41. PROYECTO MANHATTAN
PROYECTO MANHATTAN
El zumbido que Ada sentía en sus oídos se apagó con un chasquido seco. Ella y Don cayeron aturdidos al suelo del CIC, con la sensación de que el mundo había girado demasiado deprisa a su alrededor.
Cuando lograron ponerse en pie, Malkak los observaba con los brazos cruzados y el gesto endurecido. A su lado, Rículus les anunció con voz grave:
Con el corazón latiendo con fuerza, Ada preguntó:
—¿Qué le ocurrió a Einstein? ¿Lo atraparon los elfos oscuros?
Rículus la tranquilizó.
—Está bien. Lo devolvisteis sano y salvo a su casa. Pero, quizá alarmado por lo que vio, advirtió al Gobierno estadounidense de los planes nazis de crear una bomba.
Ada cerró los ojos para forzarse a pensar.
—¿Y Zen-O? ¿Y Sofía? Tenemos que hablar con ellos…
Tras un silencio incómodo, fue Malkak quien respondió al fin, bajando la voz.
—Por desgracia, no tenemos noticias de ellos desde hace años, y no nos vendría mal su ayuda. Todos los recursos del CIC están centrados en dar caza a los elfos oscuros, pero se nos escurren entre los dedos.
Don y Ada se miraron sorprendidos. Hasta este momento, habían pensado que Malkak era el titiritero de aquellos radicales.
—En cuanto os recuperéis de vuestra captura —dijo Rículus con semblante serio—, os necesito para una misión de reconocimiento.
—Estamos bien —aseguró Don—. ¿En qué podemos ayudar?
Malkak dejó un informe sobre la mesa de la sala y les resumió:
—TRAS LA ADVERTENCIA DE ALBERT EINSTEIN, EL GOBIERNO ESTADOUNIDENSE HA CREADO SU PROPIO PLAN PARA CONSTRUIR UN ARMA NUCLEAR: el Proyecto Manhattan.
—Los humanos han construido un laboratorio secreto en el desierto de Los Álamos —explicó Rículus— y nuestros agentes han sido incapaces de infiltrarse en él. Pensamos que quizá vosotros tengáis más suerte.
Tras aquella extraña reunión, Ada y Don se quedaron solos en la sala, rodeados del eco frío de aquellas palabras. El elfo se pasó la mano por el pelo, nervioso. Ada se irguió, con esa chispa que siempre aparecía en sus ojos cuando tomaba una decisión, y le dijo a su amigo:
—Ya hemos perdido cuatro años, no podemos esperar más… ¡Nos vamos a Los Álamos!
El armario teleportador aguardaba al fondo, con su marco metálico cubierto de runas brillantes. Ada apoyó la mano en el pomo y, con un leve crujido, las puertas se abrieron.
En menos de lo que se tarda en fisionar un núcleo de uranio, desaparecieron.
La teleportación los lanzó al aire seco y abrasador del desierto de Nuevo México. El sol golpeaba como un martillo incandescente, y ante ellos se alzaba una ciudad improvisada de barracones, alambradas y torres de vigilancia. Un cartel rudimentario rezaba:
Avanzaron entre soldados con cascos y gafas de sol que apenas se giraban, acostumbrados a ver rostros nerviosos y maletas cargadas de papeles. La atmósfera vibraba de secretos.
En uno de los barracones, la puerta se abrió de golpe y una figura familiar apareció ante ellos.
—¡Albert! —exclamó Ada.
Einstein se sobresaltó y, por un instante, su expresión osciló entre la incredulidad y el alivio.
—Creí… que os había perdido para siempre. —Le temblaba la voz—. Después de vuestra desaparición me acabé de decidir. Firmé la carta. Y ahora… mirad lo que hemos puesto en marcha.
Antes de que pudieran responder, otra figura se unió a ellos. Un hombre alto, con gafas redondas y acento inconfundible que avanzaba con paso medido. Al reconocerlos, esbozó una sonrisa cansada.
—Es un alivio encontrar compañía sensata en este lugar tan… febril —les dijo Niels Bohr—. Albert, acompáñame, Oppenheimer quiere hablar con nosotros. Venid vosotros también, quizá podáis ofrecer algo de luz entre tanta oscuridad.
Caminaron juntos por los pasillos polvorientos hasta llegar a un edificio mayor.
Allí, en una oficina atestada de planos y de pizarras, Robert Oppenheimer, el director del Proyecto Manhattan, estaba enfrascado en una discusión con Enrico Fermi, que gesticulaba con entusiasmo.
En la pizarra brillaban ecuaciones sobre neutrones y cadenas de fisión.
—En Chicago demostramos que la reacción podía mantenerse —decía Fermi—. Ahora debemos pensar en cómo dirigirla, cómo controlarla… o, más bien, cómo desatarla.
Oppenheimer, con su pipa humeante y mirada sombría, se giró al notar la presencia de los recién llegados. Fermi reconoció a Don y a Ada y, tras preguntarles por Majorana, los puso al día de lo que allí se estaba cocinando.
El aire en Los Álamos estaba cargado de gravedad y de peligro. Ada supo, en ese instante, que había entrado en un lugar donde la ciencia, la genialidad y la locura caminaban de la mano.