Pack El Origen de la puerta de los tres cerrojos ANEXO. LA PUERTA DE LOS TRES CERROJOS
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ANEXO. LA PUERTA DE LOS TRES CERROJOS

ANEXO

LA PUERTA DE LOS TRES CERROJOS

Habían pasado años desde los acontecimientos que separaron el mundo clásico del cuántico. Tras las detonaciones de Hiroshima y Nagasaki, el CIC había prohibido cualquier contacto con los humanos, y nadie discutía aquella decisión. O casi nadie.

En una de las salas más altas del CIC, un elfo de barba plateada observaba el infinito a través del ventanal.

Dlanod —a quien pocos seguían llamando Don— ya no era el impulsivo aventurero de antaño.

Su mirada, serena y cansada, conservaba, sin embargo, el brillo curioso de quien sigue haciéndose preguntas.

Detrás de él se materializó una silueta luminosa.

—No esperaba verte en el CIC —dijo sin volverse.

—Ya no soy tan bienvenido como antes —respondió Zen-O—, pero quería darte la noticia: creemos haberlo encontrado, o al menos Quiona está convencida.

El maestro apenas había cambiado; sus ojos dorados seguían conteniendo el resplandor de las estrellas. Durante un momento ambos guardaron silencio, contemplando el paisaje que se extendía tras el cristal.

—¿SABES ALGO DE SOFÍA? —preguntó Don al fin.

Zen-O negó con la cabeza lentamente.

—Hace años que partió tras la pista del origen de Ada. Dijo que debía comprender quién fue en realidad. No hemos sabido nada de ella desde entonces.

Don asintió, pensativo.

—Sofía nunca se ha rendido ante un enigma. Tal vez su silencio signifique que ha hallado respuestas.

—O que ha encontrado preguntas más grandes —sonrió Zen-O antes de desvanecerse.

Dlanod tomó su bastón y caminó hacia el ala sur. En un despacho repleto de papeles, un joven trabajaba concentrado frente a una consola.

—Padre —lo saludó este al verlo entrar—. Estoy terminando el informe de Teletransportes Pendientes de Aprobación.

—Deja eso, Eldwen —lo interrumpió el anciano elfo con una sonrisa—. Hay algo más importante.

Antes de que pudiera añadir otra palabra, las puertas se abrieron con un torbellino de luz. Una figura esbelta irrumpió en la sala. Su piel desprendía un tenue resplandor perlado, y en la mano sostenía una varita que chispeaba con energía.

—¡Por fin te he encontrado! —exclamó dirigiéndose a Eldwen.

Don se volvió sorprendido.

—Quiona… —murmuró con ternura—. Cómo has crecido.

—Y tú has envejecido bien, Don —respondió ella con afecto.

El elfo le devolvió la sonrisa.

—Os dejo para que habléis —dijo antes de salir, y a su paso fue apareciendo una estela dorada.

Cuando la puerta se cerró, Quiona se volvió hacia el joven.

—HE CRUZADO MUNDOS BUSCANDO SEÑALES. PISTAS EN EL FLUJO DE LOS SUEÑOS, EN LAS OSCILACIONES DEL VACÍO, INCLUSO EN ECUACIONES QUE NADIE RECUERDA HABER ESCRITO.

Eldwen la escuchaba fascinado.

—¿Y lo has encontrado?

—Creo que sí —respondió ella con los ojos brillantes—. Estoy casi segura de que es el elegido. —Hizo una pausa y prosiguió—:

LE HE DEJADO UN MENSAJE EN EL TECHO DE SU HABITACIÓN, OCULTO ENTRE LÍNEAS DE LUZ QUE SOLO ALGUIEN COMO ÉL PODRÁ VER. SI ES QUIEN CREO, ENTENDERÁ EL MENSAJE Y SEGUIRÁ EL CAMINO… HASTA LA PUERTA DE LOS TRES CERROJOS.

El silencio llenó el despacho. En algún punto del multiverso, una chispa se encendía.

Quiona alzó la vista; en su mirada ardía la decisión.

—Ha llegado el momento —susurró—. El hilo ha vuelto a moverse.

Y, levantando su varita, desapareció en un destello de luz que se disipó lentamente, como una promesa escrita en el vacío.