Pack El Origen de la puerta de los tres cerrojos 45. EL ÚLTIMO SACRIFICIO
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45. EL ÚLTIMO SACRIFICIO

EL ÚLTIMO SACRIFICIO

El resplandor de Trinity aún ardía en las retinas de Ada cuando el portal se cerró tras ellos. Shambla apareció ante sus ojos, pero el templo parecía más sombrío, como si sus muros hubieran sentido el eco de la explosión.

Zen-O, de pie frente a ellos, guardaba un silencio denso. Su rostro mostraba las huellas del tiempo: arrugas nuevas y un cansancio que parecía pesarle en cada gesto.

—He impedido que los elfos oscuros usaran el fragmento del amuleto en Trinity —dijo por fin, con una solemnidad que heló el aire—. Pero no se detendrán aquí.

—¿Cómo los encontraste? —preguntó Don.

—Crucé los reinos nucleares hasta dar con la dama de la fuerza nuclear fuerte. Ella me envió hasta su amuleto, pero allá el tiempo no fluye como aquí. Me temo que me he perdido muchos años. Siento no haber estado a vuestro lado.

La mente de Ada voló hacia Sofía. Nunca había necesitado tanto a su tutora.

Zen-O alzó el bastón en el que se apoyaba y les explicó:

—La dama me advirtió de que el jefe de los elfos oscuros ha manipulado a los humanos para crear la bomba nuclear. Con su fragmento del amuleto de las cuatro fuerzas insertado en el arma, su poder se multiplicará hasta niveles impensables.

No será una bomba..., será el fin de la humanidad. Ni un solo ser humano sobrevivirá en la superficie de la Tierra.

Un silencio estremecedor cayó sobre la sala. Ada suspiró. Para ella no era una sorpresa, se trataba de la misma advertencia de la Tejedora de Destinos.

—¡Insensatos! —rugió Malkak, golpeando la mesa—.

Eso destruirá también el mundo cuántico.

Nadie gana con esa locura.

Zen-O asintió.

—Lo sé. Y por eso la dama me conectó con su amuleto. Está activo y esperando a que lo usen en la próxima bomba.

Don se pasó la mano por el cabello, incrédulo.

—Entonces debemos recuperarlo. Cueste lo que cueste.

Ada miró a Zen-O con determinación.

—Llévanos hasta él. Esta vez no estarás solo. Nosotros te ayudaremos.

El maestro fijó en ella sus ojos con tanta intensidad que sintió que podía leer su historia en ellos.

—Será peligroso… El fragmento del amuleto no quiere que nadie lo libere, y los elfos oscuros lo guardan con celo. —Luego suspiró resignado—. Pero me temo que es la única opción.

Malkak dio un paso atrás.

—Yo debo detener a los humanos. Convencer a sus líderes, presionar desde el CIC. Si lanzan otra bomba, unida al poder de ese amuleto, no habrá nada que hacer.

Se miraron unos a otros. El aire pesaba como el plomo.

—ADELANTE —dijo Ada con un hilo de voz—. NOSOTROS VAMOS A POR EL FRAGMENTO DEL AMULETO. TÚ EVITA QUE SE LANCEN LAS BOMBAS.

Malkak asintió, apretando los labios. Zen-O alzó los brazos y dos desgarros del espacio-tiempo aparecieron delante de ellos; uno para cada misión.

Ada y Don respiraron hondo, sabiendo que aquel viaje podía ser el último.

El resplandor azul los envolvió y Shambla quedó atrás.

Estaban en el interior del núcleo. Un templo se alzaba ante ellos como una visión imposible: columnas de gluones que se trenzaban en cadenas luminosas, atando protones invisibles a un suelo que parecía latir como el corazón de una estrella.

En el centro, suspendido en una esfera de energía, brillaba el amuleto de la fuerza nuclear fuerte, palpitante, como si aguardara el momento de su liberación.

Ada dio un paso al frente y al instante una fuerza invisible la empujó hacia atrás. Era como chocar contra un muro hecho de pura energía.

—Los gluones lo protegen —explicó Zen-O, frunciendo el ceño—. El amuleto está enjaulado en la fuerza que une la materia. Nada puede atravesar esa barrera.

Entonces, una carcajada resonó en el interior del campo.

De entre las luces se materializó una silueta familiar: Rículus.

—¡No! —murmuró Don incrédulo—. Era usted quien estaba detrás de todo esto.

El supuesto aliado del CIC los miró con desdén y una sonrisa cargada de siglos de engaño.

—SIEMPRE TAN INGENUOS… ¿DE VERDAD PENSABAIS QUE PODÍAIS GANAR? LLEVO TODO ESTE TIEMPO JUGANDO CON VOSOTROS Y AHORA LLEGÁIS TARDE. ¡MUY TARDE!

Extendió la mano hacia el amuleto, que vibró como si lo reconociera. Los gluones se apartaron a su paso.

—Con este poder, los humanos no solo destruirán una ciudad: desaparecerá la humanidad entera. Pero ya me daréis las gracias cuando entendáis que es la única manera de que pueda sobrevivir el mundo cuántico.

Ada sintió que el eternizador de decoherencia ardía en su pecho, respondiendo a la amenaza.

Rículus levantó el amuleto, y el espacio-tiempo se fragmentó como un espejo roto. Entre los pedazos se abrió un pasillo que conducía al interior de un bombardero plateado con un nombre pintado en el morro: Enola Gay.

—Allí comienza el final —anunció antes de cruzarlo.

Mientras el portal empezaba a cerrarse, Zen-O alzó el bastón, invocó todo su poder y lo mantuvo abierto con un grito de esfuerzo.

—¡No aguantaré mucho! —advirtió.

Ada se sacó el eternizador del cuello. Estaba más caliente que nunca.

—Eres la llave… —susurró, y lo presionó sobre la barrera invisible que creaban los gluones.

Un destello rasgó el campo invisible, abriendo un estrecho agujero. El aire se llenó entonces de chispas, como si el universo protestara por aquella herida.

Ada no dudó: se lanzó hacia delante y atravesó la brecha para dirigirse al portal que Zen-O mantenía abierto a duras penas.

—¡Ada, espera! —gritó Don, corriendo tras ella.

Sin embargo, el agujero comenzó a cerrarse con un chirrido agudo. Don estiró la mano y encontró la de Ada al otro lado.

Ella lo miró con una mezcla de amor y determinación.

—No, Don. —Su voz era firme, aunque le brillaban los ojos—. La Tejedora siempre dice la verdad: esta será mi última acción, mi sacrificio. Si no consigo volver, tú deberás seguir con la misión en la que yo he fracasado. Encuentra al elegido.

—¡No puedes dejarme aquí! —rugió él desesperado.

Ada apretó su mano una última vez.

—Confío en ti.

Y, con un gesto rápido, lo apartó.

El agujero se cerró de golpe, dejando a Don y a Zen-O solos en el templo del núcleo cuántico.

El elfo cayó de rodillas, con la respiración entrecortada. El maestro se inclinó sobre él, exhausto por mantener el portal abierto.

Al otro lado, Ada desaparecía tras Rículus, rumbo al destino que la aguardaba en el Enola Gay.