34. LA DECISIÓN DE MAJORANA
LA DECISIÓN DE MAJORANA
A la vuelta de su viaje al Sol, los cuatro amigos regresaron al Instituto de la Via Panisperna. El laboratorio había sido desmantelado por la policía política de Mussolini. El clima se había vuelto irrespirable.
Aquel era el triste motivo por el que se encontraban en el puerto de Nápoles, envueltos por una espesa neblina.
Las gaviotas sobrevolaban en círculos lentos, desdibujadas entre las columnas de vapor que se alzaban desde los motores del barco.
A lo lejos, el Postale a Palermo ya humeaba, preparado para zarpar.
Don observaba el mar con las manos en los bolsillos, mientras que Ada, de pie junto a Majorana, sostenía su mirada con la intensidad de quien acompaña a alguien que ha decidido desaparecer. En su bolsillo llevaba el billete a Palermo. No pensaba usarlo.
—¿Estás seguro? —preguntó la joven en voz baja.
Majorana no respondió enseguida. Sus ojos estaban fijos en el agua, donde los reflejos de los barcos parecían líneas de probabilidad, cada una insinuando un futuro distinto.
Bajo su abrigo oscuro, ocultaba el colgante de la fuerza nuclear débil, una pequeña pieza de topacio con estrellas grabadas en el centro que palpitaba con un ritmo apenas perceptible.
—No se me ocurre otra salida… —dijo al fin—.
En el mundo clásico, todo conocimiento acaba en manos de quienes desean controlar o destruir.
Lo entendí cuando estábamos en el interior del Sol: Fermi descubrió los productos de desintegración del uranio, pero en realidad estábamos rozando la fisión nuclear , aunque entonces no lo sabíamos.
Podemos producir en la Tierra un fenómeno opuesto al del Sol: el núcleo puede dividirse —volvió a perder la mirada en el agua y tragó con dificultad antes de añadir—, y, así, desencadenar la energía de las estrellas.
Un arma mortífera.
Por eso, los esbirros de Mussolini y de Hitler han mostrado tanto interés en nuestras investigaciones. Yo no quiero formar parte de esto. No me esconderé por miedo. Me iré adonde mi conocimiento no sea un arma de destrucción masiva.
En ese momento, Fermi llegó desde el otro extremo del muelle, caminando a paso rápido. Llevaba el sombrero ladeado y un maletín con signos de uso. Al ver a su amigo, se detuvo. Los ojos de Fermi brillaban con inteligencia, pero también con una sombra de prisa.
Saludó con un gesto a Ada y a Don.
—¿Así que al final te vas? —preguntó Fermi, sin rodeos, a Majorana.
—Ahí está el barco que tomaremos rumbo a Palermo —respondió Ettore—, pero nunca llegaré a esa hermosa ciudad.
Fermi no necesitó más detalles.
—¿Y el fragmento?
Majorana colocó una mano sobre su pecho. Fermi bajó la mirada. Sabía que su propio destino era otro, así que dijo:
—Yo también me marcharé. Laura ya no está a salvo aquí.
Esperaremos un poco porque antes de huir debo borrar todo rastro de los experimentos .
Hay que hacer desaparecer algunos resultados…
El Nobel me servirá de excusa. Viajaré a Suecia a recoger el premio, pero no volveré. Escaparemos a Estados Unidos.
—Einstein está allí, en Princeton —se acordó entonces Ada—. Escríbele, él te ayudará. Háblale de nosotros, lo sabe todo sobre el mundo cuántico.
Fermi asintió con un triste silencio. Italia no era segura para su mujer, que era de origen judío.
Las leyes raciales firmadas por Mussolini aquel año habían convertido en enemigos a quienes antes eran conciudadanos.
Además, Enrico era muy consciente de que sus descubrimientos serían usados por el Gobierno fascista.
Y si le daban a elegir, prefería poner su ciencia al servicio de la libertad, no del terror. Majorana le ofreció la mano.
—Gracias por todo, Enrico, pero yo ya no pertenezco a este mundo.
—Tú eras el más brillante de todos —dijo Fermi apenado—, pero no eras de este mundo. Nunca lo fuiste. Espero que en el mundo cuántico encuentres tu verdadero hogar.
Se abrazaron brevemente. Luego, Fermi se giró y se perdió entre la bruma del puerto, como si los dos amigos hubieran tomado caminos hacia futuros distintos.
El silbato sonó y el barco se puso en movimiento. Observando el puerto de Nápoles alejarse, Ada colocó una mano sobre el hombro de Majorana.
— ¿Sabes que, al desaparecer tú,
la historia recordará a otros? Serás
el hueco en la página, el silencio
entre las ecuaciones.
—Y está bien que sea así —respondió él—. Gracias por darme un lugar donde guardar el conocimiento sin temor a quien pueda usarlo.
El espacio-tiempo se rasgó y dejó ver el portal al mundo cuántico. Al otro lado, la figura de Zen-O los esperaba para darles la bienvenida, con el hermoso valle de Shambla tras él.
Dando un paso hacia aquel mundo misterioso, Majorana desapareció.