CAPÍTULO 1 #2
Al otro lado, James Buchanan lo miraba con una ceja levantada, esperando que dijera algo o mostrara algún tipo de reacción por su parte. Pero al ver que Arran iba a quedarse callado, como siempre, acabó renegando entre dientes y le espetó:
—Buenas noches a ti también, Chattan. Me alegra ver que durante los días que no te he visto sigues tan amable y hablador como siempre… —ironizó para intentar sacarlo del ensimismamiento en el que estaba metido.
Arran carraspeó para aclararse la voz y le respondió secamente:
—¿Qué quieres, Buchanan?
El aludido no pudo evitar esbozar una sonrisa a pesar de su habitual seriedad. Siempre se había considerado un hombre demasiado frío, pero había encontrado a alguien con el que poder competir en carácter.
—Estoy bien, gracias. Durante la semana en la que no nos hemos visto todo ha ido fenomenal. Gracias por preguntar… Y en cuanto al motivo que me ha traído aquí es porque Cameron quiere verte en el castillo.
Arran frunció el ceño.
—¿Ahora?
James asintió.
—Exacto.
—Me iba a acostar…
James miró hacia atrás con la mirada levantada hacia el cielo.
—Aún quedan unos rayos de luz…
—¿Y? Estoy cansado.
James sonrió de lado con la mirada fija sobre él.
—Si trabajaras en el castillo y no en la tierra, solo te cansarías si tuviéramos que luchar en una batalla.
Arran dio un paso atrás, como si lo hubiera golpeado. Su corazón se sobresaltó y las manos le temblaron ligeramente.
—No quiero más guerras.
James le dio la razón con un gesto:
—En eso estamos de acuerdo, pero a veces las batallas se libran en el interior y no sobre el terreno.
Arran resopló.
—¿Os habéis puesto todos de acuerdo para recordarme hoy que estoy amargado? Eso ya lo sé.
James arqueó ambas cejas.
—No sé a quién te refieres, pero todos hemos perdido a alguien alguna vez. Mi mujer también perdió a su hermana gemela, y ella ha seguido…
—¡Me da igual cómo ha seguido! —lo cortó elevando el tono de voz—. ¡Yo quiero estar solo, maldita sea!
James apretó los puños con fuerza contra su propio cuerpo para evitar golpearlo y hacerlo reaccionar.
—Yo solo quería decirte que puedes hablar con ella si lo deseas.
Arran respiró hondo para evitar responderle con otro comentario hiriente.
—Estoy bien así. Gracias.
Se te nota, estuvo a punto de responderle James. Sin embargo, logró contenerse. Asintió en silencio y dio un paso atrás.
—Cameron te espera en su despacho.
—Iré en cuanto me asee un poco.
James se alejó y Arran cerró la puerta tras de sí.
Se apoyó en ella hasta que logró calmar los rápidos latidos de su corazón.
Su cabeza martilleaba con fuerza, como una manera de recordarle que aún seguía vivo.
Y, a pesar de que no tenía ganas de ver a nadie, se encaminó hacia el pequeño aseo que había al fondo de la casa para lavarse y cambiarse de ropa.
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Cameron Sinclair se encontraba haciendo las cuentas del clan después de haber hecho la recaudación anual y tener la sensación de que ese año las cosechas no habían salido como esperaban.
De reojo, miró hacia la carta que había llegado esa misma tarde con el lacre del clan MacGillivray.
Era la primera carta que venía de ese clan, dedicada a Arran, y no estaba seguro de que cómo iba a tomárselo el guerrero cuando la viera.
Se había carteado con Rowan Chattan después de ayudarlo en la batalla final contra los Ross y había logrado descubrir qué le pasaba realmente a Arran para haber escapado de su clan.
Por una parte, lo entendía, pues él habría sufrido enormemente con algo así.
Sin embargo, por otra pensaba que lo mejor era que un guerrero como él regresara junto a los suyos; no porque a él le molestara su presencia en el clan Sinclair, sino porque el dolor que tenía en su corazón solo podría curarlo junto a ellos.
Cameron mojó de nuevo la pluma en la tinta para continuar con lo que estaba haciendo, sin embargo, justo en el momento en el que apoyó la punta sobre el papel, unos nudillos llamaron a la puerta.
—Adelante…
El rostro del hombre en el que había estado pensando en ese instante apareció al otro lado de la puerta, obligándolo a respirar hondo para mantener, probablemente, una tensa conversación.
—James me ha dicho que me estabas esperando.
Cameron sonrió amablemente y le señaló una silla frente a la mesa.
—Exacto. Lamento haberte hecho venir después de tu jornada. Supongo que debes de estar cansado…
—Ni te imaginas —respondió Arran al tiempo que se sentaba frente a él.
Cameron lo observó durante unos segundos para intentar averiguar qué pasaba por su mente, pero Arran era tan cerrado que apenas podía leer nada sobre él.
—Lo primero que me gustaría preguntarte es si estás bien en el clan.
—Claro que sí. Si no estuviera a gusto aquí, me habría marchado.
Cameron sonrió de lado.
—Ya, pero tal vez la vida aquí no es como esperabas. El invierno ha sido duro, has trabajado la tierra y has estado solo… Apenas nos has visitado…
Arran miró hacia otro lado, incómodo, y se encogió de hombros.
—No soy muy hablador.
—No es esa la fama que has tenido siempre.
—Yo ya no soy el mismo —rebatió.
Cameron asintió.
—Lo sé, pero yo no voy a entrar en ese tema porque no me compete.
—Serás el único que no lo haga… —respondió en voz baja.
El laird Sinclair carraspeó, tragándose las ganas de preguntarle algo más. Sin embargo, echó su cuerpo hacia adelante y apoyó los codos en la mesa.
—Tampoco voy a insistirte para que vengas al castillo y seas uno de mis guerreros. Si quieres ser campesino, igualmente eres bienvenido.
Arran asintió.
—Gracias, pero tengo la impresión de que no me has llamado solo para decirme eso.
Cameron lanzó una carcajada y negó con la cabeza.
—Tienes razón, amigo.
Alargó una mano para coger la carta y se la tendió con cierto reparo.
—Ha llegado una carta de tu hermana desde el clan MacGillivray.
Arran tardó demasiados segundos en tomarla entre sus manos, y cuando lo hizo, parecía estar agarrando algo que podría provocarle la muerte. El ligero temblor de su mano no pasó desapercibido para Cameron, que suspiró largamente.
—Por lo que pude comprobar el día de la batalla, tu familia te echa de menos.
—No estoy seguro de que Cora lo haga después de haberme enzarzado con ella en una pelea.
—Te sorprendería descubrir lo que puede hacer el poder del amor.
—Yo no tengo de eso.
Cameron volvió a sonreír.
—Todo el mundo tiene amor en su interior, muchacho. Incluso las personas que tienen el corazón roto pueden reconstruirlo con cariño y afecto, venga de donde venga. Tú no eres una excepción.
Arran lo miró en silencio y el laird le sostuvo la mirada.
No quería que viera en él a un posible enemigo, sino todo lo contrario.
Después de conocer su historia, por boca de Rowan, se había propuesto ayudarlo como fuera.
Había visto el dolor en los ojos de su esposa o de la esposa de James, y era algo con lo que no podía batallar.
—Sabes que me tienes aquí para lo que quieres, ¿no?
—Sí —respondió Arran con voz queda.
—Y sabes que, si necesitas ayuda, puedes contar conmigo.
—Ya lo hiciste hace unos meses sin que llegara a pedirlo…
Cameron asintió y lo observó de arriba abajo. Había adelgazado desde que estaba allí, sin perder su musculatura, pero estaba tan demacrado que no pudo contenerse:
—Puedo hacer que te lleven comida desde el castillo…
Pero Arran lo cortó rápidamente.
—Estoy bien así.
—De acuerdo. Entonces, no tengo más que añadir.
Su interlocutor se levantó de la silla con rapidez, como si no pudiera estar más tiempo allí aguantando una conversación. Por ello, lo dejó marchar tras despedirse de él con un simple gesto manual.
Arran necesitó respirar hondo cuando salió del despacho del laird Sinclair.
Su mano no había dejado de temblar tras agarrar la carta que le había escrito su hermana.
Sin lugar a dudas, era su letra y la emoción lo asoló de forma demasiado fuerte.
Se alejó de allí y se acercó a un pasillo del castillo en el que podía estar completamente solo.
No podía enfrentarse a nadie en ese momento, salvo a las palabras de Cora.
Con ella siempre se había llevado tan bien como con Kester, por lo que la frialdad con la que se habían despedido y lo ocurrido entre ellos aún seguía atormentándolo.
Tras comprobar que no había nadie cerca de él, Arran rompió el lacre de la misiva y comenzó a leerla con un nudo en la garganta:
Hola, Arran.
Empiezo a escribir esta carta sin la certeza de que vayas a leerla, por lo que ni siquiera sé qué decir realmente.
Han pasado cuatro meses y no sé nada de ti.
Nadie sabe nada de ti. Desde mi boda vivo en el clan MacGillivray y Rowan me comunica en sus cartas que no sabe cómo estás.
Por eso, no sabía si estaba bien escribirte, pero necesito decirte todo lo que siento desde que atacaron nuestro castillo y perdimos a grandes personas a las que amábamos.
Desde que descubrí que iban a por mí, mucho antes de ese ataque, una gran culpabilidad me asolaba a diario.
Había oído hablar a padre sobre todas las muertes que había habido, sobre los ataques y todas las pérdidas no solo de nuestro clan, sino también de los demás.
Eso provocaba que me sintiera terriblemente mal conmigo misma porque sabía que iban a por mí y yo no hacía nada para evitar todo eso.
Por este motivo, aquel aciago día en el que nuestro castillo fue atado estuve a punto de perder la razón.
Lo vi morir desde la ventana. Sí, a Kester.
Necesito pronunciar su nombre contigo y que tú lo escuches.
Lo vi morir a manos de esos desgraciados.
Pero no solo eso, sino que vi cómo mataban a madre mientras yo estaba escondida.
¿Soy una cobarde? Tal vez, sin embargo, madre me obligó a esconderme para que todas las muertes no fueran en vano.