38. EL ENIGMA DE EINSTEIN
EL ENIGMA DE EINSTEIN
En el Centro de Inteligencia Cuántico se respiraba intranquilidad. Las noticias llegaban en fragmentos contradictorios y las certezas eran más escurridizas que nunca.
En aquella tensión creciente, la facción que defendía frenar el avance de la cuántica en el mundo clásico había ganado fuerza. Su discurso giraba en torno al temor:
los humanos se estaban adentrando demasiado deprisa en territorios peligrosos, especialmente en el dominio de la física nuclear.
Ada y Don seguían, gracias al proyector, la reunión del comité de seguimiento, donde se congregaban los líderes de los distintos departamentos.
Las imágenes aparecían suspendidas en láminas de luz, temblando con un parpadeo cuántico.
Aquello no era un simple reflejo: las voces, los gestos, incluso los silencios llegaban nítidos, como si ellos estuvieran sentados entre los líderes.
Era el turno de Malkak, que no hacía ningún esfuerzo por disimular su preocupación.
—EL AVANCE CIENTÍFICO NUCLEAR ESTÁ CRECIENDO DEMASIADO RÁPIDO —advirtió—. LOS HUMANOS ROZAN YA EL CONOCIMIENTO PARA CREAR ARMAS DE UN PODER QUE NI SIQUIERA NOSOTROS SOMOS CAPACES DE MEDIR.
Un murmullo recorrió a los asistentes, primero leve, pero luego en aumento, como un enjambre que despierta.
El director del Departamento de Transmisión de Conocimiento Cuántico, Rículus, intervino con una calma estudiada.
—ESA ES UNA CONCLUSIÓN PRECIPITADA. ESTAMOS VIGILANDO DE CERCA TODO LO RELACIONADO CON LAS FUERZAS NUCLEARES.
Malkak no se dejó disuadir. Alzó un fajo de documentos que Don reconoció al instante: eran sus propios informes.
—Precisamente mi alarma surge de lo que aquí se describe —replicó.
Con un gesto seco, desplegó el primer folio y comenzó a leer:
En diciembre de 1938, dos científicos alemanes, Otto Hahn y Fritz Strassmann, bombardearon con neutrones núcleos de uranio-235. Descubrieron lo que Fermi había intuido… o preferido silenciar: el uranio puede romperse en fragmentos más pequeños.
Ada entrelazó las manos sobre su regazo, tratando de contener la tensión. Escuchar en voz alta aquellos datos que Don había recopilado le hacía sentir como si la historia se precipitara cuesta abajo y sin frenos.
Las figuras luminosas de los líderes se inclinaron hacia delante. El aire mismo parecía contraerse mientras Malkak proseguía:
—Y lo más inquietante es que otros ya lo han comprendido a la perfección. Lise Meitner y Otto Robert Frisch han publicado, este año de 1939, la interpretación teórica:
el núcleo, basándose en el modelo de la gota líquida, se deforma al capturar un neutrón hasta quebrarse en dos, liberando una energía colosal, tal como predijo Einstein en su ecuación E = mc².
El murmullo volvió a crecer, más agudo, más denso, como si miles de voces invisibles se hubieran sumado al debate. Ada apretó los labios y sintió que el rumor atravesaba la distancia y se instalaba también en su pecho.
El director del CIC se vio obligado a imponer orden con un gesto. Rículus alzó de nuevo la voz, grave pero conciliadora.
—COMPRENDO VUESTRA INQUIETUD, PERO NADA INDICA QUE LOS HUMANOS PRETENDAN EMPLEAR ESTE HALLAZGO CON FINES BÉLICOS. LO MÁS RAZONABLE ES QUE ANDEN A LA BÚSQUEDA DE UNA FUENTE DE ENERGÍA PARA ALIMENTAR SU PROGRESO CIENTÍFICO Y TECNOLÓGICO, UNA OPORTUNIDAD QUE PODRÍA IMPULSAR SU EVOLUCIÓN.
Ada y Don intercambiaron una mirada silenciosa. Sabían que la esperanza de Rículus era frágil como el cristal. Los elfos oscuros habían conseguido el fragmento de la fuerza nuclear fuerte y estaban dispuestos a manipular a los nazis para crear un arma que separase definitivamente ambos mundos.
La muchacha no aguantó más y apagó el aparato transmisor. Las figuras de los líderes se desvanecieron y reinó un silencio pesado en el despacho de Don. El elfo dejó escapar un suspiro, aliviado de que ya no estuvieran proyectando sus informes como armas arrojadizas.
Ada, en cambio, permaneció rígida y con los ojos fijos en el lugar donde, instantes antes, estaba Malkak. Al fin, rompió el silencio con un hilo de voz que fue ganando firmeza.
—Llevamos un año sin noticias de Sofía, ni siquiera sabemos qué ha sido de Spin-O. Está ocurriendo lo que nos advirtió la Tejedora: los elfos oscuros ya no responden ante nadie. Necesitamos recuperar el amuleto y no podemos hacerlo solos.
Sus palabras flotaron en el aire con la certeza de un destino que se cumple.
—EL ÚNICO QUE PUEDE LOGRARLO —concluyó— ES EL ELEGIDO.
Don levantó la mirada, curioso.
—¿Y qué propones? ¿Vagar por el mundo clásico hasta encontrarlo?
Ada negó con determinación.
—No. Iremos a ver a Einstein.
—¿Einstein? —repitió Don, arqueando las cejas—. Pensaba que lo habías descartado como candidato.
—Sí —respondió Ada, ya programando el armario teleportador—, pero nadie cuestiona la cuántica con tanta pasión como él. Si comprendemos sus dudas, quizá descubramos también lo que nos falta para encontrar al elegido.
Tras sentir el familiar tirón en el estómago, Ada y Don abrieron el armario de la residencia de verano de Einstein en Peconic, Long Island. Era el lugar donde el científico se refugiaba cuando necesitaba pensar.
Albert apareció en el salón de la casa con su inseparable jersey de lana, algo deshilachado en los codos.
El pelo, cada vez más indomable, se le agitaba con el viento marino que entraba por la ventana.
En una mano sostenía el arco de su violín, como si lo hubieran interrumpido a mitad de una melodía.
—¡Ada, Don! —exclamó entusiasmado—. Vuestra visita es una alegría entre tantas malas noticias…
El físico los invitó a pasar a su estudio, que olía a sal y a madera vieja. Sobre la mesa había cuadernos llenos de ecuaciones garabateadas y recortes de periódicos europeos que hablaban de guerra.
Don no pudo evitar fijarse en un ejemplar doblado con titulares sobre Alemania. El rostro de Einstein, que había huido de aquel país seis años atrás, se ensombreció un instante al notar la mirada de Don.
—El mundo está cambiando demasiado deprisa —murmuró el científico, dejándose caer en un sillón—. Pero supongo que no habéis venido a hablar de política.
Ada asintió y recuperó el artículo que Peppo le había dado en su último encuentro.
—Me sorprendió mucho leer tu artículo de 1935 , el que escribiste junto a Podolsky y Rosen .
Los ojos de Einstein chispearon con una mezcla de orgullo y melancolía.
—AH, ESE. SÍ, EN ÉL DEMOSTRAMOS QUE LA MECÁNICA CUÁNTICA, EN EL FONDO, ESTÁ INCOMPLETA.
Ada tragó saliva. Había leído con detenimiento las conclusiones de aquel artículo, pero escucharlas de su propia voz resultaba distinto, casi desafiante.
—Pero, profesor… —dijo ella con suavidad—, usted es quien más ha visitado el mundo cuántico. Incluso ha vivido los efectos del entrelazamiento, del principio de incertidumbre, de la superposición… ¿Cómo puede ponerlo en duda?
Einstein se inclinó hacia delante y, apoyando los codos en las rodillas, respondió:
—A mí el mundo cuántico me parece fantástico. Lo único que creo es que lo estamos interpretando mal. Eso de que las cosas no estén definidas antes de mirarlas, que sea el azar el que determina por cuál de las dos franjas pasa el electrón en el experimento de la doble ranura, no me encaja.
Einstein prendió su pipa y dio una amplia bocanada antes de proseguir.
—Fue precisamente lo que vivimos en vuestro universo de bolsillo lo que me inspiró a escribir este ataque a la interpretación de Bohr.
Acto seguido, cogió dos bolas de billar que había sobre su escritorio, una blanca y una negra, y las metió en sendas cajas idénticas.
Luego, ante la mirada expectante de sus dos visitantes, las escondió tras la espalda y, después de mezclarlas, le dio una a Ada.
—Imaginad que estamos en el mundo cuántico —comenzó Albert— y que estas bolas de billar son dos partículas entrelazadas, de manera que, si una es blanca, la otra siempre será negra. Ahora puedes abrir la caja.
Ada obedeció y sacó de ella una bola blanca.
—Podemos asegurar, sin temor a equivocarnos —prosiguió Einstein—, que en mi caja hay una bola negra.
Ada levantó una ceja sin entender dónde estaba el error.
—Bajo la interpretación de Bohr, de hacer esto mismo en el mundo cuántico, deberíamos aceptar que las bolas de billar no tienen definido su color mientras no las miramos.
Están en superposición:
blanca y negra a la vez.
Don sonrió, pues, a diferencia de Ada, sabía exactamente hacia dónde los estaba llevando Einstein, que prosiguió con su explicación.
—SIN EMBARGO, AL SACAR TU BOLA Y MIRARLA, ADA, HAS COLAPSADO LA SUPERPOSICIÓN. DE LAS DOS OPCIONES SOLO UNA SObrEVIVE.
—Sí —respondió la muchacha—. Cuando la miro pasa a ser blanca, no antes.
—Pero entonces… —prosiguió el científico—, en ese mismo instante, también se determina el color de la mía, pues están entrelazadas .
Ada sabía que le estaba tendiendo una trampa con aquel juego mental, pero asintió firmemente con la cabeza.
—De ser así, mi bola de billar y la tuya se habrían comunicado instantáneamente. A ese disparate lo he llamado
«acción fantasmal a distancia».
—¿Y cuál es el problema? —preguntó ella.
—No hay información que pueda viajar más rápido que la luz —se adelantó Don con tranquilidad—. Así funciona la relatividad especial.
—¡Por todos los muones! —exclamó Ada—. Nos estamos saltando el límite de velocidad cósmico siempre que nos teleportamos y nunca había pensado en ello…
El científico sonrió, triunfal, y dijo:
—LA ÚNICA OPCIÓN ES LA QUE NOS DICTA EL SENTIDO COMÚN: MI BOLA ERA BLANCA DESDE EL PRINCIPIO. ALGO NO ESTÁ COMPLETO EN LA DESCRIPCIÓN QUE PLANTEA BOHR DE LA FÍSICA CUÁNTICA.
Don replicó:
—Habéis pasado algunos detalles por alto. —Y se dirigió al armario teleportador para reprogramarlo—. Creo que lo mejor será que veáis lo que ocurre cuando nos teleportamos. Iremos al Departamento Técnico de Teleportación Cuántica.