37. LA FISIÓN
LA FISIÓN
El universo de bolsillo de Don se desplegó como un refugio imposible.
Las paredes blancas se curvaron hasta, poco a poco, transformarse en el interior de un tren antiguo.
El vagón era de madera oscura, con lámparas de gas que lanzaban destellos amarillentos y asientos tapizados que crujían bajo el peso invisible de viajeros fantasmales.
El aire olía a carbón y a hierro húmedo, como si acabaran de atravesar un túnel.
Lise Meitner respiraba con dificultad, aún con el miedo pegado a la piel tras huir de la Gestapo. En un intento de infundirle calor, Ada le tomó la mano con suavidad.
—Aquí estamos a salvo —le susurró—. Y quizá este sea el lugar adecuado para que nos hables sobre tu trabajo con Otto Hahn.
El resplandor trémulo de las lámparas se reflejaba en los ojos cansados de Lise.
—LO QUE OTTO Y YO ESTAMOS INVESTIGANDO PUEDE CAMBIARLO TODO… —dijo con voz queda—.
—¡Explícanoslo! —pidió Don, abriendo su maletín cuántico—. Yo puedo mostrarlo para que lo veamos más claro.
El elfo se puso a teclear y, con un chasquido, la puerta del vagón se desvaneció. Al otro lado apareció un laboratorio: mesas blancas, matraces con restos húmedos que brillaban como brasas radiactivas y pizarras manchadas de ecuaciones.
—Pensé que se sentiría cómoda en este escenario —dijo Don, encogiéndose de hombros.
Con un gesto de manos, hizo aparecer una pizarra negra. Sobre ella escribió con tiza luminosa:
—SI VAMOS A HABLAR DE LA FISIÓN NUCLEAR, SERÁ MEJOR EMPEZAR POR LA ECUACIÓN QUE LANZÓ A EINSTEIN AL ESTRELLATO.
Lise alzó la cabeza, recuperando fuerzas. Don prosiguió con su explicación:
—Albert propuso que la materia y la energía son dos caras de la misma moneda. Una está intrínsecamente ligada a la otra.
Ada frunció el ceño.
—No lo acabo de entender del todo.
Don sonrió y explicó con paciencia:
—Piensa en un objeto cualquiera. Si se mueve, gana energía cinética.
—Esa lección sí la conozco —interrumpió Ada, que tomó un libro polvoriento de un estante y lo puso por encima de la cabeza del elfo—.
Si lo sostengo aquí arriba, le añado energía potencial. Al soltarlo, esta se transforma en energía cinética.
Dejó caer el tomo, que aterrizó sobre la cocorota de Don con un golpe seco.
—¡Por todos los bosones! —gruñó el elfo, frotándose el coscorrón—. ¿Quieres dejar de golpear a la gente con enciclopedias?
Lise estalló en carcajadas, encontrando un breve alivio en medio de la tensión. Ada prosiguió:
—En concreto, tiene la potencialidad de hacerte un buen chichón. Pero una vez que está en el suelo, cuando ya no se mueve, deja de tener energía.
Lise se repuso del ataque de risa y corrigió a Ada:
—Eso es lo que se creía, pero Einstein demostró lo contrario.
Ese libro contiene una energía inmensa, incluso estando quieto. Su masa multiplicada por la velocidad de la luz… ¡y no una, sino dos veces!
Señalando cada una de las partes de la famosa ecuación de Einstein, Don explicó:
—POR EJEMPLO, ESTE LIbrO, QUE PESA
MÁS O MENOS 1 KILOGRAMO, ES:
Ada abrió los ojos como platos.
— ¡Eso es una barbaridad de energía! Más de lo que consume una ciudad como Berlín en veinticinco años 1 .
—Sí… —suspiró Lise—, sería como una bomba de 20.000 kilotones de dinamita.
Don observó a la científica con preocupación.
—Y parece tan inofensivo… —comentó Ada, señalando el libro—. Así pues, la masa es una forma de energía congelada, como el agua en cubitos de hielo.
El silencio que siguió fue pesado. El libro descansaba inocente en el suelo, como si no pudiera albergar semejante poder.
—Así es —asintió Lise—. Y el uranio nos mostró cómo despertar esa energía.
De pronto, el laboratorio se desvaneció y, en su lugar, aparecieron decenas de esferas luminosas flotando en el aire. Parecían lunas en miniatura, latiendo con un pulso débil, como si respiraran.
—Estos son núcleos de uranio —explicó Lise con voz grave—. Son demasiado grandes, demasiado pesados para sostenerse. Y se necesita un proyectil diminuto, un neutrón, para partirlos en dos.
Don alzó la mano. De su dedo brotó un destello minúsculo que voló hacia una de las esferas.
Con un estallido mudo, esta se desgajó en dos mitades.
—¡Se divide! —exclamó Ada hipnotizada—. Es lo contrario a lo que vimos en el centro del sol, con Fermi y Majorana, pero igual de hermoso.
De la fractura surgieron chispas luminosas que salieron disparadas como metralla.
—Esa lanza de luz es un neutrón —continuó Lise—. Escapa de su núcleo a toda velocidad y golpea a otro, arrancando más neutrones y volviendo a repetir la historia…
—Es lo que llamamos reacción en cadena —añadió Don.
Las chispas golpearon las esferas cercanas.
Estas, a su vez, se abrieron en dos, lanzando nuevos destellos: más neutrones.
Pronto, todo el espacio se llenó de explosiones luminosas que se multiplicaban a un ritmo vertiginoso.
Era como contemplar un bosque de luz ardiendo, extendiéndose a toda velocidad.
Un dominó de soles que caían, uno tras otro, incendiando la nada.
—Un solo impacto desata un fuego que nada puede contener —dijo Lise con un hilo de voz.
—Como una cerilla en un campo de pólvora… —murmuró Ada con un escalofrío.
Las paredes del universo de bolsillo temblaban bajo la tormenta de destellos.
—CUANDO UN NÚCLEO SE ROMPE —explicó Lise, señalando las esferas partidas—, UNA FRACCIÓN DIMINUTA DE SU MASA DESAPARECE. ESTA SE CONVIERTE EN ENERGÍA PURA. AUNQUE SEA PEQUEÑÍSIMA, DADO QUE LA ECUACIÓN DE EINSTEIN LA MULTIPLICA POR LA VELOCIDAD DE LA LUZ AL CUADRADO, EL RESULTADO ES COLOSAL.
—Como si al romper un grano de arena —reflexionó Ada— liberásemos la fuerza de un volcán.
Don, que siempre tenía un comentario a punto, se quedó callado. La magnitud del momento lo había dejado sin palabras.
El espectáculo se desvaneció de golpe. Volvieron al espacio blanco del universo de bolsillo. El resplandor había desaparecido, pero el miedo seguía ahí, palpitando como un eco.
Lise se abrazó, como si intentara contener un frío que no provenía del aire.
—LO QUE ME ATORMENTA —confesó— ES QUE LOS MILITARES SUEÑAN CON USAR ESTE CONOCIMIENTO. NO PARA LA CIENCIA NI PARA ALIMENTAR DE ENERGÍA LAS CIUDADES, SINO PARA CREAR ARMAS, BOMBAS CAPACES DE ARRASAR EL MUNDO.
Ada le apretó la mano con ternura.
—La ciencia también puede iluminar —dijo con firmeza—. Depende de quién la use.
Don la miró con gesto sombrío.
—Y sabemos muy bien quién querrá aprovecharse de esto… —susurró, pensando en los elfos oscuros y los nazis.
Ada alzó la barbilla.
— Entonces, debemos proteger este
conocimiento. Y a ti, Lise.
La científica la miró con lágrimas contenidas.
—Ojalá la humanidad sea más sabia que el uranio —murmuró— y no se rompa en pedazos.
El silencio que siguió pesaba tanto como la energía escondida en la materia. Don, al fin, rompió la quietud.
—El tren que ha reservado Valentina para tu huida acaba de partir de la estación.
—¿Qué haremos ahora? —preguntó Lise alarmada.
—No hay problema —la tranquilizó Don—. Ese era el plan. Abriré la salida de este universo de bolsillo directamente en tu vagón. Blanca me dio las coordenadas exactas.
Con solo un gesto, la pared nívea se abrió. Al cruzarla, aparecieron en un vagón oscuro que avanzaba entre el rugido de raíles y el silbido del vapor.
Horas más tarde, el convoy se detuvo en el andén lluvioso de Groninga. Entre la multitud, un hombre robusto de bigote espeso agitaba el brazo con nerviosismo. Era Dirk Coster, físico neerlandés y amigo de Niels Bohr.
Al verla descender del vagón, se inclinó apresuradamente.
—Ya está a salvo, doctora Meitner. Tenemos un coche esperándonos.
Lise lo siguió sin mirar atrás. Sabía que ese viaje significaba abandonar Alemania para siempre, pero también conservar su libertad y, con ella, la posibilidad de seguir trabajando.
Desde la cuneta, Ada observó cómo el automóvil desaparecía en la neblina. Don se colocó a su lado. Sus ojos, solemnes, brillaban en la penumbra al decir:
—Hoy no solo hemos salvado una vida, sino también la chispa que encenderá la comprensión del núcleo atómico. La fuerza que mantiene unido el corazón de la materia viaja con ella.
Ada asintió en silencio. Sabía que la historia recordaría a Lise, pero no por su fuga, sino por el descubrimiento que estaba aún por escribirse: