ahora no sé si la comida es suficiente para agradecer todo…

Arran sonrió y se encogió de hombros.

—Si te soy sincero, no tengo mucha hambre en estos últimos meses, así que da igual cómo haya salido. Me conformo con la compañía de una persona a la que conocer…

La joven asintió y llevó el manto hacia el pequeño sillón de un rincón para guardarlo más tarde.

—Bueno, creo que yo ya te he conocido en varias situaciones. Me has salvado dos veces.

—Y no olvides que me has visto desnudo… Es mucho más de lo que otras mujeres pueden decir de mí…

Las mejillas de Willow se tornaron rojas por la vergüenza, pero sonrió tímidamente.

Y sin poder evitarlo, Arran se mordió el labio inferior.

No sabía por qué, pero aquella visión de la joven, tímida y avergonzada, que contrastaba con la primera visión que tuvo de ella, enfadada en el bosque, le gustaba tanto que no podía dejar de mirarla.

Willow llevó el perol al centro de la mesa para que se sirviera él toda la comida que quisiera. Ambos se sentaron en sus respectivas sillas y se miraron con cierta incomodidad desde cada lado de la mesa.

—Lo siento. No pensaba que hacer esta comida iba a resultar tan incómodo…

—Si lo deseas, puedo irme…

—No… Además, no solo tengo que agradecerte lo de la otra noche, sino también el manto y que me hayas salvado de Paul…

Arran sonrió y se sirvió un plato de estofado sin ser consciente de que lo hizo con la misma familiaridad que habría tenido con cualquier otra persona meses atrás.

—¿Desde cuándo te molesta ese imbécil?

—Realmente lo hace desde que llegué al pueblo, pero en las últimas semanas ha sido más insistente.

Arran tragó el primer bocado antes de replicar.

—¿Cuánto tiempo hace que llegaste al pueblo?

—Fue hace dos años —respondió sin pensar.

—Vaya… sí que hace tiempo que insiste ese tal Paul…

—Supongo que en algún momento le quedará claro que no quiero nada con él. Puede que incluso hoy sea ese día…

Arran sonrió y asintió.

—Espero que sí, aunque las personas que son como él no suelen dar su brazo a torcer tan pronto… ni siquiera por un puñetazo.

Willow frunció el ceño.

—¿Crees que volverá?

—Tal vez, aunque puede que ahora mire a un lado y a otro para comprobar si estoy cerca…

La joven dejó escapar una risa y lo miró atentamente.

Parecía estar disfrutando del estofado que había preparado, y eso le gustó.

El joven se veía relajado frente a ella, como si la conociera de toda la vida y no fuera la tercera vez que se veían.

Estaba claro que intentaba hacerla sentir bien con un carácter que le gustó.

Era el primero hombre que conocía que parecía tener buen humor a pesar de una seriedad autoimpuesta.

Desde que se había quedado sola, se había obligado a desarrollar una capacidad para leer a las personas y comprobar si podía fiarse de ellas o no.

Por eso, pudo leer más allá de la increíble muralla que había haberse levantado alrededor de Arran.

Había algo que le había hecho demasiado daño, y se reflejaba en la oscuridad bajo sus ojos y en la tristeza de su mirada, pero detrás de todo eso había algo muy diferente; había una picaresca que no había visto en otra persona.

Y quería saber más de él. Era peligroso indagar.

Estaba segura de ello, pero necesitaba saber más de él; su vida; las cosas que había experimentado, sentido, vivido…

Todo. Pues durante unos instantes, le recordó a ella misma después de haberse quedado completamente sola y sin saber a dónde ir.

Aquella mirada a veces vacía le sirvió de espejo, y supo que Arran sufría por algo que estaba dispuesta a comprobar.

—¿Y qué haces en el pueblo?

Arran la miró por encima de la cuchara cuando le hizo aquella pregunta. Acabó con el contenido de la misma y lo masticó en silencio y sin prisa, pues no tenía verdadera respuesta a aquella pregunta.

—El otro día dijiste que era una historia muy larga, así que hoy tenemos tiempo si quieres contarla…

Arran acabó sonriendo y tragó la comida.

—Eres muy curiosa.

—Lo soy si debo dilucidar si ahora en mi casa tengo a un ladrón, violador o asesino… —bromeó—. A ver si Paul no era tan mala compañía…

El guerrero se carcajeó y se dejó caer contra el respaldo de la silla. La miró con gesto divertido y acabó cruzándose de brazos.

—Así que quieres saber de mi vida…

—Bueno, antes hemos dicho que somos amigos. Y los amigos conocen los secretos…

Arran asintió sin perder la sonrisa. Después, deshizo el cruce de brazos y comenzó a jugar con la servilleta con una sola mano, mientras seguía mirándola, logrando ponerla nerviosa.

—¿Y si ahora te dijera que soy un asesino?

—No lo creo. El otro día te molestaste cuando sugerí que podías serlo…

—Chica lista…

Willow se encogió de hombros.

—Vivo sola, así que debo serlo.

—Pues, efectivamente, no lo soy. Soy uno de los hermanos del laird del clan Chattan.

La sorpresa de Willow fue mayúscula. La joven dejó caer la cuchara al plato con los ojos muy abiertos. Estuvo a punto de atragantarse con la comida, aunque logró tragarlo antes de encontrar de nuevo la voz para hablar.

—¿El hermano del laird Chattan?

—Sí… ¿Ocurre algo? Por tu rostro, parece que hayas visto un fantasma…

—¡Sí! Es decir, ¡no!

Willow se levantó y miró con incomodidad a su alrededor.

—Es solo que… mi casa no es lo suficientemente bonita y acogedora para el hermano de un laird…

Arran arqueó una ceja y le señaló la silla intentando contener la risa.

—Siéntate, por favor. Tu casa es perfecta. Deberías ver la mía…

El guerrero se divirtió con la expresión que tenía Willow en la cara mientras volvía a tomar asiento. La vio mirar de nuevo a su alrededor, incómoda.