Pack El Origen de la puerta de los tres cerrojos 46. ENOLA GAY
93%

46. ENOLA GAY

ENOLA GAY

El aire en el interior del bombardero era espeso, saturado de olor a metal, a combustible y a sudor. El rugido de los motores retumbaba en las entrañas del avión como un corazón desbocado.

Ada apareció en un pasillo estrecho, con los ojos aún cegados por el resplandor del portal.

Tras ella, los soldados estadounidenses se movían como autómatas, revisando controles y pulsando interruptores. Sus rostros estaban tensos, y sus miradas, vacías, como si los guiara una voluntad ajena.

Ada sintió un escalofrío: la mano

de los elfos oscuros estaba allí,

manipulando conciencias humanas.

Más adelante, en el compartimento central donde reposaba la bomba, aguardaba Rículus.

Su silueta recortada contra el resplandor de los indicadores parecía más alta, más oscura que nunca.

El amuleto de la fuerza nuclear fuerte flotaba sobre sus manos, y cada latido suyo resonaba en el fuselaje como un tambor de guerra.

—HAS SIDO VALIENTE AL SEGUIRME —se burló, y su voz retumbó contra las paredes metálicas—. SIN EMBARGO, TU VALOR NO SIRVE DE NADA. EL DESTINO YA ESTÁ SELLADO.

Ada apretó el eternizador de decoherencia contra su pecho.

—El destino lo elige cada uno. Y no dejaré que destruyas la humanidad.

Rículus posó el amuleto sobre la superficie de la bomba y un resplandor rojizo comenzó a envolver el artefacto, como si lo despertara de un sueño terrible.

Ada sintió el pulso del amuleto retumbar dentro de su cráneo, mostrándole imágenes fugaces: ciudades reducidas a polvo, mares evaporados y el mundo cuántico fragmentándose.

Los pilotos no parecían darse cuenta de su presencia. Seguían con su rutina, ajenos al cataclismo que estaba a punto de desatarse.

Ada avanzó con paso firme por el compartimento. Cada metro que recorría se le hacía más pesado, como si el amuleto intentara repelerla, pero la llave de decoherencia brillaba en su pecho, abriendo un camino angosto entre la oscuridad.

—¡No puedes ganar! —gritó Rículus—. Ni siquiera entiendes quién eres en realidad.

Ada se detuvo a unos pasos de él.

—Quizá no lo entienda todo todavía, pero sé lo suficiente: soy la que detendrá esto.

El avión tembló cuando el amuleto rugió. Y, en ese instante, Ada supo que no había vuelta atrás.

Rículus avanzó hacia la compuerta trasera del bombardero. El amuleto flotaba sobre la bomba, latiendo como un corazón desatado. El elfo oscuro se volvió una última vez hacia Ada, con una sonrisa de triunfo.

—Ya no hay nada que hacer. La humanidad ha firmado su sentencia. Y tú… —se inclinó con desprecio—, tú solo serás ceniza.

Con un gesto, abrió un portal y se desvaneció en la oscuridad, dejando tras de sí el rugido del amuleto.

Ada corrió hasta la bomba. El artefacto vibraba como si quisiera despegar del suelo, envuelto en una corona de energía rojiza. El eternizador de decoherencia ardía en su pecho, llamándola.

—Tengo que hacerlo —susurró, más para sí misma que para el mundo.

Apoyó ambas manos sobre el amuleto. Un chispazo de dolor le recorrió los brazos, pero ella no retrocedió. Cerró los ojos y dejó que el poder de la llave se desplegara. Sintió cómo el espacio a su alrededor se desbarataba, cómo se quebraba la coherencia que alimentaba al amuleto.

El poder del fragmento se apagó poco a poco, como un sol sofocado por la noche.

Ada respiró con alivio. Lo había conseguido.

Sin embargo, en ese mismo instante, un pitido agudo atravesó la cabina. El avión vibró con violencia. Y, entonces, reinó el silencio absoluto, un instante interminable…

La bomba se había soltado. Y Ada caía con ella.

Con los ojos abiertos, vio el mundo clásico desplegarse debajo: Hiroshima, con sus calles aún dormidas, sus casas de madera, la vida inocente que desconocía lo que estaba a punto de suceder.

—Os he fallado —susurró—. Perdonadme…

Entonces, el cielo se encendió.

Una explosión más brillante que mil soles

desgarró la mañana.

El rugido de la bomba atómica

sacudió la ciudad.

En su centro, Ada brilló con la intensidad de una estrella naciente. El poder de la llave de decoherencia, totalmente liberada, la había convertido en el corazón mismo de la detonación.

Desde abajo, no se vio a una muchacha, sino una supernova desplegando sus alas de luz.

El amuleto quedó neutralizado, incapaz de cumplir el plan de Rículus.

La humanidad sobreviviría, pero Ada se desintegró en aquel resplandor, fundida para siempre con la onda expansiva.