CAPÍTULO 3 #2
A pesar de que no pretendía hacer demasiada amistad ni con ella ni con nadie, no pudo evitar hacerle esa pregunta.
—Oh, no estoy casada. Vivo sola en una casa a las afueras del pueblo. En el lado norte.
—Ah, lo siento.
—¿Sientes que no esté casada?
Arran negó con la cabeza.
—¡No! No me refiero a ello… Yo… La verdad es que es lo único que se me ha ocurrido decir. Ni siquiera sé por qué lo he hecho.
Willow esbozó una sonrisa suave.
—Tranquilo. Era broma. Estoy muy feliz así. Prefiero estar sola a estar casada con alguien a quien no amo.
Arran le devolvió la sonrisa.
—Buena apreciación —le dijo a la joven.
Willow asintió y miró el cesto de la ropa. Durante unos instantes, había olvidado por completo el motivo por el que estaba en ese lugar. Por ello, se agachó para recogerlo de nuevo y comenzar a lavar su ropa. Sin embargo, se dio cuenta de algo:
—Por cierto, déjame agradecerte lo que hiciste por mí la otra noche. Si te parece bien, me gustaría invitarte a comer a mi casa.
En ese instante, la media sonrisa de Arran se desvaneció de golpe. De repente, fue consciente de lo que significaba aceptar una amistad: la posibilidad de perderla y volver a sufrir. Inconscientemente, dio un paso atrás, sin darse cuenta de la vergüenza que se reflejó en el rostro de Willow.
—Lo siento, he sido demasiado atrevida. Mis padres siempre invitaban a la gente que les hacía un favor. Lo siento, de verdad. No quería incomodarte.
Arran se obligó a reaccionar.
—No, no. Soy yo quien lo siento. Es solo que… me he dejado llevar por lo que siento en los últimos meses.
Jamás pensó que diría esas palabras en voz alta, hasta que se dio cuenta de la mirada curiosa de Willow. En ese momento, se obligó a sonreír.
—Acepto tu generosidad, aunque no sé si es lo mejor para tu…
Willow arqueó ambas cejas.
—¿Mi qué…? —preguntó la joven.
—Tu honor… Estás invitando a un hombre a tu casa…
Willow dejó escapar el aire con una simple carcajada.
—No te preocupes por eso. Apenas conozco a nadie aquí y eso no es algo que me importe demasiado.
Arran se mordió el labio. Tenía clara cuál era la respuesta. Debía ser una negativa para evitar hacerla sufrir o que ese sufrimiento lo sintiera él. Estaba manteniendo una guerra consigo mismo. Sin embargo, la perdió irremediablemente cuando respondió:
—Entonces, sí. Acepto.
Willow esbozó una sonrisa amable y asintió:
—De acuerdo. Te espero pasado mañana a la hora de la comida. Mi casa es la que tiene un par de plantas a cada lado de la puerta. Recuerda: lado norte del pueblo.
Arran asintió y cogió sus cosas para marcharse de allí. Sin poder evitarlo, le guiñó un ojo cuando se marchó y la dejó sola.
La joven sonrió, embobada, mientras lo vio marcharse.
Sus brazos estaban comenzando a cansarse de aferrar el cesto, pero apenas lo sentía.
Algo dentro de ella se agitó al verlo con la claridad del día.
Ya lo había considerado un hombre atractivo la otra noche cuando la salvó de partirse el cuello, pero ahora, con la luz del día, pudo comprobar que era aún más guapo de lo que recordaba.
Mientras se agachaba junto a la orilla del río, Willow se reprendió a sí misma.
Apenas lo conocía y lo había invitado a comer a su casa.
Tal vez era un gesto demasiado descocado, pero no había podido evitarlo.
Quería agradecerle lo que hizo por ella y, en parte, pedirle disculpas por haberlo tratado así.
Sin embargo, una parte de su ser le dijo que ese hombre podía significar el peor de los desastres para su vida, pues a pesar de la oscuridad que rezumaba en su interior, todo su ser vibró ante lo que transmitía cada vez que la miraba.
No obstante, sin perder la sonrisa, Willow se agachó en la orilla del río y comenzó a lavar la ropa.
Desde que había huido del palacio de su tío no se había preocupado de hacer amigos, pero, sin saber por qué, sentía la necesidad de conocerlo en profundidad y perder el miedo a ser descubierta o moriría de auténtico asco ante su soledad, aunque fuera una de las cosas más peligrosas que podía hacer en ese momento.
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Arran no era consciente de la expresión de su rostro a medida que se alejaba del río y volvía a cruzar por el pueblo hasta llegar a su cabaña.
Iba demasiado metido en sus pensamientos; unos pensamientos que, por primera vez en meses, estaban alejados de su hermano Kester y del dolor en el que se había sumido.
Esta vez, se había colado un rostro nuevo en medio de aquella oscuridad.
Un rostro que era totalmente opuesto a lo que sentía; era luz; era alegría; era esperanza.
No sabía por qué, pero la imagen de Willow le transmitía la paz que necesitaba; algo que nadie había conseguido durante esos meses.
Y lo más curioso de todo era que la joven lo había conseguido con un par de miradas.
Pero él siempre había sido un buen conocedor del alma de las personas, por eso había logrado fugazmente.
Arran respiró hondo sin ser consciente de que estaba sonriendo.
De hecho, no siquiera se fijó en que estaba llegando a su cabaña hasta que vio una sombra moverse en el frente.
En ese instante, levantó la mirada y su sonrisa se quedó, momentáneamente, congelada en sus labios.
Rápidamente, la borró y mantuvo la misma pose seria de los últimos meses.
Desde la puerta de su cabaña, donde lo estaba esperando, James arqueó una ceja. Había visto claramente la sonrisa genuina de Arran antes de que este la borrara al darse cuenta de que estaba allí. Por ello, se cruzó de brazos y lo miró intentando mostrarse serio, sin conseguirlo.
—¿A qué vienes hoy también? Al final, voy a tener que construir una habitación para ti…
James sonrió y lo miró de arriba abajo.
—¿Me ha sentado mal la copa de vino que me he tomado o puede que te haya visto sonreír?
Arran le enseñó los dientes, pero James no cejó en su empeño cuando llegó junto a él.