PRÓLOGO #3
Sin embargo, la sonrisa que portaba en sus labios en ese momento se quedó congelada cuando abrió sin llamar la puerta del dormitorio de su hermano y vio todo encharcado de sangre.
Sus pies se quedaron pegados al suelo, su corazón comenzó a latir con fuerza, su pecho parecía haber perdido la capacidad para respirar y todo su ser empezó a temblar con demasiada fuerza.
Sus ojos estaban fijos sobre el cuerpo de su hermano Andrew, sobre la cama.
Este se encontraba en un charco de sangre.
Incluso las sábanas apenas mostraban el color blanco de antes.
Todo estaba empapado, pues, sin lugar a dudas, se habían ensañado con él.
Lentamente, sus ojos se despegaron de él para viajar hacia la pared, salpicada con la sangre de su hermano.
Podía verse cómo la cama goteaba ese líquido a través del colchón y, sin saber cómo encontró su voz, Willow gritó como nunca.
Ni siquiera se dio cuenta de que la gente del castillo se acercaba al dormitorio de su hermano. Tan solo fue consciente de ser empujada hacia un lado por su tío y su primo, que entraron sin tan siquiera inmutarse por la estampa que había en la habitación.
Las lágrimas empañaron los ojos de Willow.
Su hermano era su único apoyo en el mundo.
Eran como uña y carne, y acababa de quedarse sin uno de ellos.
Apenas pudo hablar cuando su tío le pidió que saliera de la habitación, pero ella se mantuvo firme allí, mirando no solo a su hermano, sino alternando sus ojos con su tío y su primo.
Este último se acercó a la única ventana de la estancia y se dedicó a observar el horizonte, como si apenas le importara lo que había a su espalda.
Su tío Cole, por el contrario, sí parecía estar más sorprendido por lo que había pasado.
Y, entonces, la ira de la joven ascendió por todo su ser.
El día anterior la habían amenazado con unas consecuencias terribles si se negaba a casarse con Miles.
Incluso su propio hermano les aseguró que nunca dejaría que la obligaran a casarse. Y ahora estaba muerto.
Sorprendida por lo que su mente estaba comenzando a comprender, Willow dio un paso al frente. Poco a poco, comenzó a acercarse no a su tío, que estaba a los pies de la cama de Andrew, sino a su primo. Este seguía con la mirada puesta en el exterior.
Sus ojos no dejaban de llorar, por lo que sus lágrimas le impedían ver con claridad.
Estaba inmersa en la propia rabia de su corazón y no podía ni quería pensar con claridad.
Ni siquiera estaba dispuesta a pedirles explicaciones.
Ellos habían decidido casarla sin preguntar, y ella tampoco haría preguntas.
En el momento en el que estuvo a la espalda de su primo, que no se había percatado de su presencia, la mirada de Willow bajó hasta el cinto que este portaba en la cadera.
A su espalda, llevaba siempre una pequeña daga, además de una espada.
Con un gesto rápido, y sin pensárselo demasiado, Willow la agarró y pasó la mano por el hombro de su primo para cortarle el cuello.
Sin embargo, las lágrimas le impidieron ver con claridad y se desvió para llevarlo más arriba, concretamente al ojo, abriéndole un tajo hasta la barbilla.
El grito de su primo llenó el dormitorio de su hermano mientras ella se giraba hacia su tío.
—¡Habéis sido vosotros! —vociferó fuera de sí.
Se lanzó contra Cole, que se sorprendió al ver a su hijo sangrando. Y esa distracción provocó que Willow pudiera clavarle la daga en su abultado vientre.
Sin esperar a lo que pudieran hacer los sirvientes cuando volvieran el dormitorio, Willow dedicó una última mirada hacia su hermano.
El rictus de su cara estaba asustado. Ella no había podido ayudarlo en ese trance, pero estaba segura de haberlo vengado.
No sabía si su tío y su primo iban a sobrevivir a las heridas, pero no se quedaría a comprobarlo, pues acabaría en la horca.
Con la daga de su primo aún en sus manos, Willow corrió escaleras abajo al tiempo que Miles gritaba fuera de sí por su ataque.
Durante esos dos años, había hecho todo lo posible para disimular e intentar descubrir todos los secretos del palacio.
Uno de ellos era que había visto el pasadizo que llevaba desde los sótanos de la enorme casa hacia la ladera de la montaña y aparecía en medio de un bosque.
Estaba segura de que no iba a sobrevivir a lo que quedaba del invierno con esa poca ropa y tan solo una daga, pero haría lo que fuera para olvidar la vida que había vivido hasta entonces para vivir no solo por ella, sino también por su hermano.
Y mientras las lágrimas corrían por sus mejillas sin control y corría por los pasillos, internándose en ellos y escondida de las miradas de los sirvientes, Willow se prometió que haría lo que fuera para vivir, aunque ya no tuviera nada por lo que hacerlo.
Le habían arrancado el corazón de cuajo, estaba sola y completamente rota por la muerte de la única persona a la que amaba en el mundo.
Sabía que ya nada sería igual, pero, si la fortuna estaba de su parte y lograba sobrevivir, recordaría a su hermano todos los días para el resto de su vida.