28. EL ANTIVALLE
EL ANTIVALLE
La cúpula terminó de desvanecerse como una burbuja que estalla en silencio. Reaparecieron bajo las lámparas doradas del salón del Hôtel Métropole.
El aire volvía a oler a café recién molido y a madera encerada. Fuera, Bruselas parecía ajena a lo que allí acababa de suceder.
Los rostros de los presentes estaban más pensativos que cansados. Einstein, con las manos a la espalda, paseaba de un lado a otro rumiando en silencio. Bohr, en cambio, sonreía como si lo vivido confirmara algo que ya sospechaba.
Uno tras otro, empezaron a levantarse para retirarse a sus habitaciones. La madera del suelo crujía bajo sus pies, y las puertas se cerraban suavemente, dejando el salón más vacío y silencioso.
Ada retuvo a Dirac cuando se disponía a abandonar la sala. Los electrones habían rodeado al científico, entusiasmados de tener la ocasión de hablar con él. Movida por su curiosidad insaciable, le preguntó:
—Paul, ¿qué te dijeron los electrones?
Dirac respiró con profundidad y respondió:
—No estoy muy seguro…
Me llamaron
padre de
la electrodinámica
cuántica.
A su lado, Don pegó un brinco.
—¡POR TODOS LOS NEUTRINOS! ES LA TEORÍA QUE EXPLICA LA INTERACCIÓN ENTRE LOS ELECTRONES Y LOS FOTONES —observó a Dirac con una mezcla de sorpresa y admiración—, UNA TEORÍA QUE TODAVÍA NO EXISTE EN EL MUNDO CLÁSICO, POR CIERTO.
Aquella era la confirmación que pretendían conseguir.
—Necesito tu ayuda, Paul —le dijo sin rodeos—. ¿Vendrías al mundo cuántico con nosotros?
Anred, que hasta entonces se había mantenido en un segundo plano, protestó:
—¡Ni hablar! Para eso me han enviado, para vigilar que no os saltéis las normas.
Sin apartar siquiera la mirada de Dirac, Ada le dijo:
—La misión del CIC ha terminado, Anred. Nadie ha mencionado la física nuclear. Puedes ir a redactar el informe para Rículus y dejarnos continuar con lo nuestro.
Don se acercó a su antiguo amigo.
—Por favor, Anred. Nos conocemos desde que tengo memoria. Confía en mí.
El elfo abrió un portal ante la atónita mirada de Dirac. Antes de cruzarlo, le dijo a Don:
—Esta es la última vez que te ayudo. A partir de ahora, no cuentes más conmigo. Adiós, Dlanod.
Esas palabras golpearon a Don como un mazazo. Ada le puso la mano sobre la espalda a modo de consuelo.
Tras un instante de vacilación, Dirac respondió:
—Iré con vosotros.
La joven activó su dispositivo de comunicación, y la imagen de Sofía se materializó en el aire.
—¡Lo hemos encontrado! —anunció Ada a su maestra—. Podemos recuperar el fragmento de amuleto de la fuerza electromagnética.
Un portal se abrió, rasgando el espacio-tiempo del salón. Don, Ada y Dirac se preparaban para cruzar cuando una voz sonó a sus espaldas.
—¡Yo también me apunto!
Albert Einstein emergió de detrás de un butacón con una media sonrisa.
Y saltó con ellos.
El salón desapareció. El mundo clásico se disolvió y, de pronto, estaban de pie sobre una plataforma suspendida en un cielo líquido de color cobalto. Sofía los esperaba allí.
— Bienvenidos a la tierra de
la antimateria
—anunció esta.
Frente a ellos se extendía un valle invertido. El sol, en vez de iluminar el paisaje, absorbía los haces de luz, tiñendo el cielo de aquel color cobalto. Una bandada de pájaros de colores apagados volaba hacia atrás, mientras el río que bañaba el valle borboteaba colina arriba.
—El amuleto está escondido en La Forja del Vacío —explicó, señalando la entrada de una gruta en el fondo del valle.
Un grupo de partículas saltó a la plataforma, riendo a carcajada limpia.
Don las presentó.
—ESTOS SON positrones : LAS ANTIPARTÍCULAS DE LOS ELECTRONES. A EFECTOS PRÁCTICOS SON COMO ELECTRONES, PERO CON carga positiva.
Dirac los observó en silencio y, de pronto, exclamó con brillo en los ojos:
— ¡Entonces era eso! Mi ecuación escondía esta simetría: en ella aparecía el gemelo del electrón.
—¿Qué ecuación? —preguntó Ada.
—Todavía estoy trabajando en ella, debería reconciliar la mecánica cuántica con su relatividad especial —respondió, señalando a Einstein—.
Describe cómo se comporta un electrón
cuando roza la velocidad de la luz.
Einstein sonrió con alivio.
—Eso me gusta. Cuando la relatividad y la cuántica se dan la mano, me siento un poco menos incómodo.
Sin embargo, Dirac se mantuvo serio.
—Hasta hoy, la predicción de ese gemelo parecía un capricho matemático…
—Pues aquí tienes a tu capricho matemático —sentenció Ada, jugueteando con un positrón—, saltando frente a nosotros.
—¡Por fin nos has encontrado! —dijo alegremente la antipartícula. Luego bajó de la plataforma y se zambulló en el río que subía cuesta arriba.
Los demás positrones lo siguieron, chapoteando y riendo como niños.
Einstein los observaba fascinado y dijo:
—¿Una partícula como el electrón, pero al revés? Hay que explorar este valle, ¡está lleno de maravillas!
Se disponía ya a bajar cuando Sofía lo sujetó del jersey de lana.
—No podemos salir de esta plataforma —les advirtió—. Sufriríamos un desfase temporal…, si sobrevivimos, claro.
A modo de demostración, se arrancó un botón de la camisa y lo lanzó al valle. En cuanto tocó una piedra, o, mejor dicho, una antipiedra, ambos desaparecieron en medio de un intenso haz de luz.
—CUANDO LA MATERIA Y LA ANTIMATERIA SE ENCUENTRAN —explicó Don—, SE ANIQUILAN, DEJANDO SOLO UN ESTALLIDO DE ENERGÍA.
Fue entonces cuando unos recuerdos suprimidos emergieron en la mente de Dirac.
—Eso lo he visto antes —exclamó el joven científico, que contó a los demás lo que había vivido en aquel partido de lacrosse .
—¡Atómico! —murmuró Don—. A pesar de que te borraron la memoria, el conocimiento enraizó en ti.
La plataforma se puso en movimiento. Ya nadie hizo ademán de volver a bajar de ella, hasta que llegaron a la entrada de la gruta.