36. LA CARPINTERÍA RADIACTIVA
LA CARPINTERÍA RADIACTIVA
Las calles de Berlín olían a humo y a miedo.
Desde la anexión de Austria, la Gestapo patrullaba cada esquina de la ciudad con botas que resonaban como martillazos contra el adoquinado.
Los escaparates, antes llenos de vida, mostraban ahora carteles con símbolos prohibidos y listas de nombres tachados.
La ciudad entera parecía estar bajo vigilancia, como si contuviera la respiración.
Ocultos tras las identidades falsas que Valentina les había preparado, Ada y Don avanzaban entre la multitud con la sensación de que cada sombra los observaba.
El cristal de comunicación vibró en el bolsillo de Ada. Era un mensaje breve en clave:
Las lilas florecen en Dahlem, junto al parque.
La red clandestina usaba un código floral para designar los puntos de encuentro.
Allí los esperaba Blanca, disfrazada de joven funcionaria del Reich. El uniforme la hacía parecer una pieza más del engranaje nazi, pero sus ojos seguían ardiendo con la misma rebeldía de siempre.
Sin perder tiempo, los guio hasta el sótano de una librería en ruinas. A la luz de lámparas mortecinas, un pequeño grupo de resistentes —estudiantes, maestros expulsados y un médico judío que ya no podía ejercer— conversaba.
—La Gestapo ha registrado su casa, su laboratorio e incluso la estación —susurró Blanca—. Por suerte, no la han encontrado. Pero nosotros sí.
Dicho esto, golpeó la pared con los nudillos.
—Si nuestras fuentes son correctas, Hahn y Meitner se esconden tras este muro. Al otro lado está la carpintería del Instituto de Química. Allí es donde los dos científicos tuvieron que trabajar en su primer año de asociación, pues la universidad no aceptaba a mujeres.
—Tenemos que llegar a ellos antes que los elfos oscuros —advirtió Don en voz baja.
Blanca palideció, pero no preguntó. Había aprendido que en aquel mundo extraño que compartían Ada y Don existían enemigos que podían ser mucho más peligrosos que los soldados nazis.
De pronto, la puerta del sótano se abrió con violencia.
—¡LA GESTAPO ESTÁ CERCA! —jadeó un joven con la cara desencajada—. VAN A LA CARPINTERÍA. ¡HAN DESCUBIERTO SU ESCONDITE!
El grupo contuvo la respiración. Con movimientos rápidos y coordinados recogieron los papeles, los mapas y los planes.
Ada agarró a Don del brazo sin vacilar y le dijo:
—TENEMOS QUE TUNELAR LA PARED. ES LA ÚNICA FORMA DE LLEGAR A TIEMPO.
La llave que colgaba en su cuello ardió con fuerza mientras ella y Don corrían hasta el muro. Bajo la mirada incrédula de Blanca y de los demás, sus cuerpos atravesaron la piedra como si fuera humo.
Al otro lado, apareció un laboratorio improvisado: mesas de madera carcomida, frascos abiertos, matraces aún húmedos con restos de reactivos. Era lo que quedaba de la sala en la que, años atrás, Otto Hahn y Lise Meitner habían empezado a trabajar juntos.
Los dos científicos se ocultaban entre montones de papeles. Sus rostros, tensos y agotados, se iluminaron con un destello de sorpresa al ver aparecer a Don y a Ada, quien dijo con premura:
—Nos envía Valentina. No hay tiempo para explicaciones. La Gestapo está de camino… ¡y no vienen solos!
Un repiqueteo en el pasillo confirmó sus palabras. Eran botas que golpeaban el suelo con el ritmo de una sentencia.
Ada colocó su mano sobre la de Lise.
—Podemos sacarte de aquí. No preguntes cómo… Solo confía.
Otto Hahn sacó de su chaqueta un anillo de diamantes. Se lo entregó a Lise con manos temblorosas y le dijo:
—Era de mi madre. Véndelo, cámbialo, haz lo que sea, pero ¡sálvate! Yo debo quedarme. La despedida que temíamos ha llegado.
Los golpes en la puerta se hicieron más fuertes. Don reaccionó con rapidez: sacó el maletín y desplegó un universo de bolsillo.
—Aquí no nos encontrarán.
Los ojos de Lise se llenaron de lágrimas, aunque no de miedo; brotaban de la conciencia de que se encontraba en un punto de no retorno. Guardó el anillo en el bolsillo interior de su abrigo.
—¡Vamos!
Los tres se lanzaron al portal y, justo en el instante en el que desaparecían, la puerta del laboratorio cedió con gran estruendo.
Los uniformes negros de la Gestapo irrumpieron en la carpintería, y entre ellos se deslizaron figuras más sombrías aún: los elfos oscuros, con ojos como carbones encendidos.
Pero ya era tarde. Solo encontraron a Otto Hahn.