Pack El Origen de la puerta de los tres cerrojos 35. LA BIFURCACIÓN
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35. LA BIFURCACIÓN

LA BIFURCACIÓN

Ada y Don habían pasado las últimas semanas entre Shambla, donde ayudaron a Majorana a aclimatarse al mundo cuántico, y el CIC, donde redactaron interminables informes para Rículus.

Después de no dar señales de vida durante casi diez años, el jefe del TCC desconfiaba de ellos. Ada no había vuelto a ver a Sofía; su tutora se había embarcado en otra de sus aventuras arqueológicas.

Aquella tarde, Ada encontró a Don trabajando en uno de los laboratorios del ala norte, apenas iluminado por la luz azulada de los dispositivos cuánticos que vibraban sobre su mesa.

—¿QUÉ TRAMAS AHORA? —preguntó ella, divertida.

Don levantó algo que a primera vista parecía un trasto olvidado en un mercadillo: una bota vieja de cuero gastado y suela rota. La agitó en el aire con una sonrisa orgullosa.

—TE PRESENTO MI ÚLTIMA CREACIÓN: ¡LA TELEPORTADORA PORTÁTIL!

Ada arqueó una ceja.

—Eso es… ¿una bota?

—Pero no una cualquiera… Llevo tiempo trabajando en ella. He ido registrando todos los lugares donde hemos estado. La bota está «sintonizada» con esas coordenadas. Basta con tocarla y… ¡zas!, puedes ir allí directamente. Sin necesidad de armario teleportador. Se programa con los cordones.

La muchacha le arrebató el harapiento zapato de las manos y se mofó.

—¡ATÓMICO! ERES UN CRAC, PERO… ¿CALZADO VIEJO? ¿EN SERIO? ¿NO PODRÍAS HABER ENCONTRADO ALGO MÁS SOFISTICADO?

—Es para que pase desapercibida si necesitamos usarla y dejarla en cualquier lado. Nadie tocaría una bota sucia y vieja… Además, es solo un prototipo —dijo Don, sonrojándose—. Todavía no lo han aceptado en el Departamento de Aparatos de Transporte. Ni siquiera lo he probado.

Ada se quedó unos segundos en silencio, tramando algo.

—Llevamos semanas sin pistas del siguiente amuleto —dijo ella con un deje de frustración—. Quizá sea el momento de usar tu nuevo invento…

—¿Qué tienes en mente?

Ada lo miró con determinación.

—Hay alguien que siempre sabe más que nosotros, y como ya hemos estado en su casa, debes de tener sus coordenadas registradas en tu bota teleportadora.

Un brillo de temor apareció en los ojos de Don. No tuvo que preguntar a quién se refería.

En menos de lo que se tarda en decir «quark», estaban frente a la cabaña con tejado de paja.

—¡Ha funcionado! —exclamó Don con entusiasmo—. Usé las partículas de la pila de leña para teleportarnos hasta aquí.

—De ahí el olor a madera vieja que se nos ha pegado… —comentó ella, olisqueándose el uniforme—. Ya me contarás luego cómo funciona.

El sonido metálico y rítmico de la rueca se filtraba por la puerta entreabierta y allí estaba, rodeada de tapices que parecían latir, la Tejedora de Destinos .

La anciana los aguardaba en silencio, con sus dedos danzando con la calma de quien no borda telas, sino vidas enteras.

—Os esperaba… —susurró sin apartar la vista de su labor—. Habéis sentido en el estómago el vacío de la decisión.

Don se quedó paralizado en el umbral, pero Ada le pidió sin rodeos:

—NECESITAMOS QUE NOS AYUDES. ¿DÓNDE ESTÁ EL FRAGMENTO DE la fuerza nuclear fuerte ?

La Tejedora levantó la cabeza. Sus ojos brillaban con intensidad y alzó un dedo huesudo antes de decir:

—Ya conoces las reglas, joven portadora; una pregunta a cambio de una respuesta.

Soy más pequeña que todo lo que puedas imaginar.

No peso, no brillo, no vibro como la materia,

pero sin mí no habría música en la luz

ni orden en el átomo.

En cada cuanto, en cada fotón,

mi huella está grabada.

¿Quién soy?

Ada sintió que un cosquilleo le recorría la nuca. Recordó al profesor Planck, sus ecuaciones y los malabares del electrón en el universo de bolsillo. Sofía, años atrás, también le había repetido que las piezas más diminutas podían sostenerlo todo.

—Hablas de h —respondió con firmeza—.

La constante de Planck.

Por primera vez, la Tejedora detuvo su rueca. La miró con intensidad, como si en los ojos de Ada hubiera encontrado la confirmación de algo que llevaba esperando largo tiempo.

—¡Exacto! Esa constante también late en ti, portadora. En tu origen, en lo que eres. No lo olvides: tu destino está tejido con los hilos de la luz y de los cuantos.

Ada se quedó sin palabras. Don, muy consciente de que estaba fuera de esa conversación, decidió intervenir.

—¿Y el fragmento del amuleto?

—Los elfos oscuros están a punto de dar con él. Han localizado en el mundo clásico a alguien que puede conseguirlo: un joven físico llamado Hideki Yukawa. Sus teorías sobre las fuerzas que mantienen unido el núcleo del átomo los acercan peligrosamente a lo que ansían.

Don tragó saliva.

—Entonces iremos a buscarlo antes de que se nos adelanten los oscuros.

La Tejedora alzó una mano para cortar sus prisas.

—Portadora, antes debes escuchar el mensaje.

Los dos amigos se miraron sin entender nada, pero las respuestas extrañas eran típicas de la Tejedora.

En ese momento, el silencio se quebró con un destello en el cristal de comunicación de Ada. El mensaje traía la voz entrecortada de Valentina.

—ESPERO QUE ESTO FUNCIONE… ¡ADA, DON!, NECESITAMOS VUESTRA AYUDA. LISE MEITNER ESTÁ EN PELIGRO.

Blanca la interrumpió para explicar:

—Austria ha sido anexionada a Alemania por los nazis. Su pasaporte ya no la protege. Hicimos lo que nos pediste, Ada: contactamos con Niels Bohr. Él ha preparado el viaje para sacarla de Berlín, pero se nos adelantó la Gestapo, la policía secreta del régimen nazi. La están buscando.

Un golpe seco resonó en la transmisión, como si alguien hubiera intentado cortar la señal. La voz de Valentina volvió, más baja, cargada de miedo.

—No la encuentran en ninguna parte… Nos tememos lo peor.

La comunicación se cortó. El silencio que siguió fue insoportable. Los tapices vibraron como si fueran ondas congeladas en el tiempo.

—No solo la Gestapo va tras Meitner —añadió la Tejedora, rompiendo el silencio—, los elfos oscuros también. Lise está a punto de dar un paso crucial en la comprensión de la fisión nuclear. Si cae en las manos que no debe, la historia se torcerá de manera irreversible.

Ada dio un paso al frente y preguntó a la anciana:

—¿Qué intentas decirnos?

—Que ha llegado la hora de elegir —respondió esta con voz grave—. El camino hacia el fragmento del amuleto… o salvar a Lise Meitner. Dos destinos, dos urgencias. Pero solo podréis acudir a uno.

Los hilos del telar vibraron como cuerdas de un arpa cósmica y, por un instante, Ada creyó ver dos porvenires diferentes desplegarse ante sus ojos: uno en el que sostenía el amuleto y otro en el que ayudaba a Lise a escapar por una estación oscura de Berlín.

Ambos brillaban con la misma intensidad, ambos parecían necesarios.

La Tejedora posó su fría mano sobre el brazo de Ada. Don se había quedado quieto como una estatua.

El tono de su voz se volvió más oscuro, como si tejiera con palabras el mapa de un futuro peligroso.

—Tu decisión de hoy forjará un destino inevitable.

Spin-O ya no está en el tablero de juego, los elfos oscuros no actúan bajo su control, por lo que no le darán el fragmento del amuleto que falta.

Ellos tienen un fin distinto: no pretenden mantener a la humanidad en la oscuridad de la ignorancia, sino que ¡están dispuestos a eliminarla!

Quieren provocar una autodestrucción desde dentro, desde el mundo humano.

Ada sintió en la mano de la anciana la frialdad de la muerte.

—La humanidad creará dos soles destructores, y su sombra llegará hasta el mundo cuántico.

El fragmento del amuleto servirá para potenciar la fuerza de la primera bomba nuclear, que bastará para destruir toda la vida en la Tierra. Solo tu llave la podrá neutralizar.

Ada sintió que el eternizador que llevaba en el cuello pesaba más que nunca.

Don la sacó del trance al tirar de su brazo, y la Tejedora preguntó:

—Bien, ¿qué camino eliges, joven portadora?

Tras unos segundos que parecieron una eternidad, Ada decidió:

— Ayudaremos a Lise Meitner.

Antes de dejarla marchar, la anciana se inclinó ligeramente hacia la chica y susurró:

—Este grupo de hilos… lo reservo para ti. Comenzaré a tejer ahora tu destino, pequeña. Pero recuerda: lo que vas a vivir exigirá de ti un gran sacrificio.