CAPÍTULO 1 #3
Desde entonces, yo solo buscaba venganza.
Ni siquiera quería vivir, tan solo quería conseguir que aquello acabara, que tu sufrimiento terminara de una vez por todas.
Yo no quería hacerte daño con mi presencia o con el hecho de que yo aún respiraba y Kester no.
Siempre os he amado y no puedes ni imaginar el dolor que me provocó su muerte, pero también tu sufrimiento.
Aún tengo pesadillas con tus gritos, que podían escucharse por todo el castillo. Pero cuando despierto, me tengo que recordar que yo no fui quien empuñó el arma que segó su existencia, Arran. No fui yo. Y no puedo más con el peso de la culpa, temerosa de que aún pienses que es mía.
Te adoro. Siempre lo he hecho. Y no puedo evitar pensar en que, por mi culpa, nuestra familia se ha separado.
Ya no somos los mismos de hace años. Y tal vez nunca volveremos a serlo, pero al menos podríamos intentarlo.
No solo por nosotros, sino por ellos, por todos aquellos que murieron por una causa que más parecía una locura.
Te echo de menos, Arran. Sé que no debo esperar respuesta por tu parte, como el resto de la familia, pero sí me gustaría saber cómo te encuentras, cómo llevas la vida y si me has perdonado la muerte de nuestro hermano y nuestra madre. Solo quiero saber eso, por favor.
Te ama, Cora Chattan.
Arran se secó las lágrimas que corrían por su rostro en el instante en el que terminó de leer la misiva de su hermana. La dobló de nuevo y la guardó entre sus ropas. Miró a un lado y a otro para comprobar si alguien lo había visto llorar al tiempo que sus ojos volvían a llenarse de lágrimas.
Cora tenía razón. Su familia se había roto por completo, no solo por la maldita guerra en la que se habían visto envueltos, sino también los que habían quedado con vida.
Pero su corazón estaba tan roto que le parecía imposible regresar junto a ellos.
No obstante, algo dentro de él se removió y sintió la necesidad de responder a la misiva de su hermana.
No tenía la culpa. Y eso era cierto. Se había dado cuenta de ello cuando se marchó y lo vio desde otra perspectiva, aunque el orgullo le había impedido decírselo cuando volvieron a verse después de la batalla.
Pero su propia culpabilidad lo había detenido para escribírselo en una carta.
Porque sí, se sentía culpable; culpable por la muerte de Kester, culpable por no haber estado a su lado y morir junto a él; culpable por haber dejado a su familia… Por todo.
Arran suspiró y salió del castillo, ya que el calor de su interior lo asfixió. Necesitaba respirar de nuevo el aire fresco, sentir el viento en el rostro y cansarse tanto que este le impidiera pensar de nuevo en su anterior vida antes de eso.
Por ello, cuando salió de allí y el viento que se había levantado le dio de lleno en el rostro, estuvo a punto de sonreír de no ser porque era algo que ya no hacía.
Se había hecho completamente de noche, pero no le importó en absoluto.
Solo deseaba regresar a su cabaña para intentar que nadie viera que sus ojos habían llorado.
Por ese motivo, cuando llegó junto al portón, agachó la mirada para evitar que James, que se encontraba allí, lo descubriera.
—Puedes quedarte en el castillo, Chattan, en lugar de regresar ahora de noche.
Arran se encogió de hombros.
—No pasa nada. La distancia es corta.
—Pero tienes que atravesar un tramo del bosque…
Arran levantó entonces la mirada y la clavó en James.
A pesar de la oscuridad, la antorcha que había justo al lado del guerrero Buchanan le permitió ver su rostro.
Sin embargo, James se abstuvo de hacer comentario alguno sobre lo que le había pasado.
Y fue por ello por lo que lo dejó salir sin añadir nada más.
—Lleva cuidado… —le advirtió una vez cruzó el portón.
Arran asintió sin responderle con palabras y comenzó a caminar hacia su cabaña.
A pesar de su intenso cansancio y sus ansias por esconderse entre sus cuatro paredes, hizo el camino despacio, disfrutando de ese agudo y frío viento que le daba de lleno en el rostro.
Tenía la impresión de que probablemente nevaría en cuestión de días; tal vez serían las últimas nieves antes de que el tiempo mejorara definitivamente.
La oscuridad le impedía ver el camino con claridad, pero se lo conocía perfectamente.
Por ello, y con la mirada ligeramente agachada, caminó internándose entre el pequeño tramo de árboles que debía atravesar para llegar al pueblo.
El ruido del castillo quedó atrás cuando los matorrales lo envolvieron.
Sin embargo, la suave melodía que formaban las ramas de los árboles rompía el silencio en el que iba absorto.
Aún sentía en su pecho las ansias por llorar y desahogarse.
La carta de Cora le había llegado a las profundidades del alma, por lo que le había removido viejos sentimientos.
Y en el momento en el que sintió que las lágrimas ascendían de nuevo hacia sus ojos, Arran elevó las manos y se cubrió el rostro con ellas para apartarlas.
No quería volver a llorar ni mostrarse débil.
Solo deseaba llegar a su cabaña y dormir hasta que el nuevo día le regalara otra dura jornada de trabajo.
No obstante, cuando estaba a punto de salir del pequeño bosque, escuchó algo que llamó su atención.
En medio del sonido de las hojas de los árboles, una suave voz lo obligó a quedarse parado.
La oscuridad le impidió ver con claridad a pesar de que miró de un lado a otro, pero aquella voz sonó ligeramente apartada de él.
Estuvo a punto de continuar con su camino, pero su instinto guerrero afloró a pesar de que no quería seguir siéndolo.
Por ello, Arran se dejó guiar por aquella voz y en el momento en el que salió de unos matorrales y vio lo que pasaba, sonrió por primera vez en meses ante la visión que había frente a él.