Pacto con el guerrero (Corazones oscuros nº 4) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

Durante los meses que se encontraba en el clan Sinclair, Arran no había tenido la necesidad de afeitarse bien la barba, peinarse o incluso asearse bien cuando terminaba su jornada de trabajo en las tierras.

Sin embargo, ese día era diferente. No sabía exactamente por qué, pero el mero hecho de hacer algo distinto a lo que solía hacer desde hacía cuatro meses lo llenaba de excitación.

Habían pasado dos días desde que viera por última vez a Willow en la orilla del río y aún se le dibujaba una sonrisa en los labios sin que se diera cuenta.

Desde que había sucedido lo de su hermano Kester y había caído al pozo de cabeza, no se había preocupado de lo que pudiera pensar una mujer sobre él al verlo, pero cuando vio salir a la joven de entre los matorrales, dispuesta a lavar su ropa, había tenido la imperiosa necesidad de mostrarse imponente ante ella, algo que había sido innato en él desde que tenía uso de razón.

Y lo había divertido contra todo pronóstico.

Ver su sonrojo y la vergüenza en las mejillas de la joven había provocado que todo su cuerpo vibrara y sintiera algo diferente por primera vez en mucho tiempo. Y a pesar de que hacía tiempo que expulsaba a la gente de su camino, en ese caso era todo lo contrario y quería volver a verla de nuevo.

Por ese motivo, Arran le había pedido terminar antes su jornada a uno de los hombres de Cameron.

Este, conocedor de lo que le había pasado y del incansable trabajo que estaba realizando en las tierras, asintió sin pensar, dejándolo marchar antes de tiempo y sin hacer preguntas para evitarse problemas con él, aunque con la rápida resolución de contarle a su laird lo que había sucedido para que estuviera al tanto del cambio del guerrero Chattan.

En el momento en el que Arran llegó a su cabaña, se aseó todo lo que pudo, se puso ropa limpia y sin pensar mucho, se encaminó hacia la casa de Willow.

Algo dentro de él estaba despierto, agitado, y no sabía exactamente cómo gestionarlo, pero lo que sí sabía era que deseaba verla para poder sentirse vivo de nuevo.

Y a medida que atravesaba el pueblo, rezó para que la joven provocara en él ese mismo efecto o tenía la impresión de que estaría perdido para siempre.

En sus manos llevaba un pequeño manto que le había comprado como regalo por el que se había rajado la noche en la que la conoció.

Sabía que era una tontería, pero quería hacerle ese obsequio ahora que ella iba a invitarlo a comer.

Lo miró de reojo en su mano derecha y casi sintió vergüenza.

Deseó regresar sobre sus pasos y guardarlo en lo más profundo de un arcón, pero lo había comprado exclusivamente para ella y estaba decidido a dárselo.

Y en ese instante, su mente voló a Kester, pues él sabría muy bien cómo gestionar ese momento incómodo en el que le daría el manto.

Él, en otro momento de su vida, también habría sabido hacerlo, pero ya no estaba acostumbrado y no sabía cómo llevarlo a cabo.

Pensó en Willow por el camino. Durante esos dos días no la había visto y se preguntó por qué el destino no había querido que la viera, pues ahora se encontraba ansioso por tenerla frente a él.

A media que avanzaba, se preguntó qué le estaba pasando con ella.

Solo la había visto dos veces, pero fueron lo suficiente para hacerlo despertar de su letargo a pesar de que él se sentía a gusto en él.

En parte, sentía miedo por volver a sentir, por disfrutar y por vivir, pues tenía la impresión de que estaba traicionando a Kester.

Sin embargo, ese sentimiento era tan poderoso y fuerte que no podía negarse a él.

Y quería sentirlo de nuevo, como un embrujo que se había instalado en su interior y lo obligaba a necesitarlo constantemente.

Arran se golpeó mentalmente cuando se dio cuenta de que estaba nervioso.

Las manos le temblaban ligeramente y tuvo que respirar profundamente antes de entornar los ojos cuando la casa de Willow se dibujó en su campo de visión.

Siguió las indicaciones que le había dado la joven para llegar a su casa, pero, aunque no las hubiera recordado, esta se encontraba en la puerta de la cabaña con otro hombre.

Arran frunció el ceño y se quedó rezagado, apoyado contra la esquina de una casa para vigilar qué estaba pasando.

En ese instante, una parte de él, la más vulnerable, le dijo que lo suyo era solo un juego y que Willow había sido la protagonista del mismo, que debía marcharse de allí y regresar por donde había venido.

Sin embargo, su parte más racional le pidió que esperara y escuchara atentamente.

Y eso fue lo que le dio la respuesta que necesitaba:

—Me estás empezando a cansar, Paul. Ya te lo he dicho mil veces…

Arran vio que el joven con el que estaba hablando Willow apoyaba un brazo sobre el dintel de la puerta de la casa de la ella y sonreía despreocupadamente.

La arrogancia y fanfarronería con la que habló a la joven no le gustó en absoluto al guerrero Chattan, que entornó los ojos para clavar su mirada en él.

—Venga, Willow. Los dos sabemos que tu situación es insostenible. Y no vas a encontrar a ningún otro hombre como yo en todo el pueblo.

Arran escuchó resoplar a la joven, que se veía realmente nerviosa y apesadumbrada con esa visita.

Desde su posición, el guerrero vislumbró las manos temblorosas de la joven, su incansable movimiento de pies, que indicaban que deseaban marcharse, la forma de retorcerse los dedos a cada instante, su mirada, que observaba de un lado a otro de la calle como si buscara la ayuda de alguien…

Todo en ella indicaba que no deseaba que ese tal Paul se encontrara allí.

—Es que no quiero encontrar a nadie ni en el pueblo ni en el castillo ni en ningún lado. Déjame en paz, por favor. Ya te lo he dicho muchas veces.

El aludido pasó una mano por sus labios mientras miraba de arriba abajo a la rubia.

—La gente del pueblo apenas te da trabajo para comer. Conmigo jamás te faltaría un plato sobre la mesa con el que llenar tu estómago.

Willow rodó los ojos e intentó respirar hondo para mantener la calma, que estaba a punto de perderla.

—Con el trabajo del pueblo y del castillo es más que suficiente para mí sola.

—Eso es ahora que eres joven. Cuando seas mayor, nadie querrá saber nada de ti.

—Curiosa forma de intentar que sea tu esposa…

—Es que una mujer como tú no debería estar sola.

—Una mujer como yo decide lo que quiere o lo que no. Y lo que deseo es que no vuelvas a insistirme con esto. No me voy a casar contigo, Paul.

Arran frunció el ceño y salió de su escondite para acercarse a la pareja. En ese momento, Willow se había movido y le daba la espalda, por lo que no podía verlo aparecer. El interlocutor de la joven se acercó demasiado a ella y la aferró del brazo.

—No voy a parar hasta que seas mi esposa.

Willow abrió la boca para responder, pero fue una voz a su espalda la que lo hizo.

—Me parece que ella te ha dicho que no quiere saber nada de ti.

Con ojos demasiado grandes, Willow se giró hacia él, sorprendida y en parte avergonzada.

—¿Tú quién coño eres para meterte en esta conversación? —preguntó Paul mirándolo de arriba abajo con cara de asco.

Arran se puso al lado de la joven y cuadró los hombros como solía hacer cuando aún era guerrero.

Desde que estaba en el clan Sinclair se había propuesto no meterse en problemas, pero no pudo evitar interponerse en medio de esa conversación al ver cómo la joven parecía tener problemas para hacerse entender.

—Eso te tiene que dar igual. Lo importante aquí es que esta mujer te ha dicho que la dejes en paz, pero pareces tener problemas con tus oídos porque sigues insistiendo.

—El que va a tener problemas aquí eres tú si no te largas y nos dejas en paz.

Arran vio cómo lo miraba retorciéndose las manos.

—No me importaría tener problemas contigo si con eso te hago entender que Willow no quiere nada contigo.

Paul se retiró de la pared y lo encaró.

—¿De qué la conoces?

—De algo que no te voy a contar…

—Deberías hacerlo teniendo en cuenta que soy su pretendiente.

La joven abrió la boca, sorprendida ante tal afirmación. Por el contrario, Arran no pudo evitar lanzar una carcajada que resonó extraña en su pecho.

—¿Su pretendiente? Qué mal gusto tiene entonces, ¿no crees?

Paul lo empujó, dispuesto a lanzarse contra él en cualquier momento.

—Te voy a borrar de un puñetazo la sonrisa de la cara…

Y sin mediar palabra, fue Arran y no Paul quien lanzó ese golpe, sorprendiendo al pretendiente de la joven, cuya obstinación y fanfarronería disminuyeron al instante.

—No si antes te lo doy yo… —fue la respuesta del guerrero Chattan.

—Eres un desgraciado. Se lo diré al laird.

—¿No prefieres decírselo mejor a tu madre? —respondió Arran con socarronería que creía olvidada—. Tienes pinta de no haber salido aún de entre sus faldas…

Paul apretó los puños y miró a ambos con odio antes de darse media vuelta y marcharse de allí, dejándolos solos.

Muy solos.

Willow levantó la mirada hacia él y, sorprendiendo a Arran, lanzó una sonora carcajada que iluminó su rostro por completo. Sin darse cuenta, el guerrero la secundó sin perderse detalle del rostro de la joven, que parecía ser otro completamente diferente al que había visto en los días anteriores.

—Vaya, me anotaré esa forma de acabar con las conversaciones que incomodan.

—Ya sabes que solo hay que cerrar el puño y aplastarlo contra el rostro de la otra persona. Pero no lo hagas contra mía, por favor. He sido yo quien te ha dado la idea.

Willow rio y negó con la cabeza.

—Tranquilo… Entra, ya tengo la comida preparada.

Arran se mostró agradecido, pero no estaba seguro de que fuera buena idea.

—Después de lo que ha pasado ¿te gustaría que entrara? Tal vez voy a dañar tu reputación. Me ha visto contigo y te he defendido.

Willow puso los ojos en blanco y se apartó, señalándole la entrada a la casa.