32. MANTENIMIENTO DE INFRAESTRUCTURAS CUÁNTICAS
MANTENIMIENTO
DE INFRAESTRUCTURAS CUÁNTICAS
Al abrir el armario teleportador, Ada esperaba encontrarse con un laboratorio brillante, repleto de tecnologías alucinantes y sabios científicos con sus batas blancas.
Sin embargo, aquello parecía un almacén corriente, lleno de elfos vestidos con monos de operario azul marino que charlaban animadamente.
En lugar de bisturís o pizarras, sostenían escobas de fotones que lanzaban destellos al barrer el suelo.
Cada pasada disipaba cúmulos de partículas virtuales que flotaban en el aire como motas de polvo.
Una elfa de nariz respingona y con una insignia en el pecho fue a saludarlos.
— Bienvenidos al Departamento
de Mantenimiento.
Flaworld, hacía muchísimo que no venías a vernos… Ahora que eres un prestigioso científico del CIC, ¿te has olvidado de nosotros?
—¡Qué va! —dijo, poniéndose más rojo que unas brasas en plena radiación—. He tenido un problema con una simetría espaciotemporal…
—¿Quiénes son estos? —preguntó Ada, que no entendía lo que estaba sucediendo.
Flaworld se adelantó unos pasos, con las manos entrelazadas a la espalda, observando cómo un grupo de operarios colocaba una esfera de decoherencia en mitad del pasillo.
—No os dejéis engañar por las apariencias —dijo con su voz grave—.
Los científicos reciben aplausos por sus descubrimientos, los estrategas, por sus decisiones, pero los técnicos de mantenimiento son los que, en silencio, sostienen la realidad.
Son ellos quienes aseguran que cada pasillo del CIC, cada laboratorio solar y cada portal de teleportación siga en pie.
Dicho esto, señaló a un operario que giraba una llave de simetría hasta cerrar una fractura luminosa en el aire.
—SON LOS GUARDIANES INVISIBLES DE TODO LO QUE CONOCÉIS. SIN ELLOS, NI LAS TEORÍAS NI LAS EPOPEYAS TENDRÍAN SUELO DONDE APOYARSE. RECORDADLO: INCLUSO EL SOL CUÁNTICO NECESITA DE MANOS HUMILDES QUE LE PERMITAN brILLAR.
Tras esa aclaración, Flaworld se dirigió a la mujer, que parecía divertida con su explicación, y le pidió:
—Kaelira, mis amigos necesitan llegar al Sol. ¿Puedes llevarlos contigo?
La mujer los revisó de arriba abajo y frunció el ceño, pero al final asintió.
—Tengo que ir a regular el flujo de energía cuántica para que las llamaradas solares no provoquen colapsos en los portales. Supongo que me podéis acompañar, pero tenéis que prometerme que os quedaréis quietecitos en la nave.
Ada y Don pusieron cara de no haber roto nunca un átomo, mientras que Ettore y Enrico miraban alrededor como si hubiesen caído en medio de un zoo lleno de unicornios de dos cabezas.
—Yo no puedo acompañaros —se despidió Flaworld, que luego susurró a Ada y a Don—: Iré a buscar a Zen-O y le contaré lo que nos ha pasado. Después de casi diez años, tengo mucho trabajo que recuperar si quiero volver a infiltrarme entre los elfos oscuros. —Le dio a Don un pequeño aparato y añadió—:
Este es mi receptor de comunicaciones encriptado. En cuanto pueda os llamaré para daros noticias.
Tras despedirse de su amigo, siguieron a Kaelira, que los llevó ante una enorme escotilla. La superficie de metal brillaba como si hubiera sido forjada con fragmentos de estrellas. En medio de la compuerta circular, una corona de barras de hierro cerraba herméticamente la puerta.
Con movimientos firmes, la elfa empezó a girarla. El eco metálico resonó en el pasillo como un lamento profundo.
—Esto es lo que evita que entre el caos —explicó mientras soltaba el último cierre—. Sin un buen sellado, el Sol entero podría filtrarse por aquí.
Con un quejido grave, la escotilla cedió.
Ada y Don contuvieron el aliento. Al otro lado los esperaba el interior de una nave compacta con forma de gota metálica: un submarino de expedición.
Las paredes curvas estaban recubiertas de un metal bruñido que brillaba con reflejos anaranjados, como si guardara en su memoria la luz del Sol.
—BIENVENIDOS AL SUMERGIDOR SOLAR —dijo Kaelira con un deje de orgullo—. SERÁ NUESTRO MEDIO DE TRANSPORTE HASTA EL CORAZÓN DEL SOL CUÁNTICO.
En un rincón, junto a la entrada, un pequeño compartimento albergaba herramientas imposibles: llaves de simetría, bobinas de vacío y un par de aspiradores de partículas virtuales, todas ellas alineadas como si fueran armas secretas.
Don no pudo evitar acercarse a uno de los aspiradores y apretar el gatillo. El motor zumbó y una mota de luz desapareció por la boquilla.
—Funciona de verdad… —susurró asombrado.
Kaelira pasó a su lado, seria, aunque con una chispa divertida en la mirada.
—¡Pues claro que sí! Aquí nada es de adorno. Si nos golpea una marea solar, no habrá cálculo ni ecuación que nos salve.
La elfa agarró uno de los aspiradores, lo sostuvo en alto con gesto solemne y se lo tendió a Fermi.
—Serás el encargado de la limpieza de los residuos virtuales —le indicó con seriedad—. Si se acumulan, provocan mareas de probabilidad muy inestables. Este aspirador es lo único que las mantiene a raya.
Don se llevó la mano a la boca para contener una carcajada mientras que Ada arqueaba las cejas, incrédula. Fermi, en cambio, sostuvo el aparato con reverencia, como si fuera un instrumento científico de precisión.
—Interesante… —murmuró—. ¿Tiene manual de instrucciones?
Kaelira sonrió levemente.
— SÍ. ¡APUNTAD Y ASPIRAD! Y NO LO ACERQUÉIS A VUESTRAS CABEZAS A NO SER QUE QUERÁIS PERDER UNAS CUANTAS IDEAS.
El grupo estalló en risas y, por un instante, la tensión se disolvió.
Luego, uno tras otro, fueron colocándose en los asientos estrechos y acolchados que se adaptaban a cada pasajero.
Frente a ellos se extendían sendas ventanillas ovaladas de escudos cuánticos transparentes que permitían contemplar el exterior sin ser abrasados por el plasma.
—¡AbrOCHAOS EL CINTURÓN! —ordenó Kaelira.
Y entonces, con un suave
estremecimiento, el Sumergidor
Solar despertó para llevarlos allí
donde ninguna mente clásica
había osado adentrarse...
en el mismísimo
corazón del Sol.