39. EL DEPARTAMENTO TÉCNICO DE TELEPORTACIÓN CUÁNTICA
EL DEPARTAMENTO TÉCNICO DE TELEPORTACIÓN CUÁNTICA
Tan rápidos como el colapso de una función de onda, Ada, Don y Einstein aparecieron en el CIC. La sala a la que llegaron tenía un suelo de baldosas desgastadas, cubiertas con marcas de quemaduras, manchas de aceite y huellas de botas con patrones fractales.
—¿Esto es el Departamento de Teleportación Cuántica? —preguntó Einstein, alzando una ceja ante lo que parecía más bien un taller abandonado de mecánica ferroviaria.
—Sí —respondió Don, olfateando el aire impregnado de ozono, cobre y algo que recordaba vagamente al olor de un circuito quemado—. No es el más glamuroso del CIC, pero aquí se encargan de poner a punto las máquinas teleportadoras.
La sala estaba llena de mesas metálicas atestadas de herramientas imposibles: llaves inglesas que giraban solas buscando tuercas, destornilladores con mango de antimateria estable y bobinas que chisporroteaban partículas virtuales.
En una estantería, alguien había dejado cuidadosamente alineados unos tubos etiquetados como
« ESTADOS COLAPSADOS PENDIENTES DE RECICLAJE ».
En un rincón, un técnico con el mono sucio y gafas de aumento ajustaba una consola chirriante conectada a un par de esferas suspendidas dentro de una jaula de Faraday cuántica. Cada pocos segundos, una luz verde parpadeaba, seguida de un leve «ploc» que indicaba que algo había desaparecido.
—¡Ah! Ya estáis aquí —dijo una voz aflautada desde detrás de un generador.
Era una elfa bajita, arremangada y con manchas de spin negativo por toda la cara. Llevaba un delantal de lona y una llave de entropía colgando del cinturón.
—Soy Lurka, jefa técnica del DTTC —dijo, estrechándole la mano a Einstein con naturalidad, como si se tratara del fontanero cuántico de la semana—.
¿Listos para ver una
teleportación de verdad?
Einstein abrió la boca para protestar, pero la cerró al ver que, en la mesa central, dos pequeños electrones descansaban dentro de una nave transparente en miniatura.
—Estos son Alice y Bob —anunció Lurka—. Así, entre nosotros, son un poco temperamentales, pero hoy están entrelazados como buenos colegas.
Por mucho que tuvieran nombre, los electrones entrelazados se veían borrosos como siempre.
—¿Cuál de ellos se va a teleportar? —preguntó Ada, acercándose—. ¿Y adónde?
—Ninguno. Teleportaremos a Charlie —dijo Lurka, mostrando otro recipiente de vidrio con un electrón dentro—, nuestro tercer amigo.
La jefa técnica hizo despegar entonces la nave de Bob, que voló hasta el lado opuesto del taller.
—En realidad —explicó—, lo que vamos a hacer es transferir el estado cuántico de Charlie a Bob, que está allá al fondo. Pero podría encontrarse en Andrómeda y funcionaría igual.
—Un momento —preguntó Ada—. ¿Cómo que transferimos el estado cuántico de Charlie a Bob?
—NOSOTROS ESTAMOS FORMADOS DE PARTÍCULAS, ¿CIERTO? —dijo Don a Ada y a Einstein—. Y ESA MESA DE AHÍ TAMBIÉN.
Los dos humanos asintieron, y la elfa tomó la palabra.
—La única diferencia entre tú y esa mesa es cómo se ordenan esas partículas, o, en otras palabras, su información. A eso me refiero cuando hablo del estado cuántico.
—Cuando nos teleportamos del armario de Einstein al taller —explicó Don—, dejamos allí el grupo de partículas que nos formaban y transportarnos su información a otro conjunto de partículas que estaban aquí, en el armario del CIC.
—¡POR TODOS LOS BOSONES! —exclamó Ada—. LO QUE MOVEMOS DE UN LADO A OTRO NO SON LAS PARTÍCULAS, SINO SU INFORMACIÓN. ASÍ QUE LAS QUE ME FORMAN AHORA SON NUEVAS.
—Pero nos hemos saltado un paso —detalló Lurka—.
Al meteros en el armario teleportador, las partículas que os formaban se mezclaron con un grupo de partículas que os esperaban allí, que a su vez estaba entrelazado con el que había aquí, en el CIC, y que son las que ahora forman vuestros cuerpos. Os lo mostraré.
Lurka metió en un pequeño armario teleportador transparente a Charlie y a Alice. Un zumbido suave llenó la sala. Dentro de la máquina se produjo un mareante torbellino entre las dos partículas.
—Es en esta parte cuando se produce el telemareo, pero estamos trabajando en ello —explicó la elfa.
Cuando acabaron de mezclarse, en la pantalla del teleportador transparente apareció un dato.
—Creo que lo he entendido —dijo Ada satisfecha—. Al mezclar a Alice con Charlie, algo ha ocurrido con Bob, porque está entrelazado con su compañera.
Einstein arrugó la frente.
—Sí, pero entonces tengo razón. Si es así como se pasa la información de Alice a Bob, si el entrelazamiento es instantáneo, ¡os estáis saltando el límite de velocidad cósmico!
Lurka negó con la cabeza mientras se secaba las manos grasientas con una toalla de espumas de probabilidad.
—No del todo. Es cierto que a Bob le ha ocurrido algo al estar entrelazado con Alice, pero el proceso de teleportación no ha terminado.
¿Has visto el dato que ha aparecido en la pantalla del teleportador?
Pues necesitamos enviarlo al armario donde está Bob para que la transmisión de información se complete.
Hasta entonces, lo de Bob no servirá para nada.
—¿Y CÓMO MANDÁIS ESE DATO? —preguntó Einstein.
—CON SEÑALES DE LUZ —respondió Don satisfecho—. ASÍ QUE, HASTA QUE EL FOTÓN NO LLEGA AL ARMARIO DONDE ESTÁ BOB, NO SE TRANSMITE INFORMACIÓN ALGUNA.
—ES COMO RECIBIR UNA CAJA FUERTE SIN LA COMBINACIÓN —murmuró Ada.
—¡Exacto! —dijo Lurka encantada—. Ese último paso es el que completa el proceso. Sin él, la teleportación está incompleta. Lo importante es entender que no hay violación de la relatividad. Nadie manda información más rápido que la luz.
Un destello recorrió los cables de cobre que rodeaban el armario donde habían colocado a Bob. Una vibración armónica recorrió su superficie y, luego, un pequeño «ding» sonó en una campanita soldada al panel.
—¿Ya? —preguntó Einstein.
—Sí —dijo Lurka, revisando los indicadores—. Charlie ya no está, pero su estado cuántico ahora vive en Bob.
Los tres amigos se despidieron de Lurka y de los demás mecánicos del taller de Teleportación Cuántica, que seguían trabajando entre chispazos erráticos, destornilladores que giraban solos y olor a electrones chamuscados.
Ada lanzó un último vistazo a la consola donde Bob, o, mejor dicho, el nuevo Charlie, brillaba con el eco del estado teleportado.
En un suspiro de entrelazamiento, el familiar zumbido de la teleportadora los envolvió.
Al abrir el armario, la casa veraniega de Einstein volvió a materializarse a su alrededor. Sobre la mesa de madera había dos tazas de café medio frías. Frente a ellas, de pie, los esperaban dos figuras con expresión grave y mirada inquieta.
—NO TRAEMOS BUENAS NOTICIAS
—dijo uno de ellos.