Pack El Origen de la puerta de los tres cerrojos 30. SOMBRAS EN EUROPA
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30. SOMBRAS EN EUROPA

SOMbrAS EN EUROPA

Tras sentir el familiar tirón en el estómago, Ada abrió de sopetón la puerta del armario, esperando aparecer en el despacho de Don.

Sin embargo, no estaban ni en el lugar ni en el tiempo programados.

Reconoció enseguida el altillo destartalado del hospicio, abarrotado de muebles viejos.

No estaban solos.

Doce ojos los observaban con recelo. Cuatro niños pequeños se aferraban, llorosos, a sus madres.

—Estamos en el orfanato, ¿verdad? —susurró Don—. ¿Quiénes son estas personas, Ada? ¿Las conoces?

La muchacha negó con la cabeza, confundida. Entonces, una voz familiar rompió el silencio y Valentina apareció en el umbral.

—¡Ada! —exclamó con lágrimas en los ojos—. Pensé que esta vez habías desaparecido para siempre.

Se fundieron en un abrazo. El rostro endurecido de Valentina mostraba la huella de una vida difícil, pero sus ojos brillaban con la misma determinación de siempre. Las personas escondidas tras los muebles se relajaron.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Ada—. ¿Me puedes decir la fecha de hoy?

—HAN PASADO DIEZ AÑOS DESDE LA ÚLTIMA VEZ QUE TE VI. ESTAMOS EN 1938, Y LAS COSAS SE HAN VUELTO MUY OSCURAS…

Muy pálido, Flaworld apenas logró articular palabra.

—Hemos saltado en el tiempo…, y mucho.

Valentina asintió, y dijo:

—Adolf Hitler está en el poder. Hace tres años que se aprobaron las leyes de Núremberg. Con ellas, los judíos fueron expulsados de los cargos públicos, de las escuelas y de las profesiones. Nadie está a salvo, ni siquiera los científicos.

Valentina señaló a las familias escondidas antes de proseguir.

—Hemos creado una red clandestina para ayudarles a escapar.

Ada no daba crédito a lo que su amiga le estaba contando.

—Hace poco hablé con Lise Meitner —dijo entonces Valentina—. Traté de convencerla para que huyese, pero aún duda… No quiere abandonar sus investigaciones ni a Otto Hahn, su compañero.

—¿Y Einstein? —preguntó Ada con un nudo en la garganta—. Él también es judío…

—Está a salvo. Fue de los primeros en irse a Estados Unidos.

Una voz grave surgió tras ellas:

—Te he guardado sus artículos. Ahora están prohibidos, pero sigue habiendo científicos en la Academia que los leen en secreto.

Ada reconoció al instante aquella voz.

—¡PEPPO!

El viejo carpintero apareció con el mismo aspecto de siempre, como si el tiempo apenas lo hubiera rozado. Aquello confirmó las sospechas de Ada: él también era uno de los niños perdidos, como Sofía.

Tras un cálido abrazo, Peppo le entregó un fajo de papeles amarillentos. El primero, de 1935, llevaba por título « ¿Es completa la descripción de la realidad física según la mecánica cuántica? ».

Ada acarició las páginas con respeto. Entonces Peppo bajó la voz y adoptó un tono sombrío.

—LOS ELFOS OSCUROS SE HAN INFILTRADO EN EL PARTIDO NAZI.

Ada sintió un escalofrío.

—¿Se nos han adelantado? ¿Han conseguido los amuletos de la fuerza nuclear?

Peppo negó lentamente.

—Todavía no, pero los buscan con desesperación.

—Entonces… ¿has hablado con Sofía? —preguntó Ada.

El carpintero asintió.

—Y con Zen-O también. Han estado siguiendo las investigaciones de unos científicos italianos: Enrico Fermi y Ettore Majorana. Sospechan que ellos pueden dar con uno de los amuletos, pero sin ti y tu llave, esos humanos no pueden entrar en el mundo cuántico.

—Al menos no están en Alemania… —reflexionó Don— y no se encuentran bajo la influencia de los elfos oscuros.

—Me temo que no es así… —interrumpió Valentina—. La sombra del nazismo se ha extendido hasta Italia. Allí Mussolini sigue los pasos de Hitler. No me extrañaría que los elfos oscuros estén moviendo sus hilos también en aquella zona.

Uno de los niños pequeños rompió a llorar. Estaba hambriento, y su madre intentaba consolarlo con un trozo de pan duro.

—Entonces no podemos esperar —zanjó Ada—. ¡Iremos a hacerles una visita!