44. TRINITY
TRINITY
Viajaron hasta el desierto de Nuevo México, que se extendía ante ellos como un océano de arena apagada.
Lo llamaban la Jornada del Muerto, un paraje donde el viento arrastraba siglos de silencio.
Ahora, sin embargo, aquel lugar estaba poblado por torres metálicas, barracones, cables y focos que parpadeaban en la madrugada.
Una estructura de acero de treinta metros se alzaba como un cadalso. En lo alto descansaba el artefacto que los militares llamaban
el gadget :
la primera bomba atómica
de la historia.
—No entiendo, ¿acaso el Club del Uranio siguió adelante tras nuestro sabotaje? —preguntó Ada con incredulidad.
Robert negó tristemente con la cabeza y añadió:
—No solo tuvisteis éxito con eso, sino que Hitler se ha rendido.
—Pero entonces… —prosiguió Ada—, ¿no significa eso que la guerra en Europa ha terminado? ¿Para qué seguir con esta locura?
Un oficial con uniforme polvoriento, el coronel Leslie Groves, se giró hacia ella con gesto severo.
—LA GUERRA HA TERMINADO EN EUROPA —explicó con voz grave—, PERO EN ASIA NO. ALEMANIA SE RINDIÓ EN MAYO DE 1945, SÍ. SIN EMBARGO, JAPÓN SIGUE COMBATIENDO CON FIEREZA. SI NO SE RINDEN, ESTA ARMA SERÁ LA ÚNICA FORMA DE OBLIGARLOS.
Ada sintió un escalofrío. El argumento sonaba hueco. Alguien había sembrado esa convicción en aquellas mentes. Buscó la mirada de Don y de Malkak, y en los tres se dibujó el mismo pensamiento: los elfos oscuros estaban detrás de aquella decisión.
En un refugio improvisado, varios científicos esperaban la orden que detonaría aquella primera bomba de prueba.
Ada reconoció a Enrico Fermi, que, lanzando papeles al aire, explicaba a un joven cómo pensaba determinar la potencia de la bomba: midiendo la distancia a la que se desplazarían por la onda expansiva.
A su lado, Robert Oppenheimer permanecía callado, con la mirada perdida en el horizonte.
Ada le suplicó al científico:
— ¡Detenga esto! No tiene sentido, la guerra casi ha terminado. ¡Si lleva a cabo esta prueba, abrirán una puerta que jamás podrán cerrar!
Robert la observó con ojos hundidos.
—¿Crees que no lo sé, muchacha? Pero no depende de mí. Yo solo he dirigido los cálculos. La decisión ya está tomada.
El cielo comenzaba a aclararse. Una cuenta atrás resonó en los altavoces:
tres minutos para la detonación.
Don apretó el brazo de Ada.
—No vamos a poder detenerlos.
El silencio se volvió insoportable. Incluso los grillos y el viento parecían sentir respeto ante lo que iba a suceder.
Entonces, a las 5.29 de la madrugada del 16 de julio de 1945, el mundo se quebró.
Un destello más brillante que mil soles rasgó la oscuridad. El suelo tembló. Una onda de fuego devoró el aire, levantando una nube incandescente que ascendió hasta convertirse en un hongo monstruoso. El amanecer se transformó en un infierno de luz y de silencio.
Oppenheimer, con la pipa caída entre los dedos, murmuró un pasaje del Bhagavad-gita con voz quebrada:
— «Ahora me he convertido en la Muerte…, el destructor de mundos».
Ada no lograba apartar la mirada de aquel brillante sol que había emergido de la nada, y entonces sucedió lo imposible: en el centro de la nube en ascenso, un portal azul y dorado se abrió, desgarrando la realidad como si respondiera a un grito silencioso.
De él emergió una figura que conocían demasiado bien: Zen-O, con el rostro endurecido por años de ausencia.
—Ada, Don, Malkak… —dijo, su voz vibrando entre dos mundos—. El tiempo se acaba. Debéis venir conmigo.
Los tres cruzaron un nuevo portal, dejando atrás el desierto, la torre destruida y aquel primer sol nacido de la furia humana. Partieron con el corazón en un puño, sabiendo que la verdadera batalla aún estaba por llegar.