CAPÍTULO 3
Dos días después, su jornada como campesino terminó mucho antes de lo que pensaba.
Uno de los hombres de Cameron les había indicado que acabaran antes para descansar por el trabajo que habían realizado sin descanso desde que el invierno comenzó a dar los últimos coletazos.
Pero Arran sabía que era por él. Nadie le había comentado nada, pero siempre había sido un buen rastreador.
Fingía que no se enteraba de nada debido a su amargura, pero aquella parte guerrera de él no se había dormido del todo.
Mientras trabajaba, había visto hablar a Thor con algunos guerreros que se acercaban a ver el trabajo, y él sabía, por su propio clan, que el laird no se preocupaba tanto de las tierras como para ir a ellas a diario.
Sabía que Cameron lo hacía por él, para comprobar cómo se encontraba, y no le extrañaría nada que fuera por petición de su propio hermano Rowan.
Incluso su compañero le había dicho, en varias ocasiones, que no trabajara de esa forma tan incansable, pues acabaría enfermando. Pero no le importaba. Quería seguir sintiendo dolor en su cuerpo para despejar la mente de otros pensamientos en los que no quería seguir discurriendo.
En un principio, Arran se había negado a dejar de trabajar tan temprano.
Sin embargo, Thor había llegado a amenazarlo con decírselo al laird Sinclair para que lo expulsaran por trabajar así.
Por ello, tras una guerra visual contra su compañero, Arran decidió dejar de trabajar y marcharse a su cabaña, aunque sin ningún plan para conseguir que sus pensamientos no se hicieran con el control.
Por eso, una vez estuvo dentro y miró a un lado y a otro y sintió que las paredes de la casa comenzaban a echársele encima, optó por coger ropa limpia y caminar hasta el río para darse un baño de agua fría.
El joven carraspeó. Hablaba tan poco con la gente que había a su alrededor normalmente que había llegado a dolerle la garganta en muchas ocasiones cuando hablaba un poco más. Pero prefería vivir su vida así: lejos de amistades que pudiera provocarle más daño si morían y sin nadie con quien hablar.
Tras cruzar el pueblo y llegar junto al río, miró a un lado y a otro para comprobar que no hubiera nadie cerca.
Y al ver que se encontraba solo, dejó su ropa limpia a un lado y se desnudó por completo.
El frío del día le dio de lleno en la piel, pero apenas le produjo sentimiento alguno.
Al contrario, tenía la impresión de que ese frío lograba aplacar ciertos sentimientos que se negaban a abandonarlo.
Poco a poco, Arran se metió en el agua. Miró hacia el cielo y vio que estaba comenzando a encapotarse, por lo que tal vez al finalizar el día se desataría una tormenta sobre el pueblo.
En el momento en el que se metió por completo en el agua, se mantuvo quieto, con los ojos aún cerrados y simplemente disfrutando de ese silencio y esa calma que parecía haber a su alrededor y que tanto necesitaba.
Respiró hondo y llevó el aire a su estómago, sintiendo cómo se hinchaba y deshinchaba lentamente.
Pero para lo que no estaba preparado era para que en su mente se formara la imagen que vio al llegar a su castillo tras el ataque de los Ross a los Chattan.
La imagen de Kester apareció allí y, rápidamente, abrió los ojos.
—Maldita sea… —murmuró entre dientes.
Se dijo que ni siquiera en medio de ese paraíso podía estar tranquilo y con la mente clara, sin pensamientos dolorosos. Por ello, se giró para salir del agua, pero, en ese instante, una sombra salió de entre los árboles con un cesto de ropa sucia.
—¡Dios santo! —la escuchó exclamar.
Antes de levantar la mirada hacia la orilla, sabía que era ella.
Habría reconocido esa voz en cualquier lugar a pesar de haberla escuchado tan solo una vez.
Debido a la sorpresa, no recordó que estaba completamente desnudo mientras salía del agua, ya que su mirada estaba únicamente puesta sobre la joven que se encontraba al lado del río y con las manos colocadas sobre el rostro, al tiempo que miraba hacia otro lugar.
El cesto de la ropa se le había caído de las manos al mirar hacia el interior del río y verlo completamente desnudo.
Tal y como le ocurrió la vez anterior, una sonrisa divertida surcó su rostro sin que él se diera cuenta de ello.
—¿Qué demonios haces aquí, así? ¡Podría decírselo al laird!
Arran se quedó justo tras ella con las manos sobre la cintura, chorreando agua y sin importarle ni un ápice su desnudez. La joven le daba la espalda y aún mantenía las manos sobre un rostro que, a pesar de no verlo por completo, sí podía vislumbrar que estaba totalmente rojo por la vergüenza.
—El laird me dará la razón después de que le diga que quien llegó primero al río fui yo.
Con el rostro aún tapado, Willow abrió desmesuradamente los ojos.
No había mirado al rostro del hombre que se estaba bañando, sino que su traidora mirada había descendido rápidamente hacia ese amplio y musculoso pecho que salía del agua en ese instante.
Y lo peor de todo era que le había dado tiempo a ver su miembro antes de que tuviera valor de apartar la mirada.
Por ello, sorprendida, apartó las manos de su rostro y se giró hacia él. Observó aquellos ojos del color del acero y esa barba que recordaba desde hacía dos noches. Descubrió una pequeña cicatriz en la ceja y el hombro izquierdo mientras una sonrisa pícara la miraba bajo la barba.
—¡Eres tú!
—No me extraña que te des cuenta ahora. Mientras salía del agua mirabas el resto de mi pecho…
Willow sintió que se sonrojaba de nuevo y dio un paso atrás. En ese instante, su mirada volvió a descender y logró apartarla a tiempo, provocando que el joven dejara escapar una risa.
—Por Dios, ¡vístete! —exclamó.
—¿No te gusta así?
—¡Sí! —su boca la traicionó—. O sea, ¡no! Yo solo venía al río a lavar mi ropa.
—Puedes hacerlo. A mí no me molestas…
Arran le dio la espalda para secarse y comenzar a vestirse.
—¡Estás desnudo!
—No querrás que me meta en el agua con la ropa puesta. Podría pesar demasiado y hundirme. Y si muero, sería culpa tuya.
Willow lo miró de nuevo, manteniendo su mirada clavada en sus ojos.
—No deberías haberlo hecho. Aquí pueden venir incluso niños y te verían… desnudo.
—Pero ahora solo estás tú.
Incómoda, Willow miró a un lado y a otro, dándose cuenta de que era cierto. Estaban lejos del pueblo y nadie la escucharía gritar si le ocurría algo.
—Tranquila, no pienso violarte.
Willow lo miró, sorprendida de que hubiera leído su pensamiento.
—Yo no he dicho eso.
—Tus ojos sí.
La joven se quedó sin habla y observó los dos mechones rebeldes de pelo que caían por la frente de su interlocutor.
Hacía dos noches solo había visto que era un pelo oscuro, pero la luz del día le indicó que era castaño con reflejos rojos.
Ya había comenzado a vestirse, pero ella se puso tan nerviosa que se giró con intención de marcharse, dejándose olvidado el cesto con la ropa.
—¿Vas a huir hoy también?
Willow se giró hacia él y se retorció las manos.
—Yo no huyo.
Lo vio arquear una ceja mientras se ataba el kilt a la cadera.
—Yo diría que sí. Incluso te dejabas la ropa junto a la orilla…
—Para venir más tarde… —repuso intentando simular un gesto altivo que le hizo gracia a Arran.
Este se puso la camisa por encima de la cabeza y después volvió a mirarla.
Ahora que la observaba de día, podía afirmar una vez más que era verdaderamente hermosa.
Parecía ser un pequeño duende del bosque que se había cruzado en su camino para poner todo patas arriba.
Era más baja que él y, desde su altura, tenía casi la necesidad de estrecharla entre sus brazos, aunque desconocía por qué.
—Entonces, sí que huías.
Willow se cruzó de brazos y elevó el mentón con orgullo.
—¿Y qué si era mi intención?
—Que habrías tardado más en llegar a casa porque yo no pensaba hacerte nada malo.
—Nadie puede fiarse de la gente desconocida que se encuentra en el camino.
—Bueno, al fin y al cabo, no somos tan desconocidos… La otra noche ya nos vimos y, por lo que deduzco, vivimos en el mismo pueblo, aunque jamás nos hayamos visto…
La joven torció el gesto.
—Eso es cierto… —admitió con vergüenza.
Arran se mordió el labio inferior mientras esbozaba una sonrisa genuina sin ser consciente de ello.
En cuestión de dos días había sonreído mucho más que en los últimos meses, y tan solo por aquella joven a la que no conocía, pero que había despertado en él sentimientos desconocidos con tan solo una mirada.
—Es que no sabía si eras un violador, ladrón o asesino.
Arran dejó escapar una carcajada.
—Vaya, qué apelativos más agradables. Gracias.
Con cierta vergüenza, Willow sonrió.
—Es la verdad.
—Me alegra escucharla.
Cuando terminó de vestirse, Arran dio un paso hacia ella.
—Por cierto, no nos han presentado. Soy Arran Chattan.
—Willow Sutherland.
Una de las cejas del guerrero se arqueó ligeramente.
—¿Sutherland? Estás un poco lejos de tu clan…
Willow se mostró incómoda.
—Sí… allí ya no me ataba nada —Y rápidamente cambió de tema—. Tú tampoco estás en el tuyo…
Arran se encogió de hombros.
—Es una larga historia… De todas formas, si siguiera en mi clan, no me habría cruzado contigo para que me llamaras violador, ladrón o asesino…
Willow sonrió ampliamente.
—Lo siento, no era mi intención. No busco problemas.
Arran levantó ambas manos en señal de paz.
—Tranquila. No voy a ir a hablar con Cameron por semejantes piropos.
La joven lo miró en silencio, sin saber qué más decir. Por lo que soltó lo primero que le vino a la mente.
—Por cierto, la otra noche no te di las gracias por haberme salvado de romperme el cuello.
—No tienes por qué. Yo tampoco te he comprado aún un manto nuevo.
Willow sonrió y se encogió de hombros.
—No tienes que hacerlo. Lo dije porque estaba enfadada. Es mi único manto y se acababa de rasgar. Ya está cosido.
Arran asintió.
—Supongo que, cuando llegaste a casa, tu esposo te preguntó qué había pasado.