CAPÍTULO 2
No podía creerlo. Arran abrió los ojos desmesuradamente al escuchar de nuevo la queja de la joven que había frente a él subida a un pequeño árbol mientras intentaba recuperar un manto que se había quedado enganchado en una de las ramas.
La joven estaba de espaldas a él, por lo que no podía verlo.
Y por ese motivo, Arran se detuvo un instante más en disfrutar de aquella imagen.
Sin darse cuenta, por primera vez en varios meses, estaba disfrutando de algo. Por primera vez, había algo que le hacía gracia. Y, por primera vez, sonreía como había hecho en otras ocasiones. Pero no era consciente de ello.
Se cruzó de brazos y miró a la joven, que renegaba en voz baja mientras intentaba recuperar el manto, que tal vez había salido volando por el viento que soplaba aquella noche.
A pesar de la oscuridad, pudo ver que se trataba de una joven de estatura media y complexión normal.
El viento movía su pelo rubio y rizado como si se tratara de una bandera, llevando hacia él un suave olor a lavanda que llenó todos sus sentidos.
El vestido, de color oscuro, se había subido ligeramente, mostrando unas pantorrillas que hicieron sonreír aún más a Arran.
—Suéltate ya, maldita sea… —gruñó la joven.
Su voz era melodiosa. Y a pesar del tono duro y enfadado, dentro del pecho del guerrero algo pareció calmarse, como si hubiera dado en un lugar donde necesitaba sentir algo de paz. Y eso lo sorprendió.
—¿Necesitas ayuda? —le preguntó en tono ligeramente suave para evitar asustarla.
No obstante, a pesar de que había intentado no hacerlo, la joven no esperaba que hubiera alguien detrás de ella y se sobresaltó, provocando que tirara definitivamente del manto, rajándolo, y trastabillando al intentar poner el pie en otra rama.
Al instante, se vio cayendo hacia atrás.
Y a pesar de que esperó el golpe contra el suelo, los fuertes brazos de Arran la recogieron a tiempo antes de que su espalda chocara irremediablemente contra el suelo.
Arran la apretó contra sí para evitar que se hiciera daño y, en ese momento, unos ojos grandes se elevaron hacia él.
Eran azules y muy vivos. A pesar de la oscuridad, pudo ver con claridad el brillo de estos.
Una nariz chata se elevaba hacia él y marcaba el camino hacia unos prominentes labios que, en otra ocasión, habría besado sin pensárselo.
Y al darse cuenta de hacia dónde iban sus pensamientos, rápidamente la bajó al suelo.
Su sonrisa se había borrado, volviendo a mostrar un rostro serio y frío, lo cual hizo que la joven diera un paso hacia atrás.
—¿Qué hacías ahí? Me has asustado.
Aquella voz, aquel rostro y aquella situación provocaron que Arran sintiera un fuerte golpe en lo más profundo de su ser, algo que no había sentido nunca, pero que pareció sacarlo momentáneamente de la oscuridad que ahora reinaba en su corazón.
No podía verla con la suficiente claridad, pero era la joven más bella que había visto jamás.
La dulzura que transmitía, a pesar de su pregunta y su queja, fue como un bálsamo instantáneo para él. Y eso lo molestó.
—¿Ahora la culpa es mía de que te subas a los árboles y no sepas dónde poner el pie?
La joven frunció el ceño.
—Estaba bien agarrada mientras intentaba coger el manto. Ha sido al asustarme cuando me he caído…
Arran dejó escapar una risa.
—¿Era necesario subirse de noche? Lo podrías haber cogido mañana.
—¿Mañana? ¿Acaso no sientes el frío que hace esta noche?
Arran negó con la cabeza. Y era cierto. Hacía tanto tiempo que no era capaz de sentir nada que incluso el frío no lo incomodaba en absoluto.
—Pues esta noche te servirá de poco porque se ha rajado.
—Por tu culpa —le espetó la joven mostrándoselo—. Me debes un manto.
Y sin añadir nada más. Se giró y se marchó corriendo hacia el pueblo, perdiéndose en la oscuridad de la noche y dejándolo completamente solo.
Inconscientemente, Arran volvió a sonreír al tiempo que negaba con la cabeza.
Aquella situación le había parecido tan insólita que no pudo evitar que sus labios se curvaran de nuevo.
Rápidamente, volvió a quedarse en completo silencio, pues los pasos de la joven se perdieron entre los árboles.
Y en ese instante se dio cuenta de que no le había preguntado su nombre.
Hasta ese momento, no la había visto por el pueblo, pero teniendo en cuenta que la vio dirigirse hacia allí, supuso que su dolor le había impedido verla.
Por ello, se prometió caminar con la cabeza en alto y la mirada en los demás para intentar volver a verla, esta vez de día, y así intentar ver aquel rostro angelical y lleno de luz que parecía haber iluminado el bosque en mitad de la noche.
Pero no solo eso, sino también un corazón que había estado muerto durante demasiado tiempo.
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Willow llegó corriendo a su pequeña cabaña.
En el momento en el que cerró la puerta tras ella logró dejar escapar el aire contenido.
Había salido demasiado tarde a dar un paseo por el bosque y se le había hecho de noche.
Pero lo que no imaginó en ningún momento era que el fuerte viento que se había levantado se llevaría su pequeño manto.
Lo había intentado agarrar antes de que saliera volando, pero no lo consiguió.
Y, por ese motivo, tuvo que subirse al pequeño árbol para recuperarlo.
Lo que no se habría imaginado ni en mil vidas era que, en mitad de la noche, aparecería un hombre como aquel.
El miedo le había hecho gritar cuando sintió que caía, pero habría gritado mucho más después de sentir que unos fuertes brazos la agarraban para evitar que se diera de bruces contra el suelo.
No había querido fijarse en eso, pero le resultó imposible no sentir contra su cuerpo los fuertes músculos del desconocido.
Pero lo peor de todo llegó cuando levantó la mirada hacia él antes de que la dejara contra el suelo.
Había podido ver unos ojos del color del acero que la observaban con curiosidad y cierta diversión.
La oscuridad no le impidió verlos, pues habían estado tan cerca de su propio rostro que había podido sentir cómo todo su ser se exaltaba al ver lo atractivo que era ese desconocido.
Jamás se había fijado en un hombre de esa manera.
Desde lo que ocurrió en el palacio de su tío, Willow solo había deseado vivir en paz y no resaltar sobre los demás para evitarse problemas, por lo que mucho menos se fijaría en un hombre de esas características.
Y, sin embargo, no había podido evitarlo.
Pudo ver su altura cuando la dejó en el suelo.
Era mucho más alto que ella y tuvo que elevar la cabeza para poder mirarlo a los ojos.
Se había puesto más nerviosa que nunca ante aquella visión que parecía casi irreal.
El rostro de ese hombre estaba ligeramente tapado por una barba de varios días.
Y un pelo que parecía ser oscuro se arremolinaba sobre su frente, dándole un aspecto ligeramente oscuro y peligroso.
Lo había visto vestir un kilt, pero la noche le impidió ver los colores.
No lo había visto jamás en el pueblo a pesar de que hacía dos años que vivía allí.
Había ido de un lado a otro tras lo sucedido con su tío para evitar ser encontrada.
Ni siquiera sabía qué había pasado con ellos, pero deseó que estuvieran muertos.
Por eso, cuando llegó al clan Sinclair y vio que estaba demasiado al norte y que tal vez allí no la encontrarían, se internó entre su gente y vivía tranquilamente ayudando a algunas personas a cambio de monedas con las que comprar comida.
No era la vida que había deseado, pero sí la que se había ganado tras lo sucedido.
Y prefería vivir de esa forma tan sumamente modesta antes que hacerlo en el palacio de su tío como esposa de su primo. Se negaba en rotundo.
Willow suspiró y se dejó caer contra una silla al tiempo que su pensamiento regresaba al joven con el que se había cruzado.
Había tenido que salir corriendo del bosque para evitarse problemas con él, pero se había agitado tanto que tenía la impresión de que una parte de ella se había quedado junto a él.
Y, durante unos segundos, rezó para no tener que verlo nunca más.
Willow renegó entre dientes cuando miró el manto.
Era el único que le quedaba con los colores del clan de su madre, el Sutherland.
Ya no tenía más, por lo que debía coserlo para volver a ponérselo y no pasar frío en los últimos días de invierno antes de que llegaran los buenos días y pudiera guardarlo y ahorrar para comprar otro nuevo.
A veces, deseaba deshacer el camino hasta la casa de sus padres, herencia suya, y coger algo para poder venderlo. Sin embargo, no tenía dinero para viajar más al sur, y no podía perder su trabajo en el pueblo, ya que no tendría nada para comer.
Mientras se levantaba para prepararse algo de cena, la mente de Willow viajó al momento en el que su vida cambió por completo.
Durante dos años siempre pensó que no podría pasarle nada peor que la muerte de sus padres.
Sin embargo, no era así. En el momento en el que vio a su hermano muerto en la cama algo cambió dentro de ella.
Había perdido el juicio momentáneamente.
No se había parado a pensar en lo que había pasado, ni siquiera se planteó acercarse a la cama para abrazar el cuerpo de Andrew.
Su mente le aseguró que la culpa de todo eso la tenían su tío y su primo y, por ello, había decidido acabar con ellos.
En aquel momento, se movió de forma automática.
No pensó en lo que iba a hacer, sino que se dejó llevar por el dolor que le provocó aquella visión que aún a día de hoy seguía acompañándola en sueños.
Todavía podía escuchar los gritos de dolor de su primo cuando le rajó la cara, pero aún más los de su tío.
Aún no podía entender cómo era posible que hubiera podido escapar del palacio sin ser detenida, pero la suerte sin duda había estado de su parte en aquel momento.
No así con su hermano, que había muerto de forma horrible en su propia cama.
Todavía se golpeaba mentalmente por no haber escuchado aún movimiento, grito o golpes en la habitación de Andrew durante la noche, pero había caído tan rendida en la cama que le había sido completamente imposible. Y se culpaba.
Willow sabía que jamás iba a perdonarse por la muerte de Andrew. Esto siempre la perseguiría y nunca podría sentirse a gusto consigo misma después de no haber podido hacer nada por él.
Por las noches, se despertaba envuelta en llanto y sudando después de haber tenido una pesadilla más con él.
Siempre era la misma: ella llegaba corriendo a su dormitorio y un hombre sin rostro le cortaba el cuello a su hermano sin que ella pudiera acercarse a la cama.
Después, lo veía morir al tiempo que le alargaba una mano pidiendo desesperadamente su ayuda.
Así, día tras día, Willow despertaba casi sin haber podido descansar.
Ni siquiera pensaba en lo que le había hecho a su tío y su primo.
Eso ni le preocupaba ni la hacía sentir culpable.
Al contrario, sentía que una parte de ella se alegraba por haber vengado a su hermano, pero no lograba arrancarle la culpabilidad.
La joven comió un trozo de queso casi con desgana. El nerviosismo que se había instalado en su vientre al hablar con ese desconocido aún estaba dentro de su cuerpo y amenazaba con seguir ahí por varios días.
Minutos después, tras terminar su pequeña cena, sacudió la cabeza y se marchó a dormir. Sabía que tenía que coser su manto, pero lo dejó para el día siguiente. Se encontraba tan cansada que solo quería dejarse caer sobre la cama y olvidar todo lo demás.
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Arran llegó a su cabaña de una manera completamente diferente a como se había marchado de ella.
Algo dentro de él pareció despertar de su letargo y, momentáneamente, volvía a sentirse con vida.
Sabía que era algo puntual, producto de su encuentro con aquella joven en el bosque, ya que lo había sacado de la rutina en la que se encontraba sumido diariamente y por la que apenas se fijaba en nada más que la tierra que debía labrar.
Con una expresión totalmente diferente en su rostro, Arran se encaminó hacia el dormitorio.
Ni siquiera tenía hambre para cenar algo, así que se tumbó sobre la cama en cuanto llegó junto a ella.
Su mente no dejaba de pensar en la carta de su hermana y todas las sensaciones que le había provocado.
Sin embargo, todo eso se había quedado aplacado momentáneamente por lo sucedido con aquella joven en el bosque.
Una sonrisa fugaz surcó su rostro al recordar el grito que dejó escapar cuando cayó hacia atrás, pero tampoco podía alejar de su mente lo que había sentido al tocarla.
Sus manos apenas la habían tocado, pero su cintura parecía haberse grabado a fuego en la palma de sus manos.
El calor que manaba de ella a pesar del frío, la incomodidad, la frustración, el enojo…
Todo eso había podido notarlo a través de un simple toque, por lo que no quería imaginar qué podría sentir si acariciaba su cuerpo desnudo.
Arran resopló y se giró en la cama de cara a la pared, como si se autocastigara en ese momento por el rumbo que habían tomado sus pensamientos.
¿Cómo se atrevía a pensar en algo así? Él ya no estaba interesado en las relaciones con otras personas, ni siquiera había logrado excitarse con alguna otra mujer desde que su hermano gemelo había muerto y él se había sumido en aquella profunda tristeza.
Y, sin embargo, todo eso parecía haber desaparecido de golpe con un simple toque al cogerla entre sus brazos para evitar que cayera al suelo.
—Maldita sea… —gruñó para sí al tiempo que se arropaba con la sábana hasta la cabeza.
Rezó para que ese asunto desapareciera de su mente en cuestión de minutos, pero sabía que sus pensamientos habían iniciado una guerra entre ellos para ver cuál se quedaba primero.
Quería volver a sumirse en su dolor y pena, no que su mente decidiera otro camino diferente que lo acercara de nuevo al antiguo Arran.
Sin embargo, supo que su vida se convertiría en un profundo desastre cuando la guerra de pensamientos tomó un rumbo diferente y un claro ganador comenzó a elevarse por encima del otro.
Y solo en ese momento se permitió lanzar un rugido de rabia que llenó el espacio de la cabaña ante la posibilidad de que hubiera algo más poderoso y fuerte que su rabia y dolor que pudiera sacarlo de ese pozo profundo del que no deseaba salir.