Pacto con el guerrero (Corazones oscuros nº 4) CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

Hacía ya más de cuatro meses que la maldita guerra entre los Chattan y los Ross había llegado a su fin. Estaba seguro de que su gente había logrado la tranquilidad y respiraban tranquilos, pues así se lo aseguraba Sloan en sus cartas, que llegaban prácticamente cada semana.

Arran las guardaba después de leerlas, pero nunca había respondido a pesar de que Cameron Sinclair le pedía que lo hiciera para no preocuparlos. Sin embargo, algo le decía que el laird Sinclair enviaba misivas a su clan hablándoles sobre él y cómo era su nueva vida en esas tierras.

Estaba seguro de que sus hermanos pensaban que no los quería, pero no era cierto.

Si no respondía a las cartas era porque no se sentía con las fuerzas suficientes como para ponerse en contacto con ellos.

Por una parte, se sentía avergonzado por lo que había sucedido con Cora, pero no encontraba las palabras adecuadas para dirigirse a ella en una misiva.

Por otra, el mero hecho de pensar en el castillo que había sido su hogar le provocaba un intenso y profundo agujero en el pecho.

No había sido capaz de superar la muerte de Kester y su fantasma lo perseguía a diario en su nueva vida.

Desde que había llegado al castillo Sinclair, había hecho muy buenas migas con todo el mundo.

El laird lo acogió enseguida y, tras haberles contado lo que sucedía con los Ross, no habían dudado ni un segundo en reorganizarse y marchar a luchar, junto a Gaven MacPherson.

Sin embargo, a la vuelta de la batalla, Arran no sabía qué hacer.

Cameron Sinclair le había ofrecido un puesto en sus filas, pues lo había visto luchar y lo consideraba un muy buen guerrero.

Pero al mirar su espada sentía cierto temor.

Como si aquella extensión de su brazo hubiera dejado de pertenecerle y no quisiera volver a tocarla.

Siempre había soñado con ser uno de los mejores guerreros de su clan, pero ahora eso había cambiado.

Había sido una espada la que había segado la vida de Kester y no quería volver a coger una.

Por ello, Arran le había pedido al laird Sinclair que lo aceptara como un sirviente más en el castillo.

Él no conocía los quehaceres, pero sí podía trabajar en las tierras y los cultivos del laird.

Y a pesar de la insistencia de Cameron para que trabajara en otra cosa, Arran estaba decidido a labrar la tierra con la única intención de acabar tan cansado al final del día que su mente no tuviera ni una sola oportunidad para poder pensar en Kester antes de caer rendido al cansancio.

Y desde entonces, trabajaba en las tierras como los demás campesinos.

El propio Cameron le había dicho que tenía una cama dentro del castillo, pues era el hermano de un laird, pero Arran se había negado a usarla.

Tras una larga y acalorada discusión, en la que el propio laird lo amenazó con devolverlo al clan Chattan, acabó saliéndose con la suya y terminó viviendo en una cabaña a la salida del pueblo que había junto al castillo.

Lo que Arran deseaba, y los demás no lograban comprender, era vivir una vida completamente diferente a la que había experimentado, lejos de espadas, muerte, guerra y destrucción.

Si él aún no tenía su destino sellado, quería al menos intentar olvidar todo lo anterior para aplacar el dolor de su pecho.

Sabía que nadie podía comprenderlo, pero era necesario para superarlo o acabaría colgándose del primer árbol que se cruzara en su camino.

Por eso, en ese instante se encontraba labrando la tierra.

Su jornada estaba a punto de llegar a su fin, pero esa hora siempre era temida para él, pues suponía encerrarse solo en su cabaña con sus recuerdos.

En varias ocasiones había pensado emborracharse a diario, pero sabía que eso no era la cura para su alma, sino una distracción para su dolor.

—Si sigues clavando la azada de esa manera en la tierra, llegarás al otro lado del mundo, muchacho…

La voz de Thor lo sobresaltó. Pensaba que se había quedado solo como siempre, ya que todos los días esperaba a que todos se marcharan para dejar salir su dolor. Y sabía que tenía razón. Había clavado la azada con tanta fuerza que, de haberse dado con ella en el pie, habría acabado cercenándoselo.

Arran se incorporó con la frente perlada de sudor y lo miró.

—¿No me digas que esa piedra te ha insultado?

El campesino, que lo miraba con una sonrisa burlona, señaló la roca que había a sus pies y acabó dejando escapar el aire.

—No, es solo que…

—Estás enfadado —acabó por él.

Thor se apoyó en su pierna sana y se cruzó de brazos. Arran no lo sabía, pero lo había estado observando desde el primer día que llegó allí. El laird les había pedido, a escondidas, que lo atendieran bien al tratarse de un amigo. Y lo había observado sin reparo con total curiosidad.

—No estoy enfadado —replicó Arran con voz oscura.

Thor asintió y miró hacia otro lado, sin creerlo.

No sabía quién era ese muchacho del clan Chattan, pero estaba seguro de que debía de ser alguien importante, pues sus ropas, su buen hacer y sus manos no trabajadas por la tierra indicaban que no estaba acostumbrado a esos menesteres. Y eso aumentó su curiosidad sobre él.

—¿Ahora la juventud usa otra palabra para definirlo?

Arran frunció el ceño y apoyó la azada en la tierra.

—¿Te molesta que labre así la tierra?

—Para nada, muchacho. De hecho, no hay nada de ti que me moleste porque no me has hecho nada durante este tiempo, ni siquiera hablar.

—No me apetece hacerlo.

—Y me parece bien…

—¿Entonces? ¿Dónde está el problema?

Thor deshizo el cruce de brazos y se giró para marcharse.

—En tu corazón, muchacho, en tu corazón.

Arran se quedó pasmado ante aquella respuesta. Había esperado cualquier otra palabra que lo incitara a odiarlo, pero no. El campesino se había limitado a decirle unas simples palabras que le habían llegado al corazón. Justo donde tenía un problema. Porque sí, sabía que lo tenía.

Dejó escapar el aire contenido y se miró las manos, aquellas que sentía que no habían logrado salvar a Kester. Ahora estaban llenas de callos y de sangre seca, pues siempre lograba hacerse una herida nueva.

Sintió un fuerte nudo en la garganta y no pudo reaccionar de forma rápida.

Levantó la mirada hacia Thor, que ya se acercaba a la linde del camino.

La espalda del hombre, ligeramente curvada por el paso del tiempo y el trabajo en la tierra, le recordó que él acabaría así con los años.

Pero no le importó, pues en ese instante no había nada en el mundo que le importara. Ni siquiera su propia vida.

Con un suspiro, miró el agujero que había logrado abrir en la tierra y lo rellenó de nuevo. Tras eso, agarró la azada y la subió sobre su hombro. Su jornada había llegado a su fin, por lo que era hora de regresar a su hogar.

A medida que caminaba hacia el pueblo, Arran miró al cielo.

En el horizonte ya se estaba comenzando a ver la oscuridad de la noche, aunque tardaría en llegar, y se tocó el pecho al sentir de nuevo una punzada de dolor.

Su mente había volado con demasiada rapidez al último momento que vio con vida a Kester, y no quería recordarlo en ese instante.

Durante un segundo, tuvo la impresión de que no tocaba algo conocido. En los cuatro meses que llevaba allí apenas había comido, por lo que había adelgazado ligeramente, provocando que sus músculos se vieran más marcados bajo la ropa. Por eso, en aquel instante dudó sobre si tocaba su propio cuerpo.

No se reconocía. Ni siquiera en el pequeño espejo que había dentro de la cabaña.

Se miraba en él y ese reflejo que le devolvía no parecía ser el suyo.

Sus ojos grises parecían haberse hundido en su rostro y la amargura de su corazón se reflejaba por completo en su cara, ligeramente demacrada.

Su pelo estaba más largo y descuidado y siempre lo llevaba recogido atrás.

En el momento en el que llegó a su nuevo hogar desde hacía meses, Arran suspiró.

No deseaba entrar, sino dar media vuelta y regresar por donde había venido.

Sin embargo, se armó de valor y abrió la puerta.

Entró con desgana y miró a su alrededor.

Siempre había estado rodeado de gente. Tenía una familia amplia y en su castillo siempre había ruido.

Pero desde que estaba allí había soledad y silencio.

Era lo que había buscado y deseado, pero no dejaba de dolerle en lo más profundo.

Siempre que había pensado en su futuro, se lo imaginaba acompañado de Kester y el resto de su familia.

Sin embargo, aquella maldita profecía le había arrebatado todo, hasta su propia identidad, pues a veces no sabía ni quién era, ya que se había convertido en alguien que no conocía.

A su mente a veces regresaba lo que había sucedido con Cora durante un entrenamiento, justo antes de marcharse, y se avergonzaba de sí mismo.

A veces recordaba también la mirada que le dirigió su hermana después de acabar con los Ross.

Había incomodidad en ella, como si no lo reconociera, como si no quisiera hablar con él.

Y lo entendía. Por eso no quiso regresar con ellos.

Arran suspiró y se dejó caer, rendido, sobre una de las miserables sillas que había al lado de la vieja mesa. Esa cabaña tenía lo indispensable, sí, pero nada que ver con lo que había gozado hasta entonces. Y eso le gustaba y amargaba a partes iguales.

Arran apoyó los codos sobre la mesa y dejó caer el rostro sobre la palma de sus manos, escondiéndose en ellas, deseando desaparecer del mundo para que el dolor acabara de una vez por todas, pues lo estaba consumiendo.

A veces deseaba que, de repente, la puerta de la cabaña se abriera y entrara su hermano Rowan para obligarlo a volver al castillo, pero, otras, solo quería perderse.

Y cuando unos nudillos llamaron a la puerta, Arran levantó la mirada, sorprendido, preguntándose si tal vez su deseo se había cumplido. Con cierto reparo, se levantó de la silla y abrió.