29. LA FORJA DEL VACÍO
LA FORJA DEL VACÍO
La entrada de la gruta estaba formada de materia, de modo que los cinco pudieron saltar de la plataforma sin temor a desintegrarse. Allí, cinco electrones borrosos revoloteaban entre las piernas de Flaworld, el becario al que habían conocido en el Gran Casino.
—OS PRESENTO A NUESTRO INFILTRADO —dijo Sofía—. GRACIAS A ÉL HEMOS DESCUBIERTO EL PARADERO DEL AMULETO.
—AQUÍ ME TENÉIS DE NUEVO, DE VIGILANTE… —los saludó Flaworld con una amplia sonrisa.
Tras recorrer un túnel húmedo y oscuro, llegaron a una estancia cavernosa. En las paredes, cristales translúcidos vibraban débilmente, y su pulso se sincronizaba con cada paso del grupo.
Dirac se adelantó unos pasos. Los electrones, que hasta entonces parecían meras partículas juguetonas, comenzaron a rodearlo como luciérnagas traviesas.
De pronto, uno de ellos lanzó un destello, y de este brotó un fotón : una diminuta chispa de luz que saltó hacia otro electrón , como un mensaje llevado de mano en mano.
—Están hablando —susurró Don fascinado—. Eso es
la electrodinámica cuántica:
la luz y la materia dialogando
en su propio idioma.
Cada fotón es un mensajero que traslada la noticia de que un electrón se mueve, cambia, respira.
Ada abrió los ojos como platos.
—¡Como si se mandaran cartas de luz!
Dirac no contestó. Tenía la respiración entrecortada, como si de golpe todo lo que había escrito en sus cuadernos cobrara vida ante él.
— Bienvenidos a la Forja del Vacío…
—susurró Sofía.
Entonces, el suelo tembló levemente y comenzó un nuevo espectáculo.
En el centro de la gruta, la oscuridad se llenó de destellos breves: pares de partículas-antipartículas que nacían de la nada , se revolvían unos instantes y se aniquilaban con un fogonazo, desapareciendo en el mismo silencio del que habían surgido.
—¡ATÓMICO! —exclamó Dirac, con una mezcla de miedo y entusiasmo—.
ES EL VACÍO, PERO…
¡NO ESTÁ VACÍO!
—Son partículas virtuales —explicó Sofía con voz grave—. Aparecen y desaparecen antes de que nadie pueda atraparlas. Un rumor constante, como el murmullo de un río subterráneo.
Einstein extendió una mano, maravillado, mientras veía a un electrón y a su gemelo positivo girar uno alrededor del otro como bailarines enfrentados antes de desvanecerse con un resplandor.
—Entonces, incluso en el silencio más profundo del universo hay voces que cantan bajito.
Dirac rodeó aquel espectáculo y se dirigió hacia la pared del fondo, absorto, como si un canto de sirenas lo hubiera hechizado.
Sus dedos rozaron la superficie rugosa… y la melodía del vacío cambió.
Las partículas dejaron de nacer y morir al azar; los destellos comenzaron a alinearse, como notas de música que encontraban de repente una partitura común.
El muro brilló bajo su mano y en él se dibujó lentamente un arco de luz líquida, una puerta.
La montaña entera pareció contener la respiración.
—ES ÉL —susurró Sofía—. EL AMULETO LO ESTÁ LLAMANDO.
La pared se abrió para revelar una pequeña cúpula interior.
Sobre un dolmen descansaba
el fragmento del amuleto de la
fuerza electromagnética.
Sofía siguió a Einstein y a Dirac hacia el interior de la cueva. De pronto, el corazón de la montaña rugió como un animal herido.
Ada apenas había dado un paso hacia la entrada cuando un alud de rocas se desplomó del techo, sellando el acceso a la gruta y separándola de su tutora y de los dos científicos.
Al apagarse el eco del derrumbe, se hizo un silencio denso en la gruta, apenas roto por la respiración acelerada de Don y por el temblor nervioso de Flaworld.
De repente, la voz de Sofía atravesó las piedras, nítida como si la misma roca hablara.
—¡Ada! ¡Don! ¿Estáis bien?
—Sí —respondió la joven aliviada al comprobar que sus amigos seguían vivos—, pero no podemos llegar hasta vosotros.
LAS ROCAS QUE BLOQUEAN LA ENTRADA SON ENORMES. ¡ESTÁIS ATRAPADOS!
—No os preocupéis —contestó Sofía—. Aquí hay una salida, y creo que nos lleva hasta la dama de la fuerza electromagnética. Nosotros pondremos a salvo el amuleto. Flaworld, tú guíalos de regreso al CIC. La plataforma debería llevaros hasta el teleportador. Nos veremos allí.
El suelo empezó a brillar bajo sus pies, revelando vetas doradas que latían como venas.
—Rápido, ¡salgamos antes de que se derrumbe la montaña! —apremió Flaworld.
Los tres emprendieron la huida por el túnel, pero al llegar a la salida, su esperanza se hizo añicos: la plataforma que necesitaban para alcanzar el teleportador se había fracturado en mil pedazos.
Flaworld tragó saliva.
—ESTAMOS PERDIDOS… ¿CÓMO VAMOS A SALIR DE AQUÍ AHORA?
Frente a ellos se extendía el valle de antimateria.
—¿Dónde está el teleportador? —preguntó Don.
—En lo alto de esa montaña —respondió el becario—. Donde nace el antirrío.
El cerebro de Don empezó a trabajar a toda máquina.
—Quizá funcionaría…
—Se aceptan todo tipo de propuestas —dijo Ada—. ¿Qué estás pensando, Don?
—Podemos crear una burbuja con campos magnéticos. Si permanecemos dentro y nos dejamos caer hasta el antirrío, la corriente nos arrastrará montaña arriba hasta su nacimiento, donde está el teleportador.
El elfo se puso manos a la obra, sacando piezas imposibles de sus bolsillos, mientras Flaworld murmuraba:
—Dlanod fue el mejor de su clase. Si alguien puede lograrlo, es él.
En menos de lo que se tarda en decir «quark», Don ensambló la máquina. Al activarla, una burbuja invisible los rodeó. Suspendidos en el aire, rodaron por el valle hasta caer en el antirrío, que los arrastró hacia arriba, desafiando toda lógica.
—¡Don, eres un genio! —exclamó Ada.
Sonrojado por las palabras de su amiga, el elfo programó el teleportador.
—Lo he configurado para volver a mi despacho del CIC. Sin embargo, aunque sé dónde apareceremos, no estoy del todo seguro de cuándo …
—La advertencia de Sofía —recordó Ada—. El tiempo no fluye igual en este valle, pero ¿por qué?
Don guardó un instante de silencio antes de explicarse.
— La antimateria
desgarra la simetría y, con
ella, el ritmo del tiempo.
Ada respiró hondo y se situó en el umbral del armario teleportador.
—Pues vamos a descubrirlo.