Pack El Origen de la puerta de los tres cerrojos 33. EN EL CENTRO DEL SOL
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33. EN EL CENTRO DEL SOL

EN EL CENTRO DEL SOL

El sumergidor solar vibró suavemente y un zumbido grave recorrió la nave en cuanto las ventanillas se iluminaron.

Ante ellos se extendía la inmensa superficie del Sol.

No era un disco lejano, como lo habían visto desde la Tierra, sino un océano hirviente que se agitaba bajo sus ojos.

Las columnas de fuego se elevaban miles de kilómetros, como torres incandescentes, y ríos de plasma se entrelazaban en remolinos titánicos.

—Es… —Fermi se quedó sin voz, incapaz de apartar la mirada de aquel espectáculo.

— El mar de fuego de la creación

—susurró Majorana.

El casco de la nave atravesó lentamente la superficie. Durante unos segundos, el interior se inundó de una luz cegadora, como si hubieran quedado atrapados dentro de un relámpago eterno.

Entonces, el resplandor se suavizó. Cuando miraron de nuevo por las ventanillas, ya no estaban en la superficie, sino bajo ella, inmersos en un mundo imposible.

El interior del Sol no era un infierno, sino una catedral viva y vibrante, sostenida por la fuerza nuclear que alimenta todas las estrellas del universo.

Kaelira sonrió, orgullosa del asombro que percibía en los rostros de los ocupantes de la nave.

— Bienvenidos al corazón del Sol.

Fermi apretó el pequeño aspirador que llevaba colgado de la correa, dispuesto a cumplir su insólito cometido.

—Tranquila, Kaelira —respondió con fingida seriedad—. Si veo alguna partícula virtual suelta, prometo pasar la aspiradora.

Don rompió a reír mientras el sumergidor seguía hundiéndose, rumbo al misterio más luminoso del cosmos.

En torno a ellos, millones de protones dorados se agitaban y chocaban como bailarines frenéticos. Cada impacto liberaba una chispa, una semilla de luz que mantenía viva la estrella.

De pronto, Ada vio cómo uno de esos protones titubeaba. Con un destello, cambió de color: se convirtió en un neutrón. A su lado nació un positrón y, atravesando toda la escena como una flecha invisible, escapó un neutrino.

Don levantó la voz sobre el rugido solar.

—Así funciona aquí la fuerza nuclear débil . En el Sol, cuatro núcleos de hidrógeno, que está formado por protones, se fusionarán para dar lugar a un núcleo de helio, formado por dos protones y dos neutrones.

—¡Por todos los quarks! —dijo Ada impresionada por la belleza del entorno—. Es lo que estamos viendo:

dos protones se convierten en neutrones y, con ello, nacen positrones y neutrinos. Sin esta transformación, el Sol jamás brillaría.

Los neutrinos salían disparados en todas direcciones, atravesándolos como fantasmas imposibles de detener. Ada extendió la mano para atrapar uno, pero la partícula traspasó su piel como si ni siquiera existiese.

—¡No hay quien los retenga! —exclamó frustrada.

En ese instante, Ada sintió un calor distinto, más intenso, que no provenía de las llamas. Sobre una corriente incandescente apareció un objeto suspendido: un amuleto brillante, forjado en luz líquida, que vibraba al compás del rugido solar.

Ada lo señaló, emocionada.

— ¡El fragmento del amuleto de la fuerza nuclear débil!

—¿Cómo vamos a por él? —suspiró Don—. No podemos salir…

Kaelira apretó un botón y frente a ellos aparecieron cuatro trajes de buzo, con sus respectivas escafandras.

—Con esto sí —dijo la piloto.

Tras acomodarse en los trajes, Don, Ada, Enrico y Ettore salieron a la inmensidad cuántica del Sol para hacerse con el fragmento del amuleto. Sin embargo, no estaba solo: lo rodeaba un enjambre de neutrinos como un ejército de guardianes invisibles.

Cuando se acercaron al amuleto, rodeado de neutrinos, un estremecimiento sacudió el plasma solar.

Entre las llamaradas incandescentes surgieron dos figuras luminosas.

Llevaban el traje típico de los bufones medievales: un maillot con tres franjas verticales de color verde, azul y blanco, y un sombrero del que colgaban tres picos acabados en sendos cascabeles.

Uno de los bufones tenía bordada la letra W en el pecho, y el otro, la Z.

Era el único modo de distinguirlos; por lo demás, podrían haber sido gemelos.

El atuendo se completaba con una capa que ondulaba en el aire.

Con voces entrelazadas, comenzaron a cantar:

YO SOY EL BOSÓN W, PORTADOR DEL CAMBIO; DONDE HAY UN PROTÓN, UN NEUTRÓN YO FORJO.

Y YO SOY EL BOSÓN Z, GUARDIÁN DEL EXTRAÑO, VIGILO AL FANTASMA QUE CRUZA LO ROJO.

Los dos a coro, como un eco, recitaron:

SOMOS LOS SIRVIENTES DE LA FUERZA DÉBIL, ESQUIVA Y CALLADA, LA QUE ENCIENDE EL SOL Y SOSTIENE LA NADA.

Ada los miraba boquiabierta. Cada verso parecía encajar como las piezas de un mecanismo invisible. Fermi no pudo evitar aplaudir.

—¡Hacen poesía y ciencia a la vez! —exclamó.

El amuleto, rodeado por neutrinos que danzaban al ritmo de la melodía, vibró con fuerza. Los bosones se miraron y, en un último dúo, sentenciaron:

QUIEN BUSQUE ESTE AMULETO NO DEBE LUCHAR; ACEPTA LO DÉBIL Y CON ÉL PODRÁS ESTAR.

Fermi se giró hacia ellos con seriedad.

—Solo podremos tomar el amuleto si aceptamos la naturaleza de esta fuerza: frágil, esquiva, casi inexistente…, pero imprescindible para sostenerlo todo.

Adelantándose a los demás, Majorana cerró los ojos, respiró hondo y dejó de luchar contra la corriente. No trató de atrapar al amuleto, sino que se dejó envolver por los neutrinos, aceptando que nunca podría dominarlos.

Fue entonces cuando el fragmento se estabilizó frente a su pecho. Con suavidad, el amuleto de la fuerza débil se posó en sus manos.

La estrella rugió con más fuerza, como para celebrar la victoria.

Fermi sonrió y dijo con sabiduría:

— No es la más poderosa de las explosiones lo que mantiene viva la luz del universo. Es la fuerza más débil, la más humilde, la que sostiene las estrellas.

Majorana apretó el amuleto contra su corazón, comprendiendo que aquella debilidad era, de hecho, una forma suprema de fortaleza.