Pack El Origen de la puerta de los tres cerrojos 47. UN HILO QUE NO SE ROMPE
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47. UN HILO QUE NO SE ROMPE

UN HILO QUE NO SE ROMPE

El rugido de la bomba se deshizo en un murmullo. Ada abrió los ojos y descubrió que ya no estaba en el Enola Gay, ni en Hiroshima, ni en el mundo clásico ni en el cuántico.

A su alrededor solo había

un blanco infinito, un vacío

sereno que no era ausencia,

sino calma pura.

No estaba sola.

De un resplandor surgieron cuatro figuras majestuosas, y cada una irradiaba un poder distinto.

La dama de la fuerza gravitatoria , envuelta en un manto oscuro que lo atraía todo hacia ella.

La dama de la fuerza electromagnética , centelleante como una tormenta de rayos.

La dama de la fuerza nuclear débil , cuyos dedos transformaban partículas con un simple roce.

Y la dama de la fuerza nuclear fuerte , sólida como el núcleo de una estrella, con ojos negros sin pupilas que contenían galaxias enteras.

Junto a ellas apareció una niña de unos siete años.

La tez de su rostro parecía tallada en marfil y sus dos trenzas negras se entrelazaban con hilos de plata.

En el entrecejo tenía una oscura piedra preciosa en forma de lágrima.

Sus profundos ojos verdes, llenos de sabiduría, no correspondían a los de una muchacha de su edad.

Era Decoherencia,

la eterna.

—Ada —dijo la niña con una voz que era risa y silencio a la vez—. Tu tiempo no ha terminado.

Esta se miró las manos, que eran translúcidas, apenas sostenidas por la memoria de lo que había sido.

— He muerto…

La explosión me desintegró.

Decoherencia negó suavemente con la cabeza.

—LO QUE SE DESINTEGRA PUEDE RENACER BAJO OTRA FORMA. TU MISIÓN AÚN NO HA CONCLUIDO.

Las cuatro damas se acercaron, formando un círculo. Sus fuerzas se entrelazaron como hilos de un tapiz cósmico:

la gravedad,

el electromagnetismo,

la fuerza nuclear débil

y la fuerza nuclear fuerte.

En el centro, Decoherencia extendió sus pequeñas manos y las apoyó sobre el pecho de Ada.

Un calor inmenso la envolvió y, por un instante, la joven sintió todos los universos superpuestos: las estrellas naciendo y muriendo, los átomos danzando en el vacío, y los mundos tejidos por decisiones y posibilidades.

—No podemos devolverte tu cuerpo —dijo la dama de la fuerza nuclear fuerte—, porque la explosión lo deshizo en partículas.

—No obstante, podemos darte un nuevo inicio —añadió la dama de la fuerza gravitatoria—. Un cuerpo distinto, ligado al mundo cuántico y al destino que te aguarda. No recordarás tu antigua vida, pero lo que has aprendido ni la muerte te lo puede arrebatar.

—Un renacer en Shambla —continuó la dama de la fuerza electromagnética—, la ciudad donde habitan los que velan por el equilibrio.

—Ya no serás Ada —dijo la dama de la fuerza nuclear débil—. Llevarás un nombre nuevo, pues otra vida comienza.

Decoherencia sonrió, como si ya supiera lo que vendría.

Ada cerró los ojos. El blanco infinito se transformó en un resplandor dorado. Su cuerpo desapareció como bruma y, en su lugar, nació una niña hada de hermosa tez morena y pelo negro. Sus bracitos abrazaban un signo griego:

Una ventana se abrió entonces en el espacio. Al otro lado apareció Sofía con lágrimas en los ojos. Decoherencia dejó a la niña en sus brazos.

Cuando abrió sus oscuros ojos rasgados, ya no estaba en la nada. Ante ella se extendía la ciudad secreta de Shambla, con sus torres cristalinas y sus jardines flotantes.

Sofía, con una ternura infinita, le susurró:

— Bienvenida de nuevo

al mundo, Quiona.