Pack El Origen de la puerta de los tres cerrojos 43. SOMBRAS TRAS LA VICTORIA
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43. SOMBRAS TRAS LA VICTORIA

SOMbrAS TRAS LA VICTORIA

Ada y Don llegaron al CIC con una ligereza que no sentían desde hacía mucho mucho tiempo. En la sala del consejo, el director los esperaba junto con Rículus, Anred y varios consejeros.

Los dos amigos informaron a los asistentes de lo que había ocurrido en su visita a Los Álamos.

—¡Lo hemos conseguido! —exclamó Ada, convencida de que lo peor había quedado atrás—. Saboteamos los cálculos de Heisenberg. Alemania no tendrá bomba.

—Eso son buenas noticias —dijo Rículus, abriendo los brazos—. Por fin podemos respirar.

Anred no parecía convencido.

—No tan deprisa… —los interrumpió—. Malkak me ha pedido que lo sustituya hasta que llegue. Ha encontrado indicios de que los elfos oscuros se han infiltrado también entre los militares estadounidenses.

Rículus rio suavemente, como si hablara con un niño temeroso.

—Siempre viendo fantasmas donde no los hay, Anred. Don y Ada han cumplido con éxito su misión. El peligro se ha acabado. ¡Relájate!

El director del CIC, cansado, asintió.

—Quizá tengas razón… Tal vez sea hora de centrar nuestras fuerzas en reconstruir, no en perseguir amenazas que ya no existen.

Antes de que Ada pudiera intervenir, la puerta se abrió de golpe. Malkak entró tropezando con sus propios pies, cargado de pergaminos que rodaron por el suelo.

—¡NO, ESTO NO HA TERMINADO! —chilló—. HE INTERCEPTADO DOCUMENTOS DEL MUNDO CLÁSICO. ESTÁN DISTORSIONADOS, MANIPULADOS… Y TODOS LLEVAN EL SELLO DEL PROYECTO MANHATTAN.

Ada y Don se miraron, desconcertados.

—¿Qué significa eso? —preguntó el elfo.

—Que los estadounidenses siguen adelante con el desarrollo de la bomba nuclear —explicó Malkak, agitando los papeles.

En ese momento, Anred, cuyos ojos brillaban con desconfianza, escupió:

—¿Lo veis? No se puede confiar en los humanos. Ya sean estadounidenses o alemanes, siempre encontrarán la forma de convertir la ciencia en arma.

Ada sintió un escalofrío. El entusiasmo de Anred ya no sonaba como el de un aliado, sino como el de alguien a punto de cruzar una línea peligrosa.

El director del CIC dio un paso hacia ellos, alarmado.

—Entonces debemos actuar. Hay que volver a Los Álamos y confirmar si los elfos están infiltrados. Esta vez quiero que te ocupes personalmente, Malkak: los acompañarás al mundo clásico.

Rículus ladeó la cabeza, sereno.

— Si insistís… Pero ya os lo adelanto: no encontraréis nada.

Más tarde, Ada, Don y Malkak se preparaban para el salto en la sala de teleportadores. Rículus ajustó los controles con una precisión envidiable.

—Os deseo suerte —dijo con una sonrisa tan perfecta que parecía ensayada.

El teleportador se activó y sintieron el típico tirón en el estómago.

Ada no pudo evitar pensar en Lurka. Gracias a ella, ahora era consciente de que sus partículas se estaban mezclando con un cóctel de partículas entrelazadas, que teleportarían su información a las que esperaban en Los Álamos.

En cuanto eso ocurrió, el grupo de partículas del armario teleportador de destino se convirtió en los tres pasajeros del espacio-tiempo.

Un agudo pitido los ensordeció.

Algo no había funcionado correctamente.

Malkak corrió a revisar el armario, pasando sus expertas manos sobre los grabados cuánticos. Su expresión se endureció.

—ALGUIEN LO HA MANIPULADO. NOS HAN MANTENIDO PRISIONEROS EN EL TIEMPO… ¡HEMOS ESTADO ATRAPADOS DOS AÑOS!

Ada y Don se miraron, pálidos.

En ese instante, la puerta del despacho se abrió y apareció Robert Oppenheimer, con la mirada encendida y la pipa entre los dedos.

—Llegáis justo a tiempo —dijo con voz grave—. Esta madrugada se detonará la bomba de prueba. Acompañadnos.

Ada sintió un vuelco en el pecho. Fuera, el aire del desierto parecía contener la respiración del mundo entero.