Pack El Origen de la puerta de los tres cerrojos 40. LA CARTA QUE CAMBIARÁ LA HISTORIA
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40. LA CARTA QUE CAMBIARÁ LA HISTORIA

LA CARTA QUE CAMBIARÁ LA HISTORIA

Einstein fue el primero en hablar, con voz baja y gesto grave.

—Permitidme que os presente a dos colegas y viejos amigos: este es Leó Szilárd, y él, Eugene Wigner.

Ambos asintieron con cortesía. Szilárd, de mirada penetrante y gesto contenido, llevaba una carpeta bajo el brazo. Wigner, más joven pero con la frente surcada de preocupación, mantenía las manos entrelazadas como si intentara retener algo que amenazaba con desbordarse.

—ALBERT —empezó Szilárd sin rodeos—, VENIMOS PORQUE LA SITUACIÓN SE HA VUELTO URGENTE. HEMOS RECIBIDO INFORMES PREOCUPANTES. DESDE QUE HAHN Y STRASSMANN DESCUbrIERON LA FISIÓN DEL URANIO EL PASADO DICIEMbrE, LOS ALEMANES HAN EMPEZADO A INVESTIGAR LAS POSIBILIDADES MILITARES DE ESA REACCIÓN.

Wigner intervino con voz queda, como si hablar en alto pudiera hacerlo más real.

— Creemos que el régimen nazi podría estar organizando un programa secreto para desarrollar una bomba basada en la fisión .

Si logran desencadenar una reacción en cadena…

— Sería el fin de la libertad en el mundo

—remató Szilárd.

Einstein guardó silencio. Sus ojos oscuros se clavaron en un punto del escritorio, como si la madera pudiera ofrecerle una respuesta.

En ese momento, la puerta del despacho se abrió con brusquedad y una figura alta, enérgica y visiblemente alterada entró sin anunciarse.

—¡NO HAY TIEMPO QUE PERDER! —exclamó Edward Teller, sin saludar siquiera—. SI LOS NAZIS LO CONSIGUEN ANTES, NADIE PODRÁ DETENERLOS. EL URANIO ES CAPAZ DE LIBERAR UNA ENERGÍA COLOSAL, UNA EXPLOSIÓN JAMÁS VISTA.

—Teller… —intentó calmarlo Wigner.

—No, Eugene. No hay que suavizar nada. Estamos hablando de un arma capaz de destruir ciudades enteras. Y los nazis no tendrán reparos en usarla.

Ada intercambió una mirada con Don. Ambos sabían de la certeza de esa advertencia.

Einstein apoyó ambas manos sobre la mesa, lentamente, como si el peso de lo que acababa de oír necesitara un punto de apoyo físico.

—¿Y QUÉ QUERÉIS DE MÍ? —preguntó con voz grave, casi resignada—. ¿ACASO PENSÁIS QUE PODEMOS IMPEDIRLO?

Szilárd abrió la carpeta y extrajo unas hojas dobladas, manchadas por la humedad del camino.

—Albert, usted es la voz a la que escucharán en Washington, en Princeton, en todas partes. Si usted da la voz de alarma, quizá podamos advertir al Gobierno norteamericano antes de que sea demasiado tarde. Organizar un equipo de investigación, adelantarnos a los nazis.

—LO QUE ESTÁIS SUGIRIENDO… —murmuró Einstein— ES QUE SEAMOS NOSOTROS QUIENES CONSTRUYAMOS ESA ABOMINACIÓN.

Teller dio un paso adelante, impaciente.

—Si no, lo harán ellos primero. Y no hay forma de saber cuánto han avanzado ya. Algunos de los mejores físicos alemanes no han huido. Hahn sigue en Berlín. Heisenberg está en contacto con los nazis. Están trabajando en ello, lo sabemos.

Einstein ladeó la cabeza lentamente. Sus ojos se afilaron.

—¿Cuál es vuestro plan?

Szilárd intercambió una mirada fugaz con Wigner y luego dijo:

—Pensamos redactar una carta al presidente Roosevelt. No necesita ser larga, solo una advertencia. Lo justo para activar su atención… y su presupuesto.

Einstein suspiró. Se dejó caer en la butaca de cuero, que crujió bajo su peso. Pasó una mano por su cabello blanco, ahora más alborotado que nunca.

—¿UNA CARTA QUE ANUNCIE EL NACIMIENTO DE UNA NUEVA ERA? —dijo, casi para sí—. ¿O EL PRINCIPIO DEL FIN?

Nadie respondió.

Desde un rincón, Ada observaba en silencio.

Sintió que algo en el aire se quebraba, como una línea del tiempo que se bifurcaba en dos posibilidades muy distintas.

Y aunque no podía verlo, supo que alguien o algo estaba empujando desde las sombras, una fuerza oscura que no pertenecía solo al mundo clásico.

Cuando Szilárd, Wigner y Teller abandonaron la estancia, el silencio que quedó tras ellos fue más denso que cualquier argumento.

Einstein se había quedado de pie, de espaldas a la ventana. Su figura, encorvada por los años y por el pensamiento, parecía más frágil que nunca.

—NO PUEDO —dijo al fin—. NO ME SIENTO CAPAZ DE ENCENDER ESA MECHA. PERO NO DEBEMOS QUEDARNOS DE brAZOS CRUZADOS. SI ES VERDAD QUE ESTÁN PRESIONANDO A LOS CIENTÍFICOS ALEMANES…, TENEMOS QUE SABERLO.

Los ojos de Ada brillaban con decisión cuando propuso:

—Entonces vamos a Berlín. Hablemos con Heisenberg y con Otto Hahn. Yo confío en que mantengan su integridad.

El armario teleportador del despacho emitió un zumbido profundo al activarse. Ada lamentó no poder disfrutar del conocimiento que poco antes habían adquirido en el DTTC. Al otro lado de la puerta de ese armario encontraría respuestas que quizá prefería no descubrir.

Justo cuando alargaba la mano hacia el pomo, una voz áspera se filtró desde el otro lado. Se quedaron congelados.

—NO TENÉIS ELECCIÓN —gruñía un hombre con acento alemán, seco como una hoja marchita—. EL REICH QUIERE EL ARMA. ¡Y LA QUIERE YA!

Ada se inclinó y espió por la rendija del armario. Don la imitó, y Einstein, con el ceño fruncido, se mantuvo en segundo plano.

En el laboratorio berlinés, Werner Heisenberg y Otto Hahn estaban acorralados.

Frente a ellos había dos oficiales de las SS, la organización paramilitar de los nazis, con uniforme impoluto y sonrisa ausente.

Y, tras ellos, como sombras deformadas, pudieron ver a dos elfos oscuros de ojos vidriosos y voz susurrante.

—OS DAREMOS RECURSOS. INSTALACIONES. TODO LO QUE NECESITÉIS —decía uno de ellos, mientras la luz temblaba a su alrededor—. PERO SI NO COLABORÁIS…, NOS ENCARGAREMOS DE QUE DESAPAREZCÁIS DEL MAPA. COMO LOS DEMÁS.

—NO SOMOS SOLDADOS —replicó Heisenberg con voz temblorosa—. SOMOS CIENTÍFICOS.

—Justo por eso estáis aquí —respondió el elfo, acercándose a él con un gesto amenazante—.

Bienvenidos al Club del Uranio, un grupo de científicos célebres que trabajarán en el desarrollo de la bomba. Un equipo que tú mismo presidirás.

De pronto, el elfo más alto giró la cabeza con violencia. Su mirada se clavó directamente en la rendija por la que espiaban Ada y Don.

—Nos observan…

El armario teleportador se abrió con una sacudida y un elfo tiró del brazo de Ada y Don, empujándolos al interior del laboratorio.

Einstein intentó llegar hasta ellos, pero Ada, con un último esfuerzo, lo empujó y activó la secuencia de retorno. Una breve vibración le indicó que la teleportación se había realizado con éxito.

Albert estaría a salvo en su casa de Long Island.

Todavía de espaldas a los elfos, Ada sintió que los atrapaba una onda magnética. Ella y Don quedaron envueltos en una burbuja azulada que les impedía moverse.

El otro elfo oscuro se acercaba, con las manos deformando el aire a su paso, cuando un vórtice de energía estalló en la pared lateral del laboratorio.

Un portal del CIC se abrió con violencia y de él emergió Malkak, acompañado de agentes uniformados del Consejo Intermundos.

—¡EN NOMbrE DEL CIC, DETENEOS! —bramó este, alzando su bastón vibrátil.

Los elfos oscuros retrocedieron, sorprendidos por aquella irrupción. Uno de ellos abrió un portal y, en un instante, los dos enemigos desaparecieron sin que los agentes pudiesen hacer nada.

Malkak se apresuró hacia la burbuja donde estaban atrapados Ada y Don.

—¡Por todos los neutrinos! ¿Qué hacéis vosotros dos aquí? Os sacaremos de esa prisión.

No obstante, antes de que pudiera conseguirlo, una nube de humo negro apareció de la nada a sus pies, rellenando la burbuja que los retenía.

Y entonces, se hizo la oscuridad.